Versos satánicos: ética para laicos

2017-12-28 23:49:47

El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeiní, líder religioso de Irán, lanzó una fatwa en contra del novelista Salman Rushdie. En aquel momento, la noticia sorprendió al mundo. ¿Cómo era posible que una novela provocara una reacción tan violenta? ¿La condena del ayatola recordó las excomuniones religiosas de la era medieval? El edicto acusaba al libro de blasfemia contra la religión musulmana. Jomeiní acusó a Rushdie del pecado de apostasía, considerado como el abandono de la fe islámica. Pecado que según las tradiciones del profeta debe castigarse con la muerte. Pero la condena se extendía más allá del novelista, también castiga con la muerte a quien se atreva a publicar el contenido del libro.

Más allá de la amenaza a la vida de un escritor, aquella fatwa despertó los furores religiosos en el mundo. ¿Por qué esa novela fue tan amenazadora? A partir del estudio del caso Rushdie, Milan Kundera ofrece una conclusión fascinante sobre el conflicto entre la novela y la religión. Con el ataque en contra de Los Versos Satánicos, no es un autor o un libro, lo que enfrenta una ofensiva teocrática. ¿Cuáles son los poderes de la novela que ponen en riesgo la institución de la fe?

Kundera lo señala con claridad:

“Si se ataca una religión (con una polémica, una blasfemia, una herejía), los guardianes del templo pueden fácilmente defenderla en su propio terreno, con su propio lenguaje; pero, para ellos, la novela es otro planeta; otro universo basado sobre otra ontología; un infernum en el que la verdad única carece de poder y en el que la satánica ambigüedad convierte toda certidumbre en enigma”.

La novela irrita no porque blasfeme, se burle o ataque a los valores sagrados, sino porque inyecta humor en la vida y exhibe la relatividad de los valores humanos demasiado humanos. Expone la vulnerabilidad de la existencia y derrota las certidumbres. La novela es un modo de ver el mundo y la condición humana en su profunda ambigüedad.

En octubre de 1999 nació el habitante número seis mil millones; como reacción a esa oleada demográfica, el Fondo de Población de las Naciones Unidas publicó un libro a modo de cartas abiertas dirigidas a ese lector infantil. Salman Rushdie colaboró con una entrega epistolar que se titula “Imagina que el cielo no existe”, una referencia a la canción de John Lennon. Su carta es su alegato ético en contra de toda moral religiosa y en favor de la autonomía laica.

Las preguntas que abren su disertación son las más clásicas: “¿Cómo llegamos aquí? y ahora que estamos aquí, ¿cómo viviremos?, es decir, ¿cómo vivir?, ¿qué está bien y qué está mal?”. La respuesta de las ficciones religiosas promueve una moralidad infantil. Convierte a nuestro yo ético en un niño a merced de “unos árbitros morales infalibles y unos tentadores inmorales irredimibles por encima de nosotros; los padres eternos, buenos y malos, brillantes y oscuros, del reino sobrenatural». A la pregunta sobre el origen, las religiones invocan a un Ser invisible e inefable; un creador omnipotente y omnisciente que los seres humanos, criaturas limitadas, son incapaces de percibir y mucho menos de comprender. En cambio en el mundo terrenal, todas las historias de la creación terminan por convertirse en dogmas ajenos para controlar el comportamiento. Normas impuestas por sacerdotes con rituales de culto que gobiernan y limitan la libertad de conciencia. La historia abunda en ejemplos de cómo esos sacerdotes ejercen la opresión y el terror.

La alternativa es una ética laica que se funda en la libertad. Elegir la falta de fe es optar por el pensamiento por encima del dogma, confiar en nuestra humanidad en lugar de en todas esas divinidades infalibles y amenazadoras. Rushdie invita a renunciar a los sacerdotes y sus mandamientos dogmáticos, para vivir sin policías de la conciencia, en un mundo donde la verdad absoluta se disuelve con el aire.

 

 

 
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