Es hora de abrir un nuevo ciclo

2018-02-06 03:40:52

Hoy hace una semana, Catalunya (catalán para Cataluña) debía celebrar el pleno para investir a su nuevo presidente. Carles Puigdemont era el único aspirante, pero el destituido mandatario catalán sigue en Bruselas. Las semanas previas estuvieron marcadas por la hipótesis de que el independentismo catalán trataría de investirle a distancia, puesto que, si pone pie en España, Puigdemont será inmediatamente procesado.

Procesado por los mismos cargos injustificables (el código penal estipula que para ser imputables debe haber una violencia que no existió) de rebelión y sedición que sus excompañeros de gobierno Oriol Junqueras, vicepresidente, y Joaquim Forn, consejero de Interior.

El gobierno español logró que el Tribunal Constitucional prohibiera la lunática investidura a distancia, pero hizo el ridículo al intentar que prohibiera que fuera siquiera candidato a la investidura. Es decir, la investidura de Puigdemont es legal, pero sólo si se hace de manera presencial, cosa que no puede ocurrir porque al entrar sería arrestado. Un buen galimatías.

Ante el temor a que Puigdemont tratara de colarse en la cajuela de un coche, o incluso “en un ultraligero”, como dijo el pintoresco secretario español de Interior, Juan Ignacio Zoido, la policía española se esmeró en registrar vehículos en las fronteras con Andorra y Francia, e incluso, y esto les prometo que es verídico, en registrar las cloacas que rodean el Parlamento catalán.

Puigdemont no se movió de Bruselas, y desde allí vio con frustración cómo el nuevo presidente del Parlament, Roger Torrent, decidía tomar una decisión sensata y aplazar la investidura, hasta que encuentren una solución a tamaño atolladero.

Viendo cómo la unidad independentista se resquebrajaba, algo lógico e inevitable, Puigdemont se vino abajo, y como luego captarían cámaras de la televisora española Telecinco, mandó una serie de SMS al exconsejero de Salud, Toni Comín, advirtiendo de que la situación podía constituir un “ridículo histórico”, de que alguien los había “sacrificado” y reconociendo que la “estrategia” del gobierno español “triunfa”. “Soy humano y yo también dudo”, se justificó luego en Twitter.

Y de esta guisa nos plantamos en un nuevo episodio incierto del proceso independentista de Cataluña, que dura ya casi ocho años. Con la vía unilateral habiéndose demostrado infructífera y agotada, quedando patente que la presidencia de Puigdemont es imposible, y con fisuras en el bloque independentista, el ‘procés’ parece estar en vía muerta.

Pese a la arrolladora evidencia que presentan la diplomacia y relaciones internacionales de que la autoproclamada República Catalana no podía existir porque nadie la iba a reconocer (ni Andorra, único estado donde el catalán es idioma oficial en todo su territorio, lo hizo), el furor patriótico de los últimos meses hace terriblemente difícil que la clase política independentista explique a las bases secesionistas que toca replegarse y pensar una nueva estrategia, lo que agrava el atasco institucional.

Y hay prisa por resolverlo, porque mientras eso no ocurre, las riendas del gobierno catalán las sigue llevando Madrid, y esto tiene consecuencias. Por ejemplo, este fin de semana murieron tres personas cuando un camión arrolló a dos coches en la autopista N-340, en el sur de Catalunya. Allí, el govern de Puigdemont y el ejecutivo español habían acordado que, a partir del 1 de enero, ya no circularían más camiones. Pero el autoimpuesto ‘govern’ de Madrid incumplió el acuerdo.

Es hora de asumir que los últimos meses fueron una hermosa ensoñación y que ya no es posible tensar más la cuerda sin hacerse más daño todavía. De pasar página y admitir que no queda más remedio que buscar un candidato alternativo a Puigdemont.

Es hora de que todo el independentismo catalán entienda y asuma lo que algunos hemos defendido por años: que la tan necesaria secesión de España no se logrará en meses, ni en un par de años, sino que será fruto de una astucia, convicción y perseverancia políticas que requerirán hasta décadas de paciencia y trabajo.

 

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