Mitos sobre las campaņas

2018-02-09 00:06:59

La experiencia electoral de 2006 ofrece un conjunto de lecciones para la democracia mexicana. Su actualidad es como un botón de alarma listo para ilustrar los riesgos de la pérdida de credibilidad de las instituciones políticas. Protagonistas de aquella época continúan denunciando un supuesto fraude. Múltiples voces se alzan contra las campañas de ataque o contraste. Por extraño que suene, algunos candidatos exigen que nadie los toque ni con el pétalo de una rosa. Cualquier ejercicio del debate público se convierte en sinónimo de guerra sucia. Desprecian la crítica porque se alimentan de la aclamación incondicional. Nada más dañino para una democracia plural que la incapacidad para aceptar la libertad de cuestionar y disentir. Nada más peligroso que la intransigencia, que impide reconocer la derrota.

A partir de Simpatía por el rating de Raúl Trejo, un extraordinario análisis de las campañas de 2006, propongo tres reflexiones sobre tres mitos de la comunicación política:

 

Mito de seducción del spot

Mito de las campañas negativas

Mito de los argumentos racionales

El mito del spot

Gracias al estudio exhaustivo de Trejo, podemos concluir que hoy no está claro cuál es el impacto directo de un spot en la decisión del voto, ni cómo el mensaje influye en los electores. Para decirlo en números: en 2006 el candidato que menos dinero invirtió en televisión fue el ganador; mientras el partido que más gastó acabó en el tercer lugar. “Más pesos no rinden más votos”. El espectador no es un agente pasivo, que reproduce en su comportamiento el mensaje que recibe. El votante discrimina su decisión. Los factores que lo influyen no se limitan a la escucha de los anuncios televisivos. Un ejemplo claro: el voto diferenciado entre el ejecutivo y el legislativo. Las personas distinguen entre su voto para presidente y el voto para diputados y senadores. Decisión que es origen de un congreso dividido.

El mito de las campañas negativas

En 2006, la polémica central se concentró en los daños colaterales de las campañas negativas. La impugnación del proceso electoral promovió castigar cualquier tentación de incidir en el resultado a partir de ataques.

La investigación de Raúl Trejo recoge información que desmiente algunos de los supuestos que en aquel momento parecían verdades incontrovertibles. “A pesar de la impresión general de que la campaña de Calderón era más negativa, los spots de López Obrador fueron ligeramente más tendientes a ser negativos que los de Calderón (44%, en comparación con 37%) y los dos candidatos se apoyaron en el miedo, en porcentajes casi idénticos (33% comparado con 35%).” En medio del estruendo de las campañas, ambos partidos hicieron acopio de creatividad y se lanzaron con todo a descalificar a su principal competidor. Los dos principales contendientes dirigieron sus spots en una auténtica cruzada para denostar a su enemigo. Al saldo de esa confrontación lo llamaron: la campaña del miedo.

El mito de los argumentos racionales

Uno de los asesores más cercanos a Obama, George Lakoff ha elaborado una nueva teoría sobre la comunicación. Basado en la ciencia cognitiva, crítica la hipótesis de los votantes racionales. Es falso que los electores voten basándose en sus intereses materiales; son conscientes de los motivos de su voto, le pueden decir a un encuestador cuáles son sus principales preocupaciones y votarán al candidato que mejor pueda resolver tales temores. Los electores no deciden racionalmente.

Las campañas electorales tratan de cómo los electores deciden su preferencia por un candidato en lugar de otro. A diferencia de quienes defienden una democracia basada en los debates argumentativos, en su libro sobre

Comunicación y Poder, Manuel Castells muestra cómo los estudios de la ciencia política son claros al respecto: “la gente vota al candidato que le provoca los sentimientos adecuados, no al que presenta los mejores argumentos”. 



@ccastanedaf4

 

 

 

 
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