Los sismos y las emociones: el Duque Job escribe para ahuyentar el miedo

2017-10-01 01:17:03

Era otoño de 1894. Manuel Gutiérrez Nájera suspiró. El terremoto del día anterior había pasado, pero el miedo no se iba. Aún resonaba en su cabeza el crujir de las paredes, el repique enloquecido de las campanas de la iglesia cercana. El temblor del Día de Muertos de aquel año tomó por sorpresa a todos, porque, como bien lo había consignado algún cronista de menos renombre que el Duque Job, tenía mucho que el país solamente experimentaba pequeños sismos que apenas perturbaban la vida de aquel México de los tiempos de don Porfirio,

Los periódicos de ese noviembre remoto afirmaban que el tiempo corría con dulzura. Aquel día de muertos era “un día de otoño, tibio y dulce” que de repente se rompió como quien arroja una piedra al ventanal. Minuciosos, los periodistas consignaron la hora: las 6 de la tarde con 35 minutos. El pánico inundó a buena parte del país: el sismo causó daños no solo en el valle de México; hubo afectaciones desde Jalisco a Veracruz. Los recuentos y análisis que al paso de los años han efectuado los sismólogos nos dejan saber, hoy día, que aquel sismo del 2 de noviembre de 1894 vino de la zona Oaxaca-Guerrero y tuvo una magnitud de 7.4 en la escala, ahora en desuso, creada por el señor Richter, que en ese año, era un desconocido. Ni siquiera aparecía en el horizonte la escala de Mercalli, que tenía muy poco de científico y que no fue creada sino hasta 1902. En suma, para intentar descifrar los fenómenos sísmicos, los mexicanos solamente disponían de su fe –los que la tenían- y de su miedo, que se manifestaría de muy distintas maneras. Para el talentosísimo Manuel Gutiérrez Nájera, poeta y periodista, cronista finísimo, la palabra escrita sería su paliativo.

Así, el Duque Job tomó la pluma, y empezó a recordar. Pensó en el miedo, en la intensa palidez de aquella a la que amaba, en el ruido de las copas al estrellarse en el piso, en el bamboleo despiadado de la habitación. Pensó en el crujir de las piedras viejas de siglos que llenaban la traza de la vieja ciudad de México. Y entonces supo lo que tenía que escribir. La tituló “Crónica color de bitter”.

“NO TIEMBLES YA”

Pensando en aquella que amaba; con la mirada aguda que le permitía describir a su ciudad aterrorizada, el Duque Job comenzó diciendo “no tiembles ya”. Y entonces habló de las aves, que, aterradas por el brusco vaivén habían levantado el vuelo y que, pasado el momento de terror, habían regresado a sus hogares, a sus nidos montados en torres, nichos y campanarios. “El dormido titán que habita en las entrañas de la tierra” había vuelto a la calma. Un poco de té le haría bien a la amada, aún inquieta, aún ansiosa como el resto de los habitantes de la ciudad.

Abrazos, un “no tengas miedo”. Unas gotas de certeza, de seguridad. Gutiérrez Nájera conocía, evidentemente, los poderes terapéuticos de una palabra a tiempo, de un gesto que nos rescate del pavor. Más conocido por sus poemas y su amoroso retrato de la Duquesa del Duque Job, que por su delicioso trabajo periodístico, Gutiérrez Nájera dejó, en la “Crónica color de bitter”, envuelta en sedas, la huella de su fino olfato periodístico-informativo. Allí, en la “Crónica…”, está todo: la narración de los hechos, las mil voces que dieron al Duque la materia prima para ese dulce regalo de palabras, que nos habla de un mundo que era más sencillo, donde el tiempo corría más despacio y ciertos amores transcurrían al amparo de gabinetes reservados.

Gutiérrez Nájera construyó, quizá, el más fino testimonio  de un sismo sentido en la ciudad de México que se ha escrito. La relativa tosquedad de los testimonios virreinales, donde la tierra tiembla y ruge por largos minutos, es difícil de asimilar y, en ocasiones, nos deja con más preguntas que respuestas, tantos siglos después. Pero  la “Crónica Color de Bitter”, aún conseguible, se  parece un poco a los “reconstituyentes”, un sorbo de jerez o de oporto, un frasquito de sales de amoniaco, remedios todos para reanimar señoritas decimonónicas: un mexicanísimo apapacho, una terapia de abrazo, un gesto de consuelo que diga que la ciudad no se ha acabado, que no estamos desamparados, que somos más fuertes que la lluvia, que las inundaciones, que los sismos, que el horror, que el desastre.

