Los estudiantes en el Zócalo

2017-10-14 00:20:43

La conversación con mis alumnos sobre el movimiento estudiantil de 1968 continuó animada. Mónica intervino para preguntar:

—Entonces, ¿hubo huelga general?

—Bueno, no hubo una declaración formal de huelga en todas las universidades estatales, sólo en algunas, sin embargo, se desencadenó en esas instituciones una intensa movilización política. En la ciudad de México,  

en cambio, la huelga sí fue general y, como dije, abarcó, incluso a instituciones no públicas como la Universidad Iberoamericana, el Colegio de México y la Universidad del Valle de México. Un acontecimiento memorable de esos días fue la creación de la Coalición de Maestros de Enseñanza Media y Superior en apoyo del movimiento estudiantil; fue promovida por distinguidos profesores como Luis Villoro, Víctor Flores Olea, Eli de Gortari, Heberto Castillo, Pablo González Casanova, Carlos Imaz, Eugenio Filloy, Ani Pardo, Manuela Garín, etc. Obviamente, esta adhesión contribuyó decisivamente a consolidar al movimiento estudiantil. En la sesión del CNH del jueves 8 de agosto se propuso la realización de un nuevo acto político todavía más audaz que el anterior: la idea fue llevar a cabo una nueva manifestación que saldría del Casco de Santo Tomás y avanzaría hasta el Zócalo. La fecha para el evento era el 13 de agosto. Esta proposición  tenía fuerte sustento lógico y político, pero encontró en la asamblea del Consejo una férrea oposición por parte de los grupos marxistas radicales que se opusieron con furia a que se llevara a cabo  una marcha hacia el centro de la ciudad (el centro, argumentaban, era un conjunto de “sitios o escenarios de la burguesía”) y en contrapartida propusieron que se realizara, no una, sino varias marchas estudiantiles que se dirigieran, no al centro, sino a la periferia de la ciudad y, más concretamente, hacia las colonias obreras e industriales. En realidad, los militantes de estos grupos no veían al movimiento como un fin en sí mismo, sino como un medio; no les interesaba la lucha democrática sino la lucha revolucionaria. En otras palabras, ellos no querían la solución al pliego petitorio, lo que querían era hacer una revolución violenta “en contra del estado burgués” y el movimiento estudiantil, como lo reconocían abiertamente, era sólo un medio para llevar a cabo esa revolución. La función del movimiento estudiantil sería “detonar la revolución” al incorporar a la lucha política, como decía Marx, al sujeto revolucionario por excelencia, el proletariado. En realidad, la propuesta de realizar varias manifestaciones en las zonas con población obrera era políticamente absurda: con la dispersión se diluía la fuerza del acto y se perdía el efecto mediático de la demostración; por otra parte, se exponía al movimiento a una eventual represión. No obstante, la discusión del tema se llevó muchas horas de debates tormentosos. Finalmente, el CNH tomó el acuerdo por mayoría de votos de efectuar la marcha Casco-Zócalo el día 13 de agosto.

—Esta sería, entonces, la segunda manifestación estudiantil propiamente dicha, sin contar la del rector. ¿Correcto? –Dijo Estrada.

—Exacto. Al proponerse llegar al Zócalo, el CNH quería realizar la conquista de un espacio simbólico del poder autoritario (recuérdese que es una plaza ubicada frente a Palacio Nacional), espacio que sirvió por décadas para actos de masas que eran ejercicios rituales en los que se exhibía la fuerza centralizada del Estado y la supuesta “unidad nacional”. Por otro lado, iba a ser la primera vez que los estudiantes marcharan por calles céntricas y, por lo mismo, serían observados por un público numeroso; se trataba, pues, como ustedes ven, de un nuevo desafío que pondría a prueba la fuerza y la capacidad organizativa de los estudiantes. Pero el movimiento estudiantil había madurado: las huelgas en las escuelas se habían “estabilizado” y los estudiantes, organizados en brigadas de 5 a 10 miembros, salían a las calles día con día a realizar actividades para ganar el apoyo político de la población. Las brigadas aparecían, de súbito, en cualquier esquina de la capital, en los mercados, en los cines, en las plazas, y realizaban mítines “relámpago”, distribuían volantes y colectaban dinero. La ciudad se conmovía con esta oleada impresionante de acciones estudiantiles. Las acciones de este tipo de multiplicaban: primero se registraban como centenas, pero al final eran miles —aunque la presa oficialista apenas dio cuenta del fenómeno.

