Dos sismos, la amenaza trumpiana y una circunstancia: la tarea para el 2018

2017-09-30 04:01:08

Septiembre de 2017 se recordará particularmente por dos sismos de gran magnitud. Uno, el mayor registrado, de 8.2, que no fue tan destructivo en la CDMX pero que afectó a 11 entidades federativas; y otro, de 7.1, que hizo recordar el fatídico de 1985. Ninguna pérdida es menor para quien la sufre, pero sus consecuencias suelen ser mayores en las regiones más pobres del país porque en un instante se puede perder todo lo que se tiene y su restitución es más lenta o imposible.

El total de damnificados, según las cifras informadas por el presidente Peña Nieto, es de más de 250 mil y el costo preliminar de la reconstrucción equivale a 38 mil millones de pesos, cifra que solamente incluye la reconstrucción de viviendas y escuelas colapsadas y la reparación de las dañadas. Se ha hecho énfasis en que el esfuerzo social que se requiere es enorme y la colaboración gobierno-sociedad es indispensable.

Octubre de 2017 puede ser el inicio de la crisis migratoria de mayor impacto en Norteamérica, si Trump determina no aplazar la fecha del 5 de octubre para que más de 154 mil dreamers renueven su permiso de trabajo y eviten ser sujetos de una deportación. El fin del Plan de Acción Diferida para los llegados en la infancia a Estados Unidos con sus padres indocumentados (DACA, por sus siglas en inglés) se anunció el 5 de septiembre y el Congreso Norteamericano debe determinar en seis meses un nuevo estatus para estos jóvenes.

El total de dreamers son más de 800 mil con un futuro incierto. Muchos de ellos no hablan español y la mayoría desea permanecer en los Estados Unidos. No hay todavía cuantificación de los recursos requeridos para su recepción en caso de que sean deportados a México, ni estrategia clara para la integración de esas personas a la vida académica o laboral.

La conjunción de los eventos referidos tendrá un efecto multiplicador en la presión que actualmente padecen las finanzas públicas, que destina el 30 por ciento al pago del servicio de la deuda y de las pensiones e implicará la necesidad de construir el doble de viviendas edificadas en 2016, más todos los servicios que ello implica: escuelas, hospitales, transporte, agua potable, drenaje, alumbrado público y un largo etcétera.

Así, en menos de un año, a los problemas crónicos nacionales (inseguridad, corrupción, falta de un desarrollo incluyente, pobreza y desigualdad social) se le sumaron dos crisis con fuertes cargas de profundidad explosivas, que son aquellas que pueden tener consecuencias devastadoras en el mediano plazo. Además, la circunstancia que agrava los efectos nocivos de los sismos y la amenaza es la cercanía de las elecciones.

Vivimos una encrucijada que va a polarizar a los partidos políticos en torno a dos proyectos diferenciados: la reconcentración del poder en la figura del Presidente, que implicaría volver al pasado autoritario, o intensificar las estrategias de colaboración gobierno-sociedad. El anarquismo que se expresa en “nada está bien, nada con el gobierno y todo es corrupción”, no es propiamente un proyecto, sino un peligroso diletantismo practicado por quienes no se comprometen realmente con la sociedad o se consideran dueños de la verdad absoluta.

La circunstancia, que es riesgosa socialmente, también es una oportunidad para debatir los dos proyectos durante las campañas. Si se logra desviar la atención de las descalificaciones a los contendientes y centrarla en temas torales como las estrategias viables para distribuir el aumento del ingreso esperado de las reformas estructurales en energía y telecomunicaciones —no basta que haya un incremento del PIB, sino que haya más empleos, mejor pagados— para transformar el gasto social asistencialista en un pilar para el desarrollo sustentable e incluyente; para reconstruir con esquemas de financiamiento transparente, sin clientelismo político ni marketing empresarial-filantrópico; y para crear oportunidades reales de desarrollo humano a los jóvenes de aquí y allende la frontera —sueño con que los dreamers vean en México, que también es su patria, un lugar adecuado para vivir y no donde tienen que sufrir los efectos de una deportación no deseada—.

Los eventos, dos sismos y una amenaza, cada uno de ellos por separado, es una desgracia y un reto, más la circunstancia de la renovación de los poderes, marcan el 2018. En este contexto, tan peligroso es un líder populista como un portador de soluciones mágicas importadas del mundo empresarial (véase a Trump). La apatía —abstencionismo— o la soberbia —voto nulo— ciudadanas tampoco contribuyen mucho a generar condiciones de gobernabilidad en la adversidad.

En los próximos meses, se manifestarán las carencias y excesos de los planes públicos y privados de reconstrucción. En ese contexto, la pregunta debiera ser: ¿Cómo convertir la espontánea solidaridad juvenil en fuerza cívica transformadora? Ésa es la tarea de los partidos políticos y candidatos.

Profesor del INAP

cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

 
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