San Gregorio, los fantasmas de la autoconstrucción

2017-10-05 23:47:35

Casas edificadas sin separación de colindancia y en asentamientos irregulares, cimientos mal armados, pegado irregular de tabiques y relleno deficiente en terrenos inclinados fueron factores técnicos del desmoronamiento habitacional en San Gregorio, Xochimilco.

Espejo de la pobreza en el país…

Un grupo de ingenieros y arquitectos locales, arropados por la organización Amigos de Xochimilco, caminó de hogar en hogar en busca de las causas específicas del derrumbe masivo de viviendas. Y Crónica siguió su rastro…

Tras el recorrido, una coincidencia a la luz de la tragedia: el modelo de autoconstrucción ha quedado rebasado en México, en especial frente a los constantes riesgos sísmicos.

“Ya no funciona construir sin asesoría técnica, pero es la realidad económica de la gente”, decía el ingeniero Saúl Osorio, quien encabezó la cuadrilla en San Gregorio, convertido hoy en dechado de otras comunidades con los mismos errores históricos y un similar nivel de carencia y destrozo.

“No queremos ninguna autoridad aquí”, gritaban primero los vecinos, quienes días antes ahuyentaron a empujones al delegado Avelino Méndez. “Vamos a tener que demoler nuestras casas, y ¿dónde está la ayuda?”, reprocharon.

—No somos burócratas, sino ingenieros y arquitectos que venimos a ver sus casas, a intentar recuperarlas —dijo Mario, uno de los especialistas. Y ahí estaban Karla, David, Eduardo, Tonatiuh y Saúl, quienes han participado ya en diversos proyectos de construcción.

La lejanía de San Gregorio, la dificultad para llegar a la zona por las calles averiadas –más de dos horas desde el centro de la ciudad— y el cierre de otras por el enfado de los afectados, así como la sabida hostilidad de ejidatarios, ha distanciado a los expertos.

—Pero todos quienes venimos ahora, somos de Xochimilco —explicó David.

Y en un rato, todo era ya camaradería, peticiones de apoyo.

 “Se va a caer mi casa”, era el temor generalizado. Muchas familias continúan la vida en patios y banquetas, en especial aquellas cuyos cuartos fueron fincados sobre aposentos de adobe. Ahí vivieron los abuelos: pasaron de generación en generación y ahora los nietos y bisnietos se instalaron en los rincones abiertos de mayor seguridad.

Otros damnificados se refugiaron en inmuebles más resistentes de amigos y parientes.

El grupo de especialistas examinó al menos 20 casas, cada cual con su historia…

“Nosotros la construimos así porque nos gustó una casita de otro pueblo”, contó con Don Heriberto, uno de los afligidos en la calle.

—¿Cómo la hizo? –se le preguntó.

—Sólo le dijimos al maestro: háganos una como ésta de la foto… Fue el que más barato nos cobró. Otros querían llevarse el doble, pero no alcanzaba para pagar.

—¿A cuántos albañiles les pidió presupuesto?

—Como a cuatro, pero apostamos por el baratero.

Doña Elisa montó su vivienda sobre la barraca de la bisabuela. Tras el S-19 quedó en ruinas, aunque nadie salió lesionado. “Comenzamos a pegar tabiques encima del cascarón. Pensamos que iba a aguantar, pero este temblorcito si nos llegó de sopetón. Nunca nos habíamos movido tanto en San Gregorio”.

—¿Quiénes la empalmaron?

—Pues mi esposo y mis tres hijos. Siempre han sido buenos para la talacha, pero ahora sí les falló.

“Mire mis muros, todos destripados. Hay que tirar la casa”, se lamentaba don Joel, aunque la respuesta del ingeniero resultó inesperada:

“Sus castillos no tienen fisuras, su casa no se caerá. Las construcciones son como el cuerpo humano: en este caso los músculos se dañaron, pero los huesos están bien… Es como si en un asalto le dieran un navajazo, va a quedar la cicatriz pero no morirá”.

—Pero si ya no aguanta —insistió el hombre.

—Si tiene un enfermo en cama, ¿permitiría que lo enterraran? Se puede salvar… Hay que curar sus muros.

—¿Cómo?

—Cociéndolos: podemos ponerles un mortero epoxico, de alta resistencia, como un pegamento. Y si los quiere más fuerte les colocamos malla electrosoldada y repellado.

Muchas construcciones se golpearon unas a otras. “No había separación de colindancia”, explicó otro de los arquitectos.

—¿Qué es eso? —cuestionó uno de los habitantes.

—La separación entre una casa y otra, debe ser al menos de diez centímetros. Aquí todas están juntas: durante el sismo se pegaron y la barda más fuerte tiró a la más débil.

Los técnicos también documentaron asentamientos en laderas, debido a la insuficiencia de relleno; fracturas por falta de humedad en block durante el proceso de construcción; licuación de arenas y fragilidad en cimientos, por exceso de agua, y casas con más niveles de los permitidos.

—¿Cómo darle un viraje al modelo de autoconstrucción? —se preguntó al arquitecto Rommel Ortiz.

—Los arquitectos e ingenieros debemos bajarnos de nuestra nube: no podemos cobrarle mucho a dinero a la gente que no lo tiene. La mayoría de los mexicanos es de escasos recursos y construye como puede. Hay que ajustarnos a la realidad del país. No podemos cometer los mismos errores.

Algunas familias comenzaron de nuevo a levantar sus casas… Con imaginación, pero sin asesoría técnica.

—Estos cimientitos se le van a voltear otra vez. El acero de refuerzo de las trabes debe pasar por en medio de las columnas y está al revés  —alertó uno de los ingenieros a don Emiliano, en plena labor de reconstrucción.

—Dios nos cuida –contestó el anciano—. Así lo hemos hecho siempre en el pueblo…

 
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