Gobierno altamente sísmico

2017-09-30 03:57:53

Suena hiperbólico, pero es un riesgo real: de la elección presidencial de 2018 podría emerger un gobierno tan estable como una gelatina. Está en el orden de las probabilidades el ascenso al poder de un candidato independiente, no sólo sin mayoría sino de plano sin bancada, y por consiguiente sin respaldo en el Legislativo.

En tal hipótesis, con un Ejecutivo sin apoyo y sobre un terreno de alta sismicidad política, bloqueado en su voluntariosa agenda, nuestro país podría caer en un sexenio en permanente conflicto político y virtualmente perdido para el desarrollo.

Viene a cuento esta conjetura ante el patente desplome de los partidos por efecto de su desempeño en medio de los terremotos, su persistencia en el error al intentar salir del hoyo, y la consecuente valoración de la figura de los independientes.

Los partidos –salvo Morena-- están en la lona. Y frente a esta realidad es obvio que más de uno de sus aspirantes a la grande ya deben estar columbrando acerca de qué clase de maroma hacer para sacudirse su identidad partidista o cual malabar ejecutar para caer parados.

Buscarían con sigilo esos políticos súbitamente ciudadanizados emular personajes que alcanzaron puerto bogando con la bandera antiestablecimiento. A lo Trump. A lo Macron. Y, en su momento, a lo Hugo Chávez.

Intentarían esos políticos confundir al respetable para aparecer tan apartidistas –se vale reír—como Jorge Castañeda, El Bronco, Ferriz de Con, Ríos Piter, X. González, Juan Pardinas, más los que se acumulen antes de que venza el plazo para notificar al INE sus ambiciones.

Por estos días los partidos sumaron la burla al engaño, al retractarse, de hecho, de su tardío ofrecimiento de donar parte de sus recursos a damnificados.

A excepción Morena, que ya inició la entrega de apoyos –en video Lorenzo Córdova dijo que sí se puede-- y del PRI, que notificó al INE su anuencia para  la retención de su partida 2017, el PAN, el PRD y la chiquillada han embrollado de manera intencional el asunto. Con claro propósito de no llegar a ninguna parte y que las cosas se queden como están.

Con el cuento de la desconfianza en el gobierno, panistas y perredistas ya emprendieron, sin el menor pudor, el camino que les trazó Andrés Manuel López Obrador: la formación de fideicomisos para el manejo de sus improbables donativos.

Marrulleros hasta la náusea, Ricardo Anaya y Alejandra Barrales, con sus respectivas comparsas, enmarañaron el hecho simple de devolver peso sobre preso o regresar un cheque.

Al unísono con el líder de Morena, pretextaron previas reformas legales, eliminación de pensiones a los expresidentes, planes de austeridad del gobierno, inadmisibles recortes a rubros sociales, y un cúmulo de evasivas.

El PRI y el gobierno, por su lado, con apoyo de sus hombres en los medios, propusieron, con tino, eliminar escaños y curules plurinominales –esos que se asignan a amigos, compadres, socios, cómplices, amantes y novias--; pero atajaron, escandalizados, las exigencias de austeridad.

Consideraron imposible restringirle recursos a Defensa, Marina y la Policía Federal, porque –dijeron en tono de chantaje-- en tal hipótesis no habría dinero ni para viáticos en operaciones de auxilio a la población en situaciones de desastre.

¡Como si no fuesen esas mismas dependencias las encargadas de librar la inútil y muy costosa –en dinero y vidas humanas-- guerra contra el narcotráfico, rubro que, por cierto, puede constituir una verdadera cantera de recursos para la reconstrucción!

Desde el punto de vista conceptual los partidos son esenciales para la democracia, medios para el ejercicio de los derechos políticos de los ciudadanos; articulan intereses y garantizan la pluralidad. Pero la gente está cansada de ellos.

Así, ante el pobre desempeño y sus triquiñuelas, los partidos tienen pocas opciones para levantar cabeza.

El mejor posicionado levantarse es el PRI, que ya maniobra para aparecer como desprendido, donando recursos; pero con la mira puesta en la factibilidad de usufructuar el trabajo del gobierno federal en la reconstrucción con recursos públicos. Algo así como cambiarse el dinero de bolsillo.

El PAN, con grietas profundas previas a los temblores y sus principales facciones instaladas en la mezquindad y el oportunismo, olvidadas del México generoso que preconizan, carece por completo de manera redimirse.

Ni la tragedia símica operó en el blanquiazul el milagro de la reconciliación. Aun sin cesar el bailoteo magnitud 7.1 los senadores calderonistas capitaneados por Ernesto Cordero intentaron madrugar a Anaya con la presentación de una iniciativa sobre donativos partidistas.

Y en el PRD, donde ya está claro que el naipe se reduce a Miguel Mancera, todas las esperanzas se han cifrado –tal como en el PRI-- en la rentabilidad electoral que pueda reportar la reconstrucción en CDMX.

No por nada el jefe de gobierno decidió no compartir con el Presidente Enrique Peña Nieto, sino adelantarse en la formulación del anuncio sobre la reconstrucción. Con el consiguiente e indisimulable enojo en Los Pinos.

El terremoto sepultó las aspiraciones de más de un presidenciable. Incluidos algunos de quienes pretenden capitalizar la reconstrucción.

La emergencia impondrá ajustes presupuestarios y, al final, no habrá dinero que alcance para cubrir con suficiencia los requerimientos. La empatía se trocará entonces animadversión.

En un México muy distinto al de los 80, cuando la crisis económica y los recortes al Presupuesto no fueron impedimento para la postulación de quien era responsable del diseño del gasto nacional, esta vez se antojaría cuesta arriba sentar en la silla a alguien vinculado con una programación económica raquítica.

Para no hablar de aspirantes que ya han sido abucheados por damnificados ni de la titánica, incumplible obligación de reparar a cabalidad millares de escuelas.

En el campo electoral, centenares de miles de alumnos sin aulas significan un efecto reproductor –millones de padres y abuelos—determinante. No por nada solía decirse en los buenos del PRI que en nuestro país las elecciones las hacían los maestros.

Hay salida, sin embargo, para los partidos. Y puede estar no en privarlos del cien por ciento de financiamiento público, sino en una tijereteada considerable para dejarles, máximo, una tercera parte.

Fingen inocencia o de plano viven en las nebulosas quienes aducen que sin dinero del erario público se correrá el riesgo de que la política pueda caer en manos del poder económico o, peor aún, que los partidos reciban recursos calientes, de la delincuencia  organizada. Hace rato que eso de todos modos ocurre.

La figura de los independientes ya está en la ley; pero, a decir verdad, se antojaba una extravagancia. Una concesión para tener contenta a la gradería.

Tal como están las cosas, con los partidos entre escombros, los independientes creen llegado el momento se dar el salto. Cuidado.

aureramos@cronica.com.mx

 

 
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