Más allá de la crónica de Gutiérrez Nájera, los datos objetivos del sismo de noviembre de 1894, reportan daños relevantes en la Catedral y el Sagrario; cuya reparación se emprendería, con la aprobación y apoyo del presidente Díaz, a mediados de enero de 1895.

La reacción colectiva al fenómeno habla de momentos de terror colectivo: en los días de muertos de fines del siglo XIX, aún se podían presenciar los ires y venires de quienes visitaban los cementerios para “llorar el hueso”, como se decía comúnmente. No, no era un día de recogimiento y reflexión; era, predominantemente, una de esas ocasiones de contento que mucho agradan a los mexicanos, para disgusto de algunos intelectuales que, año con año, hacían el consabido berrinche –como Ignacio Manuel Altamirano- de ver los trenes de mulitas, y con los años, los tranvías y ferrocarriles, llenos de paseantes engalanados y enlutados, en su tour que tenía algo de fúnebre y un toque de frivolidad.

El tráfico de aquel 2 de noviembre, asegura la prensa, era notorio: tranvías y coches avanzaban cuando ocurrió el sismo: los animales y los vehículos se detuvieron en cuanto se percataron de lo que ocurría. Los cocheros se desentendieron de los animales y con trabajos se agarraban de donde podían para no caer al suelo, y como lo han hecho tantos a lo largo de los siglos, intentaban rezar. En las esquinas se vieron grupos de mujeres, humildes y ricas; con rebozo o con sombrero, arrodilladas, rezando también. Unas en voz alta, otras murmurando. Otras en silencio y con los ojos cerrados.

Los caballeros dieron también de qué hablar. Algunos, también arrodillados. Otros, de pie, y sin sombrero y uno que otro dándoselas de cínico, miraba su reloj, como para aparentar, con una media sonrisa en el rostro, que los sismos eran nimiedades que apenas merecían su atención. Pero, apunta un cronista observador, aquella media sonrisa acabó por volverse una mueca de espanto.

Pasado el sismo, dijo la prensa, se comenzó una revisión de algunos edificios “importantes”, como los teatros Nacional y Arbeu. Una comisión formada por los ingenieros Roberto Gayol, Mateo Plowes y Antonio Torres Torija, examinó esos dos sitios, tan importantes para el esparcimiento colectivo. También se rindió informe del Teatro Hidalgo.

Una vez más, la prensa miró al pasado. Aseguró que no se había dado un  sismo así de intenso desde julio de 1882, y, antes que ese, si acaso, había generado daños y miedo similares el de 1859 –en plena guerra de Reforma- cuando se había caído la cúpula del templo de Santa Teresa. Memoriosos, los periodistas de 1894 aseguraron que en el hermoso día de muertos había soplado un “viento huracanado” que terminó en el momento del temblor.

Y EL DUQUE CONTINUÓ ESCRIBIENDO… Con todo eso en la cabeza, Manuel Gutiérrez Nájera continuó escribiendo. Pensó que él y aquella a la que amaba eran afortunados: “… la muerte que pasó sobre nosotros cerniendo sus grandes alas de lechuza está muy lejos…”  Ella era lo más importante: “Tus nervios se aquietan, tu manecita blanca tiembla menos y el ondular agitado de tu seno ya se va sosegando poco a poco. Toma el té.” Ofreció, incluso, ponerle unas gotas de cognac al té que la amada de cabellos rubios bebía.  Recordó el cronista que, cuando sintieron el sismo, ella dejó caer la cucharilla con que endulzaba el té. Afuera, los edificios oscilaban.

Pero, durante siglos se ha repetido que el amor es más fuerte que la muerte misma. Acaso Gutiérrez Nájera estaba convencido de ello. Por eso le escribió a ella, a todos los que después de su amada, han leído la “Cónica color de bitter”: “Toma el té. Ya ha pasado el terremoto. Estamos juntos y te amo”. Esos son los abrazos, los consuelos que, no importa si se está en 1894, en 1957, en 1985 o en 2017, todos necesitamos.

 
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