El llamado de la tribu

2018-08-02 22:29:12

Al menos en la teoría, la democracia aspira a un mayor entendimiento en términos argumentativos, pero la realidad política actual muestra un escenario adverso al debate racional y propicio a la demagogia y la intransigencia. La idea del progreso civilizatorio se enfrenta con un muro. El llamado de la tribu convoca a aislarse tras las paredes de un dogma. Nada más peligroso que contacto con los otros, aquellos que abren la puerta a un reino desconocido. El odio a los migrantes oculta el temor a lo desconocido y a la diferencia. La rebelión de la tribu apenas comienza.

En los Estados Unidos, ejemplo de las sociedades democráticas, el retroceso se encuentra en los límites del racismo y de la violencia social. Para entender la magnitud de esta regresión en la vida pública democrática, basta escuchar los videos de los candidatos de la extrema derecha que hoy compiten para el Congreso norteamericano. Por ejemplo, Brian Kempy, defensor del uso de las armas y “cazador orgulloso” de personas “indocumentadas”. En un país con una cultura y un sistema de instrucciones democráticas activas y eficientes hay síntomas graves de deterioro que son alarmantes.

El caso de América Latina es distinto. Quizá la mejor forma de explicarlo sea apelar al título de un libro que estudió esta aparente contradicción, Ciudadanos Imaginarios de Fernando Escalante. Durante un largo periodo se pensó que la democracia no podía arraigar en territorio latinoamericano por la ausencia de una cultura cívica. La premisa era: países sin ciudadanos o que carecen de cultura democrática, están condenados a vivir con regímenes autoritarios. Este dilema estaba presente en los debates intelectuales, ¿es primero la educación cívica o es posible contar con instituciones democráticas sin demócratas de a pie? La polémica sigue abierta.

Una de las preguntas básicas de toda democracia consiste en desentrañar el papel de los ciudadanos y de la sociedad civil. ¿Podría existir una democracia sin ciudadanos? ¿Para llegar a la democracia, primero debe haber una cultura cívica? ¿Cuándo la cultura cívica ­desaparece, la democracia se colapsa? ¿Cuáles son las relaciones entre estas dos instancias tan intangibles, la cultura cívica y las prácticas democráticas? 

Recientemente, Mario Vargas Llosa publicó un libro de ensayos políticos La llamada de la tribu. En esta obra hace un homenaje a una serie de autores que le abrieron la puerta al pensamiento liberal. Uno de ellos es central para el desafío que enfrentamos en la actualidad: Karl Popper. Por extraño que parezca no era un científico social ni un politólogo; sin embargo, se convirtió en uno de los filósofos políticos más relevantes del siglo XX. Su aportación es tan clara como su pensamiento: el concepto de sociedad abierta.

Para introducir este nuevo concepto, Popper denunció el espíritu de la tribu, origen de todos los nacionalismos y los fanatismos religiosos.

Como un judío austriaco exiliado, que sufrió el ascenso del nazismo y vio desaparecer la Viena multicultural y multirracial, cosmopolita, ante los brotes de irracionalismo nazi, un ejemplo de cierre de la mente, inició una reflexión sobre el llamado de la tribu: “el fondo secreto de todos los civilizados, quienes nunca hemos superado del todo la añoranza de aquel mundo tradicional —la tribu— cuando el hombre era inseparable de la colectividad, subordinado al brujo o al cacique todopoderosos, que tomaban por él todas las decisiones, en la que se sentía seguro, liberado de responsabilidades, sometido, igual que el animal en la manada, el hato, o el ser humano en la pandilla o la hinchada, adormecido entre quienes hablaban la misma lengua, adoraban los mismos dioses y practicaban las mismas costumbres, y odiando al otro, al ser diferente, a quien podía responsabilizar de todas las calamidades que sobrevenían a la tribu”.

 



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