—¿Qué eran los mítines “relámpago”? –Preguntó Mireia.

—Eran mítines pequeños, que se desarrollaban en unos minutos. Por ejemplo, una brigada de mi facultad realizó uno en la encrucijada que forman avenida Juárez y Niño Perdido (hoy Eje Central). Primero los estudiantes, tomados de las manos, hicieron cadenas que suspendieron el tráfico en las cuatro bocacalles y pidieron al público guardar silencio. Enseguida, un estudiante orador, pasó al centro del rectángulo formado en el crucero y comenzó a pronunciar un discurso sencillo auxiliándose de un megáfono, mientras otros estudiantes desplegaban mantas, distribuían propaganda y pedían apoyo económico para el movimiento. Todo ocurrió en dos o tres minutos, al cabo de los cuales, los estudiantes desaparecían como por arte de magia de la escena. Era, como ven, una forma de actuar asombrosamente efectiva e impresionante que impedía o, al menos disminuía, el peligro de la represión.

—¿Y la manifestación? –Preguntó Estrada.

—La manifestación fue un éxito y reunió, al menos, a 100 mil personas. Era una columna enorme. Al frente iban los maestros de la Coalición y detrás de ellos se mostraba una manta gigantesca en la que aparecía un estudiante caído frente a las bayonetas. Por delante, avanzaba una camioneta dotada de sonido y desde ella se lanzaban consignas que la multitud coreaba. Las frases que más se repitieron en la manifestación fueron: “Respeto a la Constitución”, “Libertad Vallejo”, “Libros sí, tanques no”, Presos políticos, libertad” y “No más bayonetas”. Cuando la vanguardia llegó al Zócalo, ya había ahí una multitud que aplaudió la llegada de la columna. A medida que desembocaban en la plaza los contingentes, aquello se fue convirtiendo en una fiesta con gente jubilosa y exultante que festejaba el nuevo triunfo del movimiento estudiantil. Por todos lados estallaban gritos, porras, cantos. En un momento dado, se prendió fuego a un monigote de cartón que representaba a un granadero con una macana en la mano y una bacinilla en la cabeza, lo cual provocó risas y aplausos. Luego vino el mitin. Montados sobre un autobús del IPN, utilizando un aparato de sonido poderoso, los oradores se dirigieron a la multitud. Habló Félix Gamundi del IPN quien dijo que aquel acto era la respuesta estudiantil ante el silencio de las autoridades y la falta de respuesta a las seis demandas del movimiento. El problema de México, agregó, es la falta de libertad, el uso repetido de la fuerza sólo contribuye a menguar más las libertades. La lucha de los estudiantes era contra la represión y por la democratización de las instituciones. Enseguida habló un líder de Chapingo y otro de la Escuela nacional de maestros. Vino luego el maestro Fausto Trejo de la escuela vocacional No. 7 y, cuando estaba a la mitad de su discurso, de la multitud se levantó una exclamación de asombro —y de coraje porque, por un costado del mitin, se desplazaron de súbito cuatro convoyes del ejército en un acto descarado de provocación. El último orador fue Eduardo Valle de Economía de la UNAM, Valle subrayó la dimensión social de la lucha estudiantil y llamó a prepararse para los nuevos desafíos que, seguramente, habría de enfrentar el movimiento estudiantil. Cuando emprendimos el regreso, dijo Luis Gonzáles de Alba, “la ciudad nos pareció desconocida, era ahora una ciudad nuestra”.

 
Todos los derechos reservados ® cronica.com.mx
Sitio desarrollado por GYL SYSTEMS