Las dos Coreas se aman ol√≠mpicamente ¬ŅLocura o genialidad de Kim?

2018-02-08 21:33:31

En 1987, el líder de Corea del Norte, Kim Jong-il, ordenó derribar un avión de Korean Airlines que se dirigía a Seúl. Murieron todos sus ocupantes: 115 pasajeros. Kim Hion-hui, la terrorista que puso la bomba y que milagrosamente no murió, pese a que bebió veneno para no ser capturada viva, confesó que el régimen comunista la sometió a un lavado de cerebro y la envió a cometer esa acción terrorista, con el objetivo de boicotear los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 y que el mundo no acudiera a un país “tan peligroso” como Corea del Sur.

Tres décadas después de esa tragedia, el hijo del fallecido Kim Jong-il y heredero de la única monarquía estalinista del mundo, Kim Jong-un, cambia radicalmente de estrategia. En vez de atacar al enemigo, como hicieron su padre y antes su abuelo, decidió unirse a él. Lejos de pretender reventar los segundos Juegos de Invierno que acogerá a partir de hoy Corea del Sur, anunció el 1 de enero que había decidido participar en los Juegos de PyeongChang. No sólo eso, pidió que los equipos de las dos Coreas compitieran juntos, bajo una misma bandera.

Después de meses viviendo aterrorizados por la amenaza nuclear de Pyongyang, Seúl, anfitrión de los juegos, respondió que sí con alivio y casi con entusiasmo.

Momento histórico. Si bien, no es la primera vez que las dos Coreas desfilan juntas —ya lo hicieron en los Juegos Olímpicos de Verano de Sídney 2000 y en Atenas 2004, así como en los de Invierno de Turín 2006—, nunca había ocurrido que los dos países, que están técnicamente en guerra desde hace más de 65 años, desfilaran en territorio coreano y bajo una misma bandera inexistente, pero con fuerte carga simbólica: sobre una tela blanca, la península coreana como escudo, limpia de símbolos y de esa infame frontera, la más militarizada, la que divide a los dos países más parecidos y al mismo tiempo más desiguales del mundo.

Sin embargo, no todos se acaban de creer este repentino ataque de espíritu olímpico que padece Kim Jong-un.

Síndrome de Estocolmo. El primero que parece sacado de onda tras la inesperada jugada de Kim ha sido su némesis, el estadunidense Donald Trump. Alarmado por el síndrome de Estocolmo que podría afectar a los surcoreanos ante la presencia, ya confirmada, de la hermana menor de Kim en la ceremonia de inauguración de los Juegos, el mandatario estadunidense respondió con el envío del vicepresidente Mike Pence.

Sin embargo, en esta batalla de la propaganda Trump no tiene todas las de ganar. La antipatía que genera el estadunidense en todo el mundo es tan grande, que la presencia del poco carismático y envejecido Pence puede quedar totalmente eclipsada por la presencia, en el mismo estadio, de la bella y joven Kim Yo-Jong.

Otra que esta vez no se deja engañar es la terrorista arrepentida norcoreana que derribó el avión surcoreano. Kim Hion-hui lleva días alertando de que todo es una trampa de Kim Jong-un para ganar simpatías internacionales que suavicen las durísimas sanciones contra su régimen, pero, sobre todo, para ganar tiempo y culminar su programa de misiles de largo alcance, que le permita desplegar cuanto antes misiles con ojivas nucleares apuntando a Estados Unidos.

Conociendo la trayectoria despiadada de Kim Jong-un, es muy probable que este sea el siniestro plan que tiene en mente. Sin embargo, conociendo también el manifiesto trastorno narcisista y megalómano que padece Trump, que nadie se extrañe que en un ataque de celos obligue a sus aliados de Seúl a que escojan entre negociar con el enemigo o seguir, como hasta ahora, ahogándolo económicamente y provocándolo con gigantescas maniobras militares conjuntas. No olvidemos que, si Kim parece encantado en su papel de malo malísimo de una película de James Bond, Trump parece su discípulo atolondrado, que le reta —como ha hecho— a demostrar quién tiene el maletín nuclear más grande y que envidia del norcoreano hasta los aplausos de sus aterrorizados súbditos (de otra manera no se explica que llamase nada menos que traidores a los demócratas, porque no le aplaudieron su discurso sobre el Estado de la Unión).

La esperanza Moon. Dado que es prematuro saber si la jugada de Kim es parte de su locura o una genialidad diplomática, y dada la incapacidad de Trump de actuar como un estadista mundial a la altura de las circunstancias, la clave para que este inesperado regalo olímpico no acabe cuando se apague la llama olímpica, pasa por el papel que juegue el nuevo presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, mucho más parecido en sensatez y diplomacia a Barack Obama que al republicano. En sus manos tiene la jugada más difícil, pero la más apasionante de estos Juegos Olímpicos: amarrar un encuentro cara a cara con Kim Jong-un, como ha solicitado varias veces. Para ello tendrá que aprovechar la presencia de su hermana y convencer al mismo tiempo a Trump de que hay que hacer un gesto de distensión, como sería anular las maniobras militares Corea del Sur-EU previstas para abril y muy criticadas por Pyongyang, Pekín y Moscú.

Si logra reunirse con Kim y reactivar el sueño de la reunificación, Moon no ganará por ello una medalla olímpica, pero se habrá asegurado la medalla del Nobel de la Paz y un lugar de honor en la Historia.

 

La península coreana de noche, una imagen que habla por sí misma

Corea del Norte debe su razón de existir a su capacidad para perfeccionar y reproducir su industria nuclear. Al igual que los faraones necesitaron todo un pueblo esclavizado y una legión de guardianes que los obligara a levantar sus pirámides, Kim Jong-un necesita mimar a su hipertrofiado ejército y aterrorizar a su pueblo para desplegar con éxito misiles con ojivas atómicas, muchas de ellas apuntando ya a Seúl, esa gigantesca mancha de luz y 20 millones de habitantes, que convierte la noche de la cercana Pyongyang en una miserable vela en medio de una siniestra oscuridad. La imagen satelital no necesita ni Photoshop para delinear la frontera de las dos Coreas. Las luces que iluminan el muro más militarizado del mundo, a lo largo del paralelo 38, son el recordatorio siniestro de que ambas naciones hermanas sigue en guerra y se consideran enemigas, 65 años después de la firma del armisticio.

 

 

 

 

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