En duda, el estado mental de Trump

2017-12-05 23:26:34

El presidente Donald Trump lleva en el poder 316 días, durante ese tiempo ha dicho en promedio cinco mentiras diarias en un total de mil 600 aseveraciones falsas desde que llegó a la Casa Blanca. Es muy fácil confirmar que lo que el mandatario habla con frecuencia no es verdad, son declaraciones absurdas, ridículas y en ocasiones hasta cómicas. Al punto de que cada vez se menciona más que podría tener alguna enfermedad mental.

“¿Cuánto tiempo más vamos a pretender que Trump es un ser racional? ¿Cuánto tiempo más vamos a ignorar que es peligroso y que está fuera de control?” ha dicho el analista Eugene Robinson en The Washington Post. Por su parte, el diario New York Daily News en un reciente editorial aseguró que “ya no se puede negar que el presidente de los Estados Unidos es un hombre inestable, un loco”.

Se insiste en que el mandatario tiene una personalidad antisocial y agresiva, que sufre de un narcisismo maligno que le impide ver la realidad. Se le atribuyen una refinada crueldad y sentimientos de autodestrucción. El consenso generalizado es que no es un individuo normal. El primero en decirlo públicamente, aunque muchos lo murmuraban ya en privado, fue el influyente senador, también republicano, Bob Corker, quien aseguró que “la Casa Blanca es una guardería de adultos, donde se vigila al Presidente para que no haga berrinches que pudieran llevar a este país a una Tercera Guerra Mundial”.

Describen a este gobernante como alguien que no logra concentrarse, que se enfurece fácilmente, que siempre está de mal humor. Lo comparan con una olla de presión a punto de explotar, que tiene pleito con todos los que no lo elogian, empezando por los grandes diarios y estaciones de televisión.

Abundan los analistas que empiezan a preguntarse si el presidente está física y emocionalmente en condiciones de gobernar. Y es que Trump carece de disciplina, un día dice una cosa y al siguiente otra, se desdice a sí mismo, con frecuencia se muestra completamente ignorante de las tradiciones y la política.

Trump es el primer mandatario que llega a la Casa Blanca con 70 años de edad, no prueba alcohol y nunca ha fumado tabaco. Mide 1.82 metros de estatura y pesa 107.5 kilos, lo que lo coloca en el límite de la obesidad; sin embargo, y a pesar de que su comida favorita es el pollo frito y las hamburguesas, su médico ha dicho que su nivel de colesterol es normal.

No se le conocen enfermedades, pero los liberales, y aun algunos conservadores, están alarmados, aseguran que llegó la hora de entrar en pánico con este dignatario porque no tiene el temperamento ni el estado mental adecuado para las responsabilidades del cargo que ocupa.

Sus seguidores, que todavía son muchos, aseguran que loco no está. Si lo estuviera, argumentan, no hubiera amasado esa fortuna ni tampoco hubiera llegado a la Presidencia. Sin embargo, poco después de su elección, un grupo de psiquiatras estableció en un comunicado que Trump es de miedo por la manera en que hace a un lado a personas que considera amenazas; la forma en que distorsiona la historia y su poco apego por la verdad.

Aparte de esa opinión poco se sabe de su salud mental y aún menos de la física, porque Trump mantiene esa información privada, igual que lo hicieron otros presidentes: Franklin D. Roosevelt padeció polio, pero rara vez se dejó fotografiar en silla de ruedas; nunca se habló abiertamente del dolor de espalda y la enfermedad en los huesos que sufría John F. Kennedy ni de las hemorroides que padecía Jimmy Carter.

Siguiendo una ley establecida en 1928, cuando el entonces presidente Woodrow Wilson sufrió un paro cardiaco que lo dejó paralizado y casi ciego, Trump en la Casa Blanca tiene un médico siempre cerca para cualquier enfermedad corporal, pero que se sepa no tiene un psicólogo o un psiquiatra al lado. Los males mentales de quienes están en el poder son tabú. Se les considera un grave riesgo político.

Poco se habla de las terribles depresiones que sufría Abraham Lincoln, o de los calmantes con que Richard Nixon entraba en razón. Si Donald Trump no estuviera bien de la cabeza —de acuerdo a cifras oficiales, 18 por ciento de los estadunidenses tampoco lo están— a ciencia cierta nunca lo vamos a saber. Siempre será un secreto. Por el bien de todos sólo queda confiar en que no se pondrá peor en los mil 142 días que aún le quedan en el puesto.

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