Trump, “un genio y uno muy estable”

2018-01-09 22:09:12

El personal de limpieza y mantenimiento de la Casa Blanca tiene órdenes muy precisas de jamás tocar el cepillo de dientes del presidente Donald Trump. Éste al parecer tiene tanto miedo de ser envenenado que prefiere comer hamburguesas de McDonald’s preparadas indiscriminadamente para cualquier consumidor, que los platillos creados especialmente para él por los chefs de la residencia oficial. Tampoco quiere que le arreglen su habitación: “Si una camisa está en el suelo, es porque la quiero en el suelo”, les dejó claro desde que llegó.

El mandatario extraña su lujosa vida en Nueva York pero, pese a eso, aquí él y nadie más decide cuándo se le cambian las sábanas y él mismo hace su cama, no quiere que se le acerquen. Ha pedido que se le instalen tres televisiones en su recámara, tan privada que no la comparte ni con la Primera Dama y donde se la pasa hasta las 11:00 de la mañana y después de las 5:00 de la tarde, obsesionado con lo que los noticieros y programas políticos dicen sobre él.

Todo esto según el nuevo libro Fuego y Furia, escrito por Michael Wolff, que tiene consumido a Washington, sobre todo porque asegura que los más cercanos al presidente lo consideran trastornado y no capacitado para el alto cargo que ocupa. “No sólo es loco, sino estúpido”, dice el autor que así lo consideran sus amigos. A la vez que narra que su propio yerno, Jared Kushner, admite que el presidente está loco, pero que es “un loco genial”.

Ésta no es, sin embargo, la primera vez que el comportamiento del actual jefe de la Casa Blanca levanta sospechas sobre sus facultades mentales, sólo que, a diferencia de otras ocasiones, el mismo presidente ésta vez ha salido en defensa propia y en un hecho sin precedente el mandatario ha respondido que “no sólo soy muy listo, sino que soy un genio y por cierto un genio muy estable, un empresario exitoso, una estrella de televisión que llegó a la Presidencia en el primer intento”.

Las declaraciones de Trump, quien llamó al libro de Wolff “un trabajo de ficción, una desgracia”, han levantado más dudas sobre su salud mental. Son ya 57 legisladores demócratas los que exigen que Trump se someta a una evaluación psicológica. El presidente, por cierto, este próximo viernes tiene su revisión médica de rutina, pero no se espera que incluya un examen mental.

Las reglas éticas impiden que los psiquiatras y los psicólogos den su opinión sobre una persona que no es su paciente, aun así, un grupo de expertos emitió, luego de que fue electo, un comunicado advirtiendo sobre la mente de Trump y citando que es de miedo la manera en que culpa y hace a un lado a grupos de personas que considera amenazas, incluyendo inmigrantes y minorías religiosas y la forma en que distorsiona los hechos y su poco apego por la verdad.

Y es que parece que ya nadie puede negar que el jefe de la Oficina Oval está demasiado preocupado con fantasías de poder ilimitado; ansía ser superior a los demás, requiere admiración, saca ventaja para sus propios fines y se niega a reconocer o identificar los sentimientos y necesidades de otros.

El problema es que los males psicológicos de quienes están en el poder son tabú, se les considera un riesgo político. Si Donald Trump no está en realidad bien de la cabeza, a ciencia cierta nunca lo vamos a saber, siempre será un secreto. Poco se habla de las terribles depresiones que sufría Abraham Lincoln, de los medicamentos con que John F. Kennedy calmaba sus ataques de ansiedad, o del “Valium” con que Richard Nixon entraba en razón. Mucho menos de la preocupación que había entre los más cercanos a Ronald Reagan, que llegaron a pensar que se le debería obligar a renunciar. No sucedió, pero Reagan fue diagnosticado con demencia, el mal de Alzheimer, años después de que concluyó su presidencia.

Existe una enmienda, la número 25 de la Constitución estadunidense, ratificada en 1967, que deja claro que el mandatario en turno puede ser obligado a dejar el cargo si el vicepresidente, una mayoría de su gabinete y una mayoría del Congreso deciden que no está en facultades de llevar a cabo su función. Pero las posibilidades de que esto suceda, de que quienes lo rodean le vuelvan la espalda al presidente, son de cero, nunca ha sucedido y no va a suceder. Y los demócratas no tienen los votos para hacerlo.

 

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