Disenso y represión

2017-10-03 00:13:31

Ilegal no significa antidemocrático. El desacato no debe implicar represión cuando se trata de expresar ideas y disentir.  El marco legal está para regular la convivencia social, pero en un sistema democrático genuino el disenso debe permitirse al máximo sin llegar a la violencia.  Lo contrario es más ilustrativo de los regímenes autoritarios. Al final, salvaguardar la legalidad puede llevar a un callejón sin salida si se prescinde del diálogo y la negociación. En México, por ejemplo, por décadas se reprimió a los movimientos políticos y sociales que atentaban contra la estabilidad y la legalidad bajo el delito de disolución social; una fórmula que permitió anular y reprimir cualquier manifestación contraria al estado de cosas y que acentúo, cada vez que se le utilizó, el talante autoritario del sistema político.  La utilización de la fuerza pública en contra de ciudadanos comunes, dispuestos a mantener su desacato en apego a sus ideas, difícilmente recabará apoyo y entendimiento.

Estas aseveraciones vienen a cuento de la penosa celebración del referéndum independentista catalán. La torpeza y la cerrazón mostrada por el gobierno nacional para tratar con el inveterado independentismo catalán frente a la tozudez y la improvisación de los organizadores de la consulta contra viento y marea, han dejado como resultado el efecto contrario al que seguramente se persiguió situando la consulta al margen de las leyes constitucionales, de un lado, y al de dar plena legitimidad a una eventual separación del centro, del otro lado.  El lamentable espectáculo de la policía golpeando participantes de todas las edades, como si tratase de un motín armado, ha conmocionado a propios y extraños.  Por ello, puede afirmarse que el proceso referendario ha dado a sus convocantes una victoria moral al proclamar la victoria del sí. La represión no solamente los victimiza, sino que les ha permitido sumar adeptos que habrían decidido participar más por su rechazo a la ineptitud del gobierno nacional, que en apoyo a la idea de autonomía catalana plena. 

En los de enfrente, es decir, entre los sectores más recalcitrantes en contra de las autonomías, favorables al nacionalismo conservador, el saldo de la operación política en su conjunto les ha otorgado valioso aire de refresco. De forma que puede pensarse que el resultado final no es otra cosa sino la mayor polarización de la sociedad catalana en particular, y de la española en general. Según diversos analistas, y más allá de todas las deficiencias formales y legales del referéndum, que no son menores, habría participado menos del 50 por ciento de la población catalana, con lo cual este ejercicio plebiscitario estaría lejos de reflejar la auténtica voluntad mayoritaria, amén de que la consulta no tendría validez legal, ni carácter vinculante. 

Lo que resulta más paradójico, es que el diálogo y la negociación serán ahora más necesarios que antes, con la diferencia de que los principales interlocutores hasta la celebración del referéndum, son los menos adecuados para encabezar un proceso de este calado tendiente a la reconciliación. Al menos desde el punto de vista de la teoría social, parece evidente que nuevamente, uno de los fenómenos recurrentes de la globalización que es la exacerbación de los particularismos, se ha hecho presente, si bien en el contexto español. Parece olvidarse también que los cimientos tradicionales del Estado nacional se han venido erosionando paulatinamente con diferentes matices como consecuencia del fenómeno de la mundialización, lo mismo que los esquemas tradicionales de organización política, incluyendo el sistema democrático, generando agudas contradicciones, sin aparente solución en diversas sociedades.  Como lo ha sugerido acertadamente un analista, la élite política que controla al gobernante Partido Popular ha fallado en comprender que un Estado moderno depende del monopolio de la legitimidad y no del monopolio de la violencia. (Lapuente Giné, Víctor, “The crisis in Catalonia is being fed by pernicious myths on both sides”, The Guardian, 2octubre2017, www.theguardian.com)   En cualquier supuesto, la salud de la democracia española ha quedado seriamente dañada y amerita una fuerte cauda de imaginación y voluntad para restablecer la sana discusión entre las partes para una solución mutuamente aceptable.

 

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