Miguel Hidalgo en Guadalajara: el torbellino, la libertad y “el frenesí”

2017-12-30 22:08:26

El Amo Torres respondió con lealtad al apoyo recibido de Hidalgo: cuando se levantó en armas, siguiendo el llamado del cura, recibió y un centenar de hombres y la encomienda de apoderarse de Guadalajara. Después de vencer en Zacoalco a los realistas comandados por Tomás Ignacio Villaseñor, Torres ya no tuvo quien se le opusiera para cumplir con el encargo. Sin tardanza, avisó a la dirigencia insurgente: Guadalajara estaba en sus manos y era un a espléndida oportunidad para que el ejército insurrecto se reconstruyera.

Hidalgo abandonó Valladolid. Avanzaba sin mirar atrás, concentrado en rehacer el enorme ejército con el que había llegado a las puertas de la ciudad de México. Acaso prefería no pensar en la parte oscura de los días recientes, cuando permitió el asesinato de  70 españoles, a las afueras de la ciudad. En dos sitios, el Cerro del Molcajete y la barranca de Las Bateas, quedaron los cuerpos de europeos que confiaron en la garantía de seguridad dada por el sacerdote.

Cuando salió de la ciudad, Miguel Hidalgo dejaba atrás una densa nube de murmuraciones, que señalaba al sacerdote Manuel Muñoz o Muñiz, natural de Silao, como el responsable de elegir a quienes sufrirían aquella muerte violenta, nada más porque sí, para calmar el resentimiento y la sed de venganza  que muchos alentaban contra los españoles. Jugándole al secreto, y al margen de la autoridad del intendente Anzorena, el padre Muñoz designaba a las víctimas llamándolos “los que habrían de tomar chocolate esa noche”.  Consumados los hechos, el dolor de los vallisoletanos le pondría un atroz sobrenombre: “Padre Chocolate”, con el que fue a parar, incluso, a algunas notas de la historia de aquellos días, escrita por Lucas Alamán.

Pero el cura de Dolores, al abandonar Valladolid, ya no se preocupaba por esas cosas. Veía Guadalajara a la distancia, como el principio de una nueva etapa de triunfos para la causa insurgente.

GUADALAJARA ATERRADA

Después de la victoria de Torres en Zacoalco, el gobierno de Guadalajara se desmoronó. Las noticias eran aterradoras: de los 500 hombres que llevaba Tomás Villaseñor, 259 eran ya cadáveres y más de 200 eran prisioneros de los insurgentes. Era un desastre completo y se contaban historias espantosas: se decía que después del combate, los indios insurgentes encontraron algunos relojes en el campo de batalla. Al escuchar el sonido de las pequeñas máquinas, las arrojaban al suelo, sobresaltados, afirmando que aquellos artefactos “tenían el diablo dentro”.

Pero el diablo, sin andaba en el occidente de la Nueva España, no estaba ocupado de los relojes. Seguramente guió el escandaloso escape del obispo de Guadalajara, don Juan Cruz Ruiz de Cabañas, quien, no bien se enteró de la derrota realista en Zacoalco, no lo pensó dos veces: cerró la casa y agarró camino hacia el puerto de San Blas, para embarcarse, cargando con unas doscientas personas, oidores incluidos, que tampoco quisieron quedarse a ver qué ocurría cuando los insurgentes llegaran a la ciudad.

De golpe, Guadalajara se quedó sin las instituciones esenciales del gobierno y defensa: había un batallón llamado “De la Cruzada” creado por el obispo Cabañas e integrado por seminaristas y colegiales, que hasta antes de la batalla de Zacoalco, se paseaban todos los días por la ciudad. Desde finales de septiembre, y para efectos de tomar decisiones en caso de un ataque insurgente a Guadalajara, se había creado una junta compuesta por comerciantes, sacerdotes, letrados y personajes similares que no tenían la menor idea de cómo poner en marcha a una fuerza defensiva o cómo enfrentar a un ejército, pero que, eso sí, habían tenido presencia de ánimo para destituir al intendente y capitán general Roque Abarca.. Unas pocas tropas, provenientes de Colima y de Tepic, llegaron hasta Guadalajara, por lo que se ofreciera. En algún momento, hubo ¡doce mil hombres! Dispuestos para defender la ciudad. Pero el tiempo pasó, nadie construyó un liderazgo fuerte en la ciudad y, poco a poco, los ecos de las victorias de la insurgencia comenzaron a despertar simpatías en Guadalajara. Muchos de esos 12 mil hombres empezaron a desertar.

