Migrantes franceses: Crónica de una larga aventure mexicaine

2018-01-26 22:00:19

MIGRACIONES HACIA MÉXICO

FRANCESES EN MÉXICO. Preguntar en una calle cualquiera a la gente que pasa desde cuándo hay franceses en México, tiene dos respuestas rápidas: “Con la intervención” o “con Porfirio Díaz”. Pero la comunidad francesa en nuestro país es como una vieja vid, con ramas largas, unas robustas, otras más finas, que se extienden por todas partes. Va más allá de los episodios de la historia política y se expresa en una calle, en un negocio antiguo, en la filial de una gran compañía. Es francesa una de las cámaras empresariales más antiguas de México, y, al mismo tiempo, en una avenida populosa, un diminuto negocio, con un rótulo desteñido por los años, cuenta una historia como tantas, de alguien que vino y se quedó: “Las enchiladas del francés”.

Habla Genevieve (Minouche) Beraud-Suberville, presidenta honoraria y fundadora de Raíces Francesas en México, A.C., una organización dedicada a documentar la presencia francesa en nuestro país, que, una vez más, comienza a cuentagotas y desde los tiempos virreinales.

“Algunos vienen desde España y otros desde Gante. Están aquí desde hace mucho. Diego Durán, arquitecto que diseñó la iglesia de Santa Prisca, en Taxco, era francés; el creador de los jardines Borda, en Cuernavaca, era francés. Hay datos de algún otro que vino a estudiar el pigmento de la grana cochinilla, pero en realidad no se puede hablar de una migración francesa importante hasta que se consuma la Independencia de México: la nueva República estaba interesada en una migración europea y católica: eso le abre las puertas a los franceses”.

 “El francés no es alguien que migra fácil, pero se dio aquí”, considera Beraud-Suberville. La primera gran migración estuvo integrada por barcelonettes hacia 1821. “Hubo, un poco antes, una migración poco reconocida que vino del territorio de Luisiana, que hoy forma parte de Estados Unidos, pero fue posesión española y, antes, francesa”. A fines del siglo XVIII, hubo en la Nueva España una virreina, Felícitas de Saint-Maxent, que era una criolla francesa de Nueva Orléans. De Luisiana llegó, hacia 1805, un hombre llamado Dominique Arnaud que era comerciante y cultivaba caña de azúcar. Se asoció con algunos otros franceses que ya estaban en América, y ellos mandaron a traer gente desde Burdeos. Otro barcelonette, de apellido Couttolenc, trabaja en el negocio de las minas.

Así, llegaron los primeros barcelonettes. “Algunos de ellos tenían oficios muy artesanales, que empezaban a estar de más en una Francia que se comenzaba a industrializar. Comienzan a prosperar. Algunos reúnen fortunas y regresan. Otros les dicen a sus parientes “vengan”. Los barcelonettes vienen de un valle donde el sustento salía de la cría de borregos y la agricultura, sumados a la venta de las telas que tejían y al negocio de prestar dinero. Tienen su base de operaciones en Lyon y con esos sistemas llegan hasta Holanda. Cuando se deciden venir a México, tienen mecanismos de negocios muy probados con los que van a ferias como la de Aguascalientes. No en balde dirá el historiador mexicano de origen francés, Jean Meyer, que la gran fuerza de los barcelonettes en México es la red que tejen en buena parte del país. “Una actividad esencial es la venta de telas. Luego pondrán tiendas que, con los años, se convertirán en las primeras tiendas departamentales”, apunta Minouche Beraud.

FRANCIA EN VERACRUZ. Otra migración francesa importante vino de la región de Saboya, de Champlitte. “Son familias enteras porque un señor compra tierras cerca de Nautla, en Veracruz, y regresa a Francia y les cuenta que la tierra es espléndida, que cualquier palo plantado retoña. En Francia, la plaga de la vid hace estragos. Se deciden viajar a México, pero muchos enferman de malaria, de vómito negro. Muere la mitad de esa comunidad, pero se rehacen; se casan entre ellos y se establecen en Jicaltepec, donde se dedican al cultivo de vainilla, de naranja y de plátano. Como se inundan a cada rato, cruzan el río y se quedan en San Rafael, donde aún viven, conservando a Jicaltepec como la población primigenia.

CONSTRUYENDO LA COMUNIDAD. Muchos de aquellos primeros migrantes se quedan en el negocio de las telas que luego se volverán grandes almacenes, pero otros traen otras ideas, como Clemente Jacques, creador de una industria de conservas que opera hasta la fecha. Comienzan, poco a poco, a mexicanizarse, a tener familias, a criar a sus hijos. El primer Liceo Franco Mexicano se funda en 1851, nada menos que en la famosa casa de los Mascarones, en la calzada México-Tacuba y que hoy posee la UNAM.

