┬┐La amenaza del optimismo?

2018-04-06 03:31:03

Cuando comienzan las campañas electorales suele escucharse el ritmo de los tambores de la batalla. Pero también en el campo del debate se despiertan las expectativas del cambio y el olor de la esperanza. El optimismo crece como una flor venenosa en el jardín de la democracia. ¿Cuál es el riesgo de este sentimiento político?

Con la entrada del optimista se pierde la mirada crítica. Lo primero que pone en la mesa es un diagnóstico terrible de la situación actual que muestra un estado catastrófico y considera que urge una intervención radical para remover desde sus cimientos toda la arquitectura de las instituciones. Borrón y cuenta nueva. Desaparecer lo que existe para fundar un nuevo edén. Un cierto toque religioso se filtra en su convicción de comenzar desde el principio con ánimo de redimir o regenerar la vida pública desde los huesos. El optimista se viste con el traje de la superioridad moral y desde ese púlpito condena a los traidores, cualquiera que no se sume a su entusiasmo con fe ciega.

El anhelo que persigue el sentimiento de los optimistas radica en convocar a los grandes cambios. Tienen una extraña ambición histórica. Se identifican con personajes del pasado y su discurso alienta las pasiones revolucionarias. Su arma más eficaz para atraer seguidores leales es polarizar los debates. Blanco y negro. No hay matices. Enemigos radicales del pluralismo, no aceptan escuchar otra voz que no sea la suya. Nunca dialogan, su estilo es el monólogo circular. Están convencidos de tener toda la razón y describen a su movimiento como “el lado correcto de la historia”. Aquel que disiente de sus ideas, está del lado “equivocado”.

Pero la historia no tiene libreto, no se dirige a un lugar. No está encaminada a alcanzar el progreso ni a desembocar en la catástrofe. ¿Por qué? Porque las decisiones importan. Porque hay responsabilidad en las elecciones que tomas y sus consecuencias. En una palabra: hay libertad de elegir. El futuro no está escrito, ni siquiera en las encuestas.

Los optimistas han tomado una decisión que tiene forma de amenaza. Decidieron sacrificar su presente por un futuro ideal. Sin embargo, como Alexander Herzen escribió: “si en lugar de querer salvar al mundo, los hombres sólo quisieran salvarse a sí mismos, en vez de liberar a la humanidad, liberarse a sí mismos, mucho harían por la salvación del mundo y la liberación del hombre”. Los fanáticos y los optimistas tienen una característica común: “el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Aprender a vivir en democracia es aprender a reconocer que el cambio está en cada uno de nosotros y no en los políticos, que todos contamos y que cada aportación para alcanzarlo es importante; ninguna es pequeña, por sencilla o simple que parezca a primera vista.

Los pequeños cambios sí importan. La política democrática no da saltos. No tiene un acelerador voluntarista. Tampoco hace falta de un líder mesiánico para lograr sus metas. A diferencia de todos los demás regímenes políticos, la democracia convoca a todos los ciudadanos: necesita escuchar la diversidad de opiniones, dialogar con los involucrados y construir puentes y acuerdos posibles para hacer cambios. Una tarea compleja, difícil, lenta y que no puede sustituirse si queremos que se respete la libertad de cada uno.

Como José Woldenberg escribió en sus Cartas a una joven desencantada con la democracia:

“Es por ello que cada reforma, cada programa, cada creación institucional, cada iniciativa, —así sea parcial y limitada— que me parece que marcha en el sentido correcto (y por supuesto lo que para uno es deseable puede no serlo para otro), suelo saludarla y acompañarla con gusto y algunas dosis de esperanza. Porque algo me dice que el asunto bien podría orientarse en la dirección contraria. Los optimistas, al revés, suelen ver los pequeños cambios como algo deleznable, menor, insustancial, ¡Porque claro!, todo les resulta poco, ante su visión radiante del futuro, que sólo existe en su imaginación.

 

 
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