Impunidad, criptomoneda electoral

2018-03-03 04:40:16

Antes aun de iniciar formalmente las campañas electorales, ya se esboza, nítido para quien quiera verlo, el factor determinante de la elección presidencial: la impunidad.

No nos confundamos, sin embargo. Definirá los comicios la impunidad no como la calamidad que ha llevado la población al hartazgo, y, por lo mismo, a la exigencia de extirparla de raíz.

Inclinará la balanza tal fenómeno convertido en moneda virtual para la compra del capital político-electoral de los más rezagados por los más aventajados en la liza.

Puesto de otro modo, ganará quien consiga dar mayores garantías de impunidad a los coleros, y, por consecuencia, recibir endosada la base de sustentación de éstos.

Es tan densa la corrupción, directa o indirecta, real o supuesta, que envuelve a los aspirantes, que llegado el momento será inevitable poner a subasta la hipotética cantera de votos, como último recurso para salvar el pellejo.

El 11 de junio de 2016, tras el histórico descalabro del PRI de una semana antes, en 7 de 12 elecciones de gobernador, en este espacio se dijo —“Pacto de Impunidad”— que era inexacto sostener que se había votado contra la corrupción, pues más bien había sido contra el reverso de la misma medalla, la impunidad.

Y ganaron —se dijo también— quienes ofrecieron encarcelar a los corruptos. Dos años después, la realidad es desconsoladora.

A los corruptos que entonces paseaban su condición de intocables y por ello fueron echados del poder a trapazo limpio, se han sumado quienes, mentirosamente, prometieron la aplicación de castigos ejemplares.

Era claro que así sucedería. Pudo preverlo aún el más desprevenido de los observadores.

Con relación a aquellos comicios aquí, además, se escribió:

“A sabiendas o sin saberlo, al cruzar las boletas los electores únicamente optaron por cambiar a unos corruptos por otros de la misma calaña”.

Tres meses antes de aquellas votaciones y a juzgar por los derroteros que por aquellos días tomaban las campañas, el 19 de marzo aquí se publicó —“Corrupción, ariete electoral”— que la corrupción de los políticos y funcionarios se perfilaba como el arma más letal para la contienda por la Presidencia en 2018.

Y que resultaba factible anticipar que el desenlace sería una especie de detente, una suspensión de hostilidades producto del equilibrio de fuerzas entre acusadores y acusados. En esas andamos.

Al final del partido veremos si Ricardo Anaya capitulará ante José Antonio Meade o Andrés Manuel López Obrador, dependiendo de los salvoconductos que reciba para hacerse inalcanzable por la justicia.

Y si, en su caso, ruborizado y todo, Meade se echará en brazos de López Obrador o de Anaya como amparo para sacarle el cuerpo a la acción de la ley en contra, quizá, no de actos directos de corrupción pero sí de sus omisiones, indolencia, prevaricación o pusilanimidad ante ilegalidades de su incumbencia.

¿Cuáles ilegalidades? Las que ya se ventilan con profusión, ocurridas en la Sedesol y otras dependencias donde, en dos décadas, Meade al parecer sólo tuvo ojos para percatarse de la corrupción en las escalas más bajas de mando, no en las alturas del poder.

Es el caso de los 468 dizque funcionarios y dizque sancionados por transas en el programa Adultos Mayores, mientras consentidos del régimen realizaban negociazos con mansiones de ensueño, de todos colores, en Las Lomas, Malinalco o Lerma. Por sólo citar tres botones de muestra.

De no obrar un milagro que rescate al PRI del tercer lugar en que se halla, su candidato tendrá que modificar la justificación según la cual “nunca nos van a ver batallando para explicar temas inmobiliarios” y, adicionalmente, acogerse a una oferta de seguro de AMLO o Anaya.

En similar situación a la Meade se encuentra el aspirante que presume de honestidad valiente y a quien nadie con honradez intelectual puede atribuirle deshonestidad personal; pero sí que, de modo inadmisible, protege bajo su alero a personajes con peor fama que Caín.

Y, si en definitiva, se perfilara para la victoria el 1 de julio Meade o Anaya, ¿de verdad veremos en la misma crujía al tabasqueño y al dirigente de mineros, Napoleón Gómez Urrutia, o al empresario Alfonso Romo? ¡Tonterías! El potencial ganador le garantizaría impunidad al líder de Morena a cambio de que éste rinda la plaza sin resistencia.

Está en el horizonte, no obstante, la certeza de que el menos atractivo de los candidatos para una transacción de este género sería El Peje. No por vocación justiciera, sino porque sus compromisos de exoneración serán billetes sin valor.

A López Obrador más que a ninguno su electorado le exigiría honrar sus dichos perifoneados por lustros, en el sentido de sancionar sin contemplaciones la inmoralidad.

Por lo pronto, en las diferentes formaciones ya se hacen conjeturas acerca de hacia dónde enfilarían los adeptos de cada abanderado, en la hipótesis de naufragio.

Esto explica la feroz acometida contra Anaya, en la cual participan el gobierno, el PRI y sus aliados formales, los dizque rebeldes del PAN devenidos, para todo efecto práctico, neo-priistas, y desde luego el puntero de la competencia.

Desfondar a Anaya es para el partidazo otrora casi único propósito en el cual le va la vida; busca evitar una final entre el Joven Maravilla y López Obrador. Porque semejante pulso significaría la virtual instauración en el país de un bipartidismo Morena-PAN, con el PRI reducido a un remoto recuerdo.

Perspectiva de espanto en Insurgentes 59 cuya concreción equivaldría a darle cristiana sepultura al añejo proyecto de bipartidismo PRI-PAN, que en plata blanca —¡tan parecidos ya son ambos institutos!— no significaría otra cosa que la perpetuación del sistema de partido único.

El queretano está contra las cuerdas. Tanto que Margarita Zavala cree llegado el momento de ensayar un nuevo lance para posicionarse en el panismo y hacer declinar al Bronco Jaime Rodríguez y Armando Ríos Piter. Ya trabaja en este proyecto un  puñado de incondicionales y compadres desde los medios.

Está por verse si, destripado Anaya y sin esperanzas de emular a Lázaro, sus seguidores nutrirían el tricolor o enrumbaría hacia otras formaciones, incluido el movimiento obradorista. Suerte circense, esta última, que en modo alguno se antoja descabellada, si se repara en los malabaristas Germán Martínez Cázares y Gabriela Cuevas.

Lo veremos. A medida que se acerque el Día cero  los candidatos —políticos al fin— trabarán alianzas de hecho con la impunidad como divisa.

aureramos@cronica.com.mx

 

 
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