Del impulso a la voluntad

2017-10-02 04:00:51

La voluntad es el poder del deseo

cuando está concentrado y sostenido.

Renny Yagosesky

Si su voluntad es escurridiza y quebradiza, sepa que no se debe a ninguna debilidad, sino al desconocimiento de su naturaleza espiritual.

A diferencia del impulso, ese actuar sin pensar, para bien o para mal, la voluntad requiere un proceso de raciocinio que, de obedecer a móviles vacuos, puede fracturarse en cualquier momento. No porque se piense se razona, y no porque se razone se hace de manera correcta.

El aspecto volitivo del humano nace del deseo que, para ser tal, debe necesariamente formularse en imágenes, ideas, palabras, de tal manera que su consecución requiere, antes que un plan, una convicción (intención más concentración), o sea voluntad, pero sólo los deseos que nos impulsan al bien, personal y colectivo, despiertan firmes convicciones.

El deseo es ajeno a lo negativo. No es verdad que deseemos mal a otros. En realidad tenemos el impulso de dañarlos, y con ello nos llenamos de odio y resentimiento; cicuta y arsénico para el alma. Si realizamos el daño, comenzamos a morir por dentro. Luego vamos por la vida cínicamente justificándonos, porque seguimos respirando, y haciendo más daño, como zombis come cerebros que ya no pueden actuar de otra manera. En estado de negatividad, sustituimos la voluntad por el ímpetu egótico de control y dominio. Y es que enfrentarnos al mal que hemos hecho es terriblemente doloroso. Lo más doloroso que hay para una criatura cuya esencia es divina, creada para el bien.

 Así pues, la voluntad está indeleblemente ligada a la calidad del deseo. Si sus deseos son caóticos, materialistas o resanadores de estructuras internas inhabitables, su voluntad es exigua. Si sus deseos son de altas miras, acordes a su vocación, sus llamados de vida, al bien al que se siente fuertemente atraído, producirán una voluntad de hierro.

Éste es el primer motivo por el cual nos falla la voluntad: la vacuidad de los deseos. En lugar de depositarlos en los asuntos del alma: el autoconocimiento, la paz interior, la comunión con otros, los concentramos en las demandas del ego: riqueza, prestigio, fama, poder. Hemos creado un mundo del cual el alma difícilmente escapa, pero ése es el reto evolutivo.

Cuando los deseos van y vienen, la voluntad igual, y cuando llega se quiebra, porque un nuevo objetivo vacuo aparece en el camino para atraernos como la luz a los insectos.

Pero hay un malentendido acerca de la voluntad que es el que más daño nos causa: cuando la confundimos con resistencia. En este mundo de vacuidades, vacuos somos, y tenemos el impulso de llenar esos vacíos con comida, bebida, consumo económico indiscriminado e incluso perversiones de fácil acceso por internet o tipificadas como delitos, hasta desarrollar verdaderas adicciones.

Y a eso queremos enfrentarle nuestra capacidad volitiva. A la resistencia que oponemos le llamamos fuerza de voluntad. Y, claro, siempre se nos quiebra, porque mientras más resistencia presentamos más crece la fuerza que nos empuja.

No existe la fuerza de voluntad. Efectivamente, nuestra capacidad volitiva puede extender una firme convicción en el tiempo, e incluso vencer obstáculos, pero nada tiene que ver con la resistencia. La voluntad sostenida depende de evitar todo aquello que nos distraiga de nuestros objetivos y de una constante renovación de nuestros motivos, lo cual nos lleva a mirar siempre más las soluciones que los problemas.

Vencer impulsos destructivos y adicciones es una cuestión de autoconocimiento, de ir al origen, a la zona oscura, de enfrentarnos a nuestros demonios, pero sobre todo de establecer una red de apoyo y una comunicación directa con la divinidad. Usted solo no puede. Que no le importe si Dios existe o no, mientras le funcione la relación.

El impulso se descarga y cesa, la voluntad se renueva y perdura. Dicho esto, expreso mi potente deseo de que el impulso de ayudar a nuestros semejantes, infortunados o afortunados, se convierta en voluntad.

delasfuentesopina@gmail.com

 

 
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