Cuba: los aldabonazos suicidas

2018-02-06 04:46:27

Cuando me enteré del suicidio del hijo de Fidel Castro, lo primero que se me vino a la mente fue que se sumaba a una larga tradición cubana: enumeré de memoria los suicidios de Eddy Chibás, Osvaldo Dorticós, Haydeé Santamaría, Miguel Ángel Quevedo y Reinaldo Arenas. Luego recordé que la historia de la isla está también poblada por “suicidas a medias”, empezando por José Martí.

Es fácil suponer que el suicidio en Cuba está ligado a las fracturas y las facturas que pasó la Revolución sobre sus hijos, pero si uno abreva un poco en la historia convulsa de esa nación, se encontrará con suicidios de todo tipo, que vienen desde antes. Incluso de cuando era colonia española. Los políticos son los más sonados, pero en el fondo hay toda una tradición, y no hay cubano que no platique de algún suicidio que presenció, del que escuchó, que vivió. La que se echó candela, la que se lanzó de un balcón, el que se colgó de la viga del techo de su casa, el que caminó por la vía del tren y desoyó el silbato desesperado del abuelo maquinista.

A diferencia de otros países, en la idiosincrasia cubana hay cierta mística del suicida. ¡Cuántas veces escuché, de la boca admirada de mi madre, la historia del suicidio de Eddy Chibás! Eduardo Chibás era el dirigente del Partido Ortodoxo Revolucionario (que en la ortodoxia de su nombre sugería la incorruptibilidad) y, al menos según el relato, seguro vencedor de las próximas elecciones presidenciales de 1952. Tenía un programa de radio. Había acusado a un ministro de corrupción pero, como no pudo mostrar las pruebas, la prensa se le vino encima. Entonces, en su programa, Chibás dijo que iba a dar “un aldabonazo en la conciencia del pueblo cubano” y, para demostrar que él no tenía intereses personales, se pegó un tiro.

Mi madre lo platicaba como si hubiera estado atenta al programa, escuchando al líder —ponía énfasis en la palabra “aldabonazo”— y luego se hubiera sorprendido por el sonido del balazo mortal. La verdad es que en 1951, cuando el suicidio, ella ya vivía en México. De hecho, ni aunque hubiera estado en Cuba hubiera escuchado el tiro. En su clásico ensayo sobre el suicidio en Cuba, Guillermo Cabrera Infante nos recuerda que, “irónicamente, ni el aldabonazo metafórico a la conciencia cubana ni el disparo real ni su caída ante el micrófono salieron al aire”. El programa duraba 25 minutos, Chibás se pasó de rollo y se suicidó mientras pasaban los comerciales (el del Café Pilón, “sabroso hasta el último buchito”, recuerda Cabrera Infante). Si algo hay más poderoso que la tendencia suicida de los cubanos es su gusto por mover la singüeso y lanzar catilinarias.

El suicidio de Chibás fue no sólo una estupidez personal, sino también política. Propició el golpe de Estado de Fulgencio Batista: la oposición ya no tenía a su líder natural. Sin embargo, los ortodoxos lo vieron como un acto supremo de desprendimiento, un gesto romántico de una isla que se veía a sí misma como cuna de luchadores idealistas condenados al fracaso.

Esto nos lleva al “suicida a medias” por excelencia, el prócer José Martí. El escritor organizó la rebelión que culminaría con la independencia cubana, pero —a diferencia de otros jefes— no tenía experiencia militar; sin embargo, fue como corderito al cadalso en la primera escaramuza contra las fuerzas coloniales.

Esta práctica se repite una y otra vez en la historia de Cuba. La gente que sale a festejar, movida por un rumor insidioso, el falso derrocamiento del dictador Machado y es masacrada. Los asaltantes al cuartel Moncada, que van en clara inferioridad numérica y de armas. Los estudiantes que intentan tomar el Palacio Presidencial de Batista y son ultimados por la guardia pretoriana. Camilo Cienfuegos quien decide tomar el avión a pesar de las advertencias de que viene una tormenta. El Ché Guevara, cubanizado ya, que se lanza a morir a Bolivia. Los miles de balseros que no llegan a la tierra prometida tras abandonar la isla.

Cada uno es visto como mártir, como descendiente del apóstol. Son muertes absurdas, se coincide, pero muertes dignas, se considera.

Al releer el ensayo de Cabrera Infante lo que más sorprende es la cantidad. Sorprenden los muchos que lo hacen para defender el honor supuestamente mancillado. Sorprenden los que lo hacen por sentirse fracasados —Supervielle, antiguo alcalde de La Habana, por no poder cumplir su promesa de llevar agua para todos; Quevedo, el director de la influyente revista Bohemia, se culpaba de haber apoyado la revolución castrista; Santamaría, quien había perdido al hermano y al novio en el asalto al Moncada, por la depresión de que la Revolución no fue lo que era—.

Y, más allá del ensayo, sorprende la variedad de los suicidas: expresidentes, poetas, ministros, comandantes, el capitán del Granma. La lista es enorme.

A estas alturas debe quedarnos claro que se trata de una forma de (no) ser, incrustada en una ideología nacional romántica, que rinde pleitesía a la forma —que puede ser barroca— por encima de la realidad.

Tal vez allí haya radicado el secreto de la longevidad del comunismo cubano. En la pleitesía romántica a la forma, al concepto abstracto y bello de la sociedad sin clases enfrentada al poderoso imperialismo. Todo ello, a pesar de que la realidad demuestra un año sí, y el otro también, que el sistema no funciona. Que no da el bienestar prometido y que la felicidad es sólo una consigna. La belleza y la magia del suicidio de a poquito.

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