Cuando las noticias de Zacoalco llegaron a Guadalajara, el pánico fue total: la Junta, como entidad emergente, desapareció por arte de magia; nadie volvió a ver al batallón de la Cruzada; La escasa tropa de Tepic, que estuvo en Zacoalco, se regresó a su casa, no sin antes atravesar Guadalajara a toda carrera, contando en su loca huída las cosas horribles que vivieron en la batalla. El ex intendente Abarca, juntó unos pocos soldados y se fue a atrincherar a San Pedro Tlaquepaque. Era el 10 de noviembre de 1810 cuando El Amo Torres entró en Guadalajara. Dieciséis días más tarde, Miguel Hidalgo llegaba a la ciudad.

Una de las primeras cosas que hizo Hidalgo fue reunirse con el ex intendente Abarca y le ofreció el cargo de capitán general de todas las tropas insurgentes. Educadamente, Abarca rechazó el ofrecimiento, que, por otra parte, pudo haber desencadenado una grave crisis en la insurgencia, si Ignacio Allende hubiera estado al tanto de la ocurrencia de Hidalgo. Después de aquello, Abarca mantuvo un trato cordial con el nuevamente poderoso cura de Dolores. De lo que opinaba acerca de todos los que dejaron tirada la defensa de Guadalajara, se supo por un pequeño papel entre sus notas: “Jamás confiar una ciudad a un licenciado”.

GUADALAJARA ENLOQUECIDA

De todas sus entradas triunfales en las ciudades y pueblos por los que pasó, ninguna sería para Miguel Hidalgo lo que fue Guadalajara. De tal manera se habían esfumado autoridades y defensores de la ciudad, que la población entera le puso su mejor cara al cura que había incendiado la Nueva España. El cabildo catedralicio, los diputados y lo que quedaba de la Real Audiencia –es decir, todos los que no se habían ido con Cabañas- recibieron al jefe guerrillero en el atrio de la catedral.

Repicaban todas las campanas de la ciudad, tronaban las salvas de la artillería triunfadora y la gente gritaba al paso de Hidalgo “¡larga vida a Su Alteza!”. Su Alteza, su Alteza Serenísima, quien, todos los días que estuvo en Guadalajara, recibió el trato que se le dispensaría a un virrey. Los canónigos tuvieron que tragarse la ocurrencia de Hidalgo, quien, al entrar al atrio de la catedral, les dijo, muy sonriente: aquí tienen al hereje”.

Aquella noche, Guadalajara estaba iluminada. La vida se convirtió en un permanente homenaje a Hidalgo, quien abandonó su sobrio traje negro de cura y se engalanó con un uniforme vistoso, con vueltas en las mangas de color rojo. Se sucedieron banquetes y bailes. La ciudad se sumergió en una fiesta que parecía no terminar, en medio de la cual Su Alteza Serenísima nombraba capitanes y coroneles por cientos.

El sacerdote Severo Maldonado recibió un encargo de Hidalgo: hacer un periódico insurgente, que defendiera la causa de la independencia. Maldonado tuvo listo, el 20 de diciembre, el primer número de El Despertador Americano.

Entonces, el cura de Dolores, entre el bullicio del festejo perpetuo, ese que le llenaba la cabeza y lo hacía sentirse poderoso; entre ese “frenesí” del que hablaría en su juicio, se dio tiempo para solemnizar el bando en el que abolía la esclavitud y comenzó a intentar crear reglas para la confiscación de bienes y el trato a los prisioneros españoles. Designó un embajador ante el gobierno de Estados Unidos, Pascasio Ortiz de Letona, que tendría que trabajar para conseguir el reconocimiento internacional del movimiento independentista.

Pero ganó el frenesí: con la anuencia de Hidalgo, un personaje oscuro, apellidado Marroquín, mezcla de torero y truhán que había conocido mejores días, sacó de la ciudad a 360 españoles prisioneros que murieron degollados en la cercana barranca de Oblatos. Sin juicio, desde luego, porque, como reconoció Hidalgo meses después, “eran inocentes”. El cura insurgente no pudo remontar el torbellino. Se terminaba 1810 y creía tener al mundo en un puño.

Pero a la vuelta de la esquina, a unos pocos kilómetros de Guadalajara, estaba Puente de Calderón, que se convertiría en un sitio de tragedia para la insurgencia.

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