Jean Meyer: Episodio de la historia de amor México-Francia

2018-02-03 00:57:10

Francés en Francia, mexicano en México y trujimán entre los dos países. Así se define el historiador Jean Meyer, cuarenta y cinco años después de su primera visita a estas tierras. En su caso, se trató de amor a primera vista. Supo, apenas descendió del avión que lo trajo, que empezaba a construir otro eslabón de larga cadena que une desde hace siglos a ambas naciones.

“Hay una larga y misteriosa relación de amor entre Francia y México, que está muy bien representada en la persona del Nobel de Literatura, Jean-Marie Le Clezio. La intervención francesa de hace 150 años no echó a perder esa relación, como tampoco lo hizo el caso de Florence ­Cassez, hace unos pocos años”.

Meyer es la prueba de que ser franco-mexicano puede tener muchos matices. No necesitó nacer en México o pasar sus primeros años aquí. Fue la suma de ese enamoramiento inicial y el trabajo que, como investigador histórico, realizó acerca de los movimientos revolucionarios mexicanos. Producir La Cristiada, esa obra en tres volúmenes que lo hizo célebre en el gremio de los historiadores, lo llevó a conocer, a profundidad,  el país donde quería pasar el resto de su vida. “Volé a México en julio de 1962 en el primer vuelo charter de la historia, y que pertenecía a la compañía Flying Tigers, operada por veteranos de la guerra mundial y de Corea. El viaje fue toda una odisea. Sobrevivimos. Recorrí el país durante dos meses, con muy poco dinero, a veces pasando hambre, comido por chinches en hospedajes de mala muerte. Y fue amor a primera vista: los paisajes, la gente, los climas, los sitios arqueológicos, las iglesias de la Nueva España. Supe que volvería, sin saber cómo”.

—¿Cuándo llegó la oportunidad de regresar?

—Mi director de la tesis de doctorado, Jean Baptiste Duroselle, un investigador muy prestigioso, me ofrecía trabajar un tema de historia de los Estados Unidos. Pero yo opté por un tema de historia mexicana. De septiembre de 1965 a julio de 1969 estuve en el Colegio de México, enseñando e investigando. Gané amigos de toda la vida. Había decidido quedarme cuando, de repente, me aplicaron el 33 y me corrieron como extranjero pernicioso. Pude volver en 1973 gracia a la “transición democrática” que empezaba.

En mayo de 1969, Meyer escribió, a solicitud de la revista Esprit, un texto acerca de los movimientos estudiantiles de América Latina, destinado a incluirse en un número especial, con motivo del primer aniversario del Mayo francés. En aquel escrito, Jean Meyer tocó el caso mexicano, y consideró que el gobierno tenía responsabilidad en la represión del 2 de octubre en Tlatelolco. La embajada de México en París, refiere el historiador, aconsejó a la Secretaría de Gobernación que lo expulsara. Le dieron una semana para abandonar el país con sus dos hijos pequeños, uno de ellos ya nacido en México.

Cuatro años después, Meyer recibió un mensaje de Daniel Cosío Villegas, uno de los historiadores mexicanos más importantes del siglo XX: había condiciones para que regresara. Este mismo “extranjero pernicioso” tuvo ocasión, muchos años después, de escuchar, no sin ruborizarse, cómo un presidente de México —Felipe Calderón— aseguró en público que Jean Meyer, nacido en Niza de padres alsacianos, es “más mexicano que el nopal”.

EL GÜERO JUANITO O JUANITO EL FRANCÉS. Así de sencillo fue volverse completamente mexicano: “Todo fue fácil, nada fue difícil. Adoptado por los veteranos cristeros, que me consideraban como mexicano de honor, casado con una mexicana, tomé sin el menor problema la nacionalidad mexicana cuando don Jesús Reyes Heroles, entonces secretario de Gobernación, me preguntó a quemarropa: ‘¿Por qué no toma la nacionalidad?’

Los años que Meyer pasó buscando la historia de la Cristiada lo fueron haciendo mexicano. Durante años, se  supo, por boca de los veteranos cristeros, que, quien quisiera conocer los motivos de su lucha, no tenía otra cosa que hacer que preguntarle a Juanito el francés, que también era conocido como El güero Juanito”. Es más: se asegura que, en algún punto de la región donde el movimiento cristero fue poderoso, se compuso un corrido en honor a Juanito Meyer.

“Mis investigaciones me llevaron a todos los rincones del país”, recuerda el investigador. “Llegué hasta las rancherías escondidas en barrancas de la tierra caliente y los veteranos cristeros y zapatistas hicieron de mí un mexicano”.

A Jean Meyer le gusta la palabra “trujimán”, sinónimo de intermediario, de mediador. En eso se resume su vida y la de su familia, entre México y Francia. “Mi esposa, mexicana, y nuestros hijos son bilingües, binacionales, biculturales, pero México pesa más, porque aquí vivimos en permanencia desde 1987”. Historiador de temas mexicanos y franceses, Meyer ha vuelto a contar la historia de la Intervención. Trajo a México las pruebas de que la mayor parte de la Francia de hace siglo y medio no estaba de acuerdo con la invasión: un capítulo más de esta peculiar relación entre ambas naciones.

Las empresas franco-mexicanas

Ernesto Pugibet

La compañía cigarrera que fundó el francés Ernesto Pugibet fue una de las más famosas y reconocidas en el Porfiriato. En la actualidad, una calle del centro de la ciudad de México aún se llama El Buen Tono, y otra lleva el nombre del empresario.

 

 

El Buen Tono S.A.

“Se honra  en ser uno de los fuertes lazos que unen a Francia y México”, proclamaba en su publicidad la empresa de don Ernesto Pugibet.

 

 

 

Clemente Jacques

Antes de crear la primera empresa procesadora y enlatadora de alimentos en México, el francés Clemente Jacques produjo naipes. A él se debe la iconografía de la tradicional lotería mexicana.

 
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