Tintorerķa suplanta trajes de marca por corrientes

2018-02-08 22:49:18

De manera paulatina e inadvertida durante mucho tiempo, la colección de trajes selectos de Jorge Mario Magallón Ibarra, único profesor emérito de la Facultad de Derecho aún con vida, quedó reducida a un conjunto de sacos y pantalones dispares, discordantes en tono, tamaño, corte, calidad y marca.

Su esposa, doña Guillermina Gómez y Meléndez, terminó por documentar la operación de una red de tintorerías dedicada a sustituir prendas finas por otras ordinarias o de imitación; “piratas”, diría ella ante la Procuraduría Federal del Consumidor, instancia que mantiene abierto un expediente sobre el caso.

—¿Cuál es su pretensión? —le preguntó la representante de Profeco durante una audiencia.

—Advertir a la gente lo que está pasando, denunciar con tristeza hasta dónde llega la corrupción en el país. Aquí no importa quién es mi esposo ni sus contactos, sólo señalar cómo un asunto aparentemente trivial puede ser aprovechado por otros para hacer negocios. Ojalá nos motivara a luchar todos juntos contra las trampas, para que no se repitan —respondió ella con una lucidez asombrosa a sus 91 años de edad.

La historia pues, va más allá del renombre de don Jorge Mario —de 92 años—, catedrático del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, considerado una eminencia en derecho civil, con más de 60 años como profesor universitario e hijo del constitucionalista de 1917, Andrés Magallón.

“Seguro la mayoría de las víctimas son personas mayores, como nosotros, porque los tramposos piensan que no nos damos cuenta, que ya no vemos y nos pueden burlar”, refiere doña Guillermina a este diario.

Tenía, cuenta, más de 20 años como cliente de las tintorerías 5ásec, pertenecientes a la empresa Moutarde S.A de C.V., con franquicias en zonas acomodadas de la República:

“Llevaba cuatro o cinco trajes cada vez, siempre de manera personal… Desde hace algún tiempo comencé a darme cuenta que había prendas que no correspondían a los trajes o que había faltantes que nunca encontrábamos. Empezamos en casa a darle seguimiento al asunto y a descubrir poco a poco nuevos casos de trajes alterados. Todo apuntaba a la tintorería”.

—¿Y qué hizo? —se le pregunta en su residencia del Club de Golf México.

—Me faltaba recoger un paquete de trajes, iba dispuesta a revisarlos con lupa y hasta le pedí a Alberta, la señora que nos ayuda, que me acompañara. Cuando la chica del establecimiento me los entregó, los descolgamos para verlos a detalle. Comprobamos que dos de los pantalones no correspondían a los trajes: estaban viejos y feos, eran de una talla distinta y de una marca desconocida, además de que los bolsos y forros estaban todos roídos. Uní las piezas del rompecabezas… ¿Cuántas prendas habrán cambiado en todos estos años? Sabrá Dios…

“Se equivocó señorita, esos pantalones no son nuestros”, reviró aquel día.

—Claro que son los suyos —atajó la empleada.

—Nada corresponde; se parecen un poco del color, pero no en calidad ni marca…

—Así estaban…

—No los puedo aceptar. Aquí se los dejo, y por favor busqué los míos…

Doña Guillermina pidió el teléfono de las oficinas centrales. Al llegar a casa llamó y expuso la situación ante uno de los administrativos de la cadena, la cual cuenta con al menos 90 sucursales en todo el país.

Habría una investigación, le prometieron. También le solicitaron regresar en unos días a la sucursal, para verificar la posible aparición de las prendas originales. Así lo hizo, pero la farsa se mantuvo. Volvió a llamar a las oficinas…

—No podemos hacer nada —le dijeron.

—No me quedaré con los brazos cruzados —anunció ella.

—Proceda —contestaron con hostilidad y colgaron.

El repertorio de don Jorge Mario se conformaba de trajes de marcas internacionales y nacionales reconocidas. Algunos fueron adquiridos en Europa, como en la sastrería Rivas, de Barcelona; otros comprados en Dallas y Houston, ciudades donde viven dos de sus hijas.

