Para ganar la elección: emoción

2017-12-20 00:37:28

Ya hay candidatos. Los hay aunque los partidos, coaliciones y autoridades electorales les llamen de otra manera. Hay además, campañas, y siempre que las veo me acuerdo de la obra norteamericana El Cerebro Político. El papel de la emoción al decidir del destino del país. ¿Por qué? Porque la campañas se dirigen a mover a los ciudadanos, a convencerlos, a movilizarlos, y eventualmente, a obtener su sufragio. Veamos.

El autor, Drew Westen, señala que encontró que las elecciones se ganan en el “mercado de la emoción” y no en el de la razón y que cuando emoción y razón combaten, ésta pierde. Esto se debe, dice, a que los republicanos entienden mejor el cerebro político que los demócratas, y que por ello en los últimos 34 años han ganado más ocasiones la Presidencia y los presidentes republicanos se han reelegido con más facilidad. Afirma que las derrotas de los demócratas han sido tan evitables como el “irracional compromiso con la razón” que postulan. Es decir, que los demócratas no han entendido que los datos duros por sí mismos no conducen a la victoria.

El autor y un grupo de neurólogos estudiaron en 2004 los procesos cerebrales de militantes partidistas cuando procesan nueva información política, potencialmente incómoda. Se trataba de ponerles retos de razonamiento que llevarían a un no militante a una conclusión lógica, pero a un militante lo orillaría a enfrentar una antinomia entre dicha conclusión y su fervor partidista. Querían inducir una disonancia entre evidencia y emoción. La hipótesis era: si datos y deseo chocan, el cerebro político buscaría “razonar” hacia la conclusión deseada.

Los resultados del estudio confirmaron que cuando un militante se enfrenta a información política discordante, trata de obtener conclusiones predeterminadas y emocionales por naturaleza y que en el proceso le da mayor peso a la evidencia confirmatoria que a la contradictoria. Esto es así debido a que el cerebro del militante activa una red neuronal que le produce estrés y reacciona disipando esa incomodidad a través, inclusive, de razonamientos incorrectos. Se descubrió además que así como se apagaron los circuitos neuronales de las emociones negativas, se encendieron los de las positivas e inclusive los de las sensaciones de recompensa.

Las conclusiones son dos con sus respectivas implicaciones para aquellos que hacen política o la estudian. Primera, que los candidatos no deberían preocuparse por tratar de atraer a los militantes de otros partidos, sino esforzarse por persuadir para su causa al 10% o 20% de los electores del centro llamados cambiantes (o switchers) y que sumados a su base partidaria tradicional, generalmente de alrededor de 30%, podrían darles la victoria.

Segunda, que el cerebro político es un cerebro emocional; que no estamos ante una máquina de cálculo desapasionado que busca objetivamente los hechos y las cifras adecuados para tomar una decisión razonada. Es más, mientras más estrictamente racional sea un llamado o alegato político, menos probable resultará la activación de los circuitos de la emoción, que son los que regulan la decisión electoral. Tomaré descanso. Nos leemos el miércoles 10 de enero. Felices fiestas.

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