Verde esperanza en Argentina

2018-08-09 23:26:24

No pudo ser. El aborto seguirá siendo ilegal en Argentina por culpa de 38 senadores (14 mujeres y 24 hombres), que se impusieron a los 31 que apoyaron el clamor de millones de mujeres que exigen que el país abandone ya ese tercermundismo conservador y se sume a los países progresistas que aceptaron que el debate no es entre aborto sí o aborto no, sino entre aborto legal o aborto clandestino.

Si hay una verdad absoluta en esta tragedia —sí: abortar es una tragedia— es que la interrupción del embarazo (como la prostitución) se practica desde siempre, por muchas condenas religiosas, sociales o legales que se hayan impuesto a lo largo de la historia. Mientras exista una mujer con un embarazo no deseado o de alto riesgo, existirá la voluntad de interrumpirlo. La diferencia entre que sea legal o ilegal es que, en el segundo caso, el peligro de muerte de la mujer es alto porque se realiza la mayoría de las veces en condiciones de insalubridad.

Además, ya va siendo hora de dejar a un lado la hipocresía. Si antes nadie hablaba del aborto era porque los ricos y los poderosos pagaban el silencio de los doctores en lujosas clínicas clandestinas; o enviaban a sus hijas, novias o amantes a los países donde sí es legal (con el aliciente añadido de aprovechar para ir de compras en Londres o, si tenían buenos conectes, de recibir la bendición del Papa en Roma). Si ahora se habla cada vez con más fuerza del derecho al aborto es porque las mujeres de clase media y baja se han levantado para decir que están hartas de ser las que siempre ponen las muertas.

En el caso argentino, la derrota del “sí” al aborto legal es más dolorosa, si cabe, porque la Cámara de los Diputados ya la había aprobado y por la injerencia de Jorge Bergoglio, que abusó de su condición de Papa argentino para condicionar el voto de unos senadores manipulables y acobardados aún por el temor a la ira del Dios.

Es lamentable también que el triunfo del “no” fue por el voto mayoritario de los senadores de las provincias argentinas más pobres, a pesar de que son las mujeres pobres las que mueren, por abortos realizados en condiciones lamentables. No se han enterado estos legisladores de que existe una cosa llamada separación Iglesia-Estado, que es la que ha permitido que países de tradición católica, como la vecina Uruguay, España o incluso Irlanda, hayan aprobado leyes pensadas para defender a la mujer, sin tener en cuenta la presión del clero para perpetuar tradiciones machistas y leyes patriarcales.

De esta manera, en Argentina (como en todos los países de la región que criminalizan el aborto) muchas adolescentes marginales, sin una educación sexual adecuada y expuestas a la violencia de su entorno, seguirán desangrándose en cuarto sucios.

Antes lo dije y lo repito: abortar es un trauma y una tragedia, pero más trágico aún es que esos mismos sectores conservadores que niegan el derecho al aborto sean los mismos que niegan el derecho a una educación sexual básica por considerarla inmoral y blasfema, pese a que ayudaría enormemente a reducir los embarazos en adolescentes.

Pero también lo anticipé en el título de esta columna. Verde fue el color de esa rebelión de mujeres que hemos visto en Argentina luchar por sus derechos (como vimos mujeres marchar en Washington contra el misógino Trump; o en Madrid por la igualdad salarial, o en Nueva Delhi contra la impunidad de los violadores). Verde es también el color de la esperanza y de quienes no tiran la toalla. Si ahora no pudo ser, el año que