“Son carísimos, difícilmente podremos volver a comprarlos, no tienen precio o ya no hay esos modelos, hablé a una de las tiendas para ver cuánto costaba un solo saco, y dijeron que 60 mil”, describe doña Guillermina, quien tras descubrir la suplantación comenzó a examinar uno a uno todos los trajes del armario.

Descubrió etiquetas sobrepuestas, adheridas de forma burda; aludían a marcas originales, pero su costura y tipografía delataban la estafa.

Inmerso en sus recuerdos con expresidentes como Miguel de la Madrid, Luis Echeverría y José López Portillo, y en los ideales de la Constitución, don Jorge Mario se limita a decir:

“Llegué a tener 70 trajes, siempre me han gustado los finos. Tuve un cortador, papá de un amigo, que trabajaba en Bolívar y 16 de Septiembre”.

—Y ahora, en estos avatares…

—La justicia es parte de una materia que estudiamos en el cuarto año de carrera y parte del quinto. Y aquí estamos, dando la batalla por algo que creemos justo.

La Profeco encontró elementos para abrir el expediente 3/003618-2017 y programar audiencias. El abogado receptor fue José Luis Márquez Galicia, quien en aquel primer contacto preguntó a doña Guillermina:

—¿Cuál es el motivo de la queja?

—Vea con detenimiento el traje que trae mi esposo —lo invitó ella—. ¿El saco corresponde al pantalón?

Después de varios segundos, el funcionario respondió: “Se ven distintos… El saco parece de seda, y el pantalón está muy brilloso y discúlpeme, viejo”.

—Pues este es el problema que tenemos: nos has estado cambiando los trajes finos por unos corrientes. Y vengo aquí para que haya un precedente, para decir: ¡aguas!

Crónica tuvo acceso a una de las audiencias, y rescata aquí un fragmento de la confrontación entre doña Guillermina y Erika Rosario Raynal Caraveo, defensora de la red de tintorerías.

—No me interesan las prendas, lo que quiero es sacar el caso a la luz, alertar a otros clientes. Es una red peligrosísima que cambia prendas nuevas y de marca por prendas viejas y corrientes, así quiero que quede estipulado. Tal vez no sea la única afectada —señaló la quejosa.

—Lo que dice no lo puede comprobar— refutó la abogada de la empresa.

—Tengo los trajes alterados.

—Eso no prueba nada.

—¿Usted estuvo cuando me cambiaron las prendas?

—No, mi representada no incurre en esas prácticas.

—¿Y los trajes desiguales?

—Ustedes se pudieron equivocar…

—Mi esposo tiene 92 años y yo 91, ¿acaso se quieren aprovechar?, ¿piensan que ya no vemos?, ¿es su modus operandi?

—Es su opinión contra la nuestra.

—Tienen 90 tintorerías en todo el país, toda una red. La corrupción comienza desde estos pequeños eslabones. ¿Dónde están parando las prendas cambiadas?, ¿a quiénes se las venden?, ¿hay acaso un mercado negro de trajes?

—No sabemos de qué habla…

Alberta, quien trabaja para la familia Magallón, se pronunció como testigo: “Hemos estado acumulando ropa diferente, que no es del señor; otra ha desaparecido, es evidente que ha habido chanchullo, qué casualidad que los trajes más caros ya no están”.

El caso ya está sobre la mesa de la Cámara Nacional de la Industria de Lavanderías (Canalava); ha comprometido emitir en breve una postura oficial.

A la espera de transitar por nuevos caminos legales, don Jorge Mario y doña Guillermina solicitaron a la Profeco no dar carpetazo al asunto ni borrar el registro de su queja.

Al respecto, fue cuestionado Julio César Zúñiga Montiel, jefe del Departamento de Servicios de la delegación sur: “El número de expediente es como un cajero automático, como un movimiento bancario, queda archivado de por vida y no lo puede borrar ni el Presidente de la República”…

 
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