Empezaron a echar raíces: crearon escuelas para los hijos, organizaciones de apoyo para la comunidad. Fundan en 1842 la Sociedad Francesa de Beneficencia y Prevención de México, a la que se sumarán las comunidades suiza y belga, y que a la fecha administra los cementerios de la comunidad. En 1897, se funda en Puebla otra sociedad de asistencia. Y así irán creciendo: surge el Hospital Francés en terrenos de la Colonia de los Doctores de la capital mexicana (a unos pocos metros del sitio donde un francés vendía enchiladas); en 1884, aparece la Cámara Franco-Mexicana de Comercio e Industria.

Muchas de esas instituciones nacieron en el centro de la ciudad y fueron cambiando de nombres o de rumbos. Por años, la parroquia francesa estuvo en el antiguo Colegio de Niñas, en el centro de la ciudad. En Plateros 6 (hoy calle de Madero) se fundó en 1870 el Círculo Francés de México que con el tiempo se convirtió en el Club France, uno de los puntos neurálgicos de la convivencia en México de la comunidad francesa. Fueron famosos los centros escolares como el Liceo Fournier (1860), el de San Luis Gonzaga (1890) o el Francés de San José en San Cosme (1903) que funciona, desde 1958, en el Pedregal de la Ciudad de México. El gran centro educativo de la comunidad, hoy por hoy, es el Liceo Franco Mexicano, que funciona desde 1937.

“El francés se nutre de sus costumbres, quiere volver a tener lo que tenía en su tierra”, explica Minouche. “Por eso, crean todas esas instancias lo más pronto que pueden”.

 EL PRESENTE. Así fueron haciéndose presentes: censos hubo en los que se habla de tres mil franceses. En otros, de seis mil. Hoy día, los datos del consulado francés indican que en México hay 18 mil 500 franceses. Pero Minouche aclara la cifra: “Sabemos que realmente hay cerca de 30 mil en todo el país, pero no todos registran su presencia en el consulado, particularmente los más jóvenes, recién llegados, que no entienden la utilidad de registrarse. Con fenómenos como los sismos de septiembre, parece que van comprendiéndolo”.

Pero esas 30 mil personas son, únicamente, ciudadanos franceses que se encuentran en México. Hablar de “francomexicanos” abre el universo poblacional: son descendientes de franceses establecidos en México. “Solamente de descendientes de barcelonettes hay, por lo menos, 30 mil personas, y se estima que pueden ser hasta 60 mil”.

Hoy existen 4 clases distintas de francomexicanos: aquellos que están aquí desde hace varias generaciones. Están los Expat, que llegan por espacio de cinco años, generalmente traídos por una empresa. “Pero hay expats que llevan aquí quince o 30 años, que ya tienen hijos o incluso nietos”, apunta Minouche. También hay expats que vienen como parte de sus empleos, se adaptan y luego regresan, al cabo de unos pocos años, a Francia. El fenómeno reciente son los jóvenes, que llegaron por intercambio estudiantil o por prácticas profesionales, “se encantan con México y ven cómo regresan, con trabajo o sin trabajo; muchos de ellos viven en la Roma, en la Condesa”.

¿Dónde viven? En casi todo el país, pero hay concentraciones francesas importantes en la Ciudad de México, en Guadalajara y Monterrey. Se está construyendo, en función de la expansión empresarial, una comunidad francesa relevante en Querétaro. En Chihuahua, funciona una asociación de descendientes de franceses. Hay comunidades en Oaxaca, en Michoacán, en Torreón.

Minouche Beraud-Suberville es la representante de los 18 mil ,o 30 mil, franceses en México, consejera consular y consejera en la Asamblea de Franceses en el extranjero. Representa a los 100 mil franceses de América Latina, y piensa que el ser francomexicano se ha vuelto una actitud profundamente individual. “Hasta hace unos 30 años, en Francia se publicaban libros donde la posición hacia la migración a México era de pensar “pobres, no pudieron regresar”, ¿De verdad no pudieron? Algunos hicieron grandes capitales y decidieron quedarse aquí. ¿Qué es el triunfo? ¿La fortuna, la felicidad? Los francomexicanos no son hijos de la decadencia. Hace años el discurso de algunas personas era decir “no soy ni de aquí, ni de allá”. Eso ha cambiado: somos de aquí y somos de allá.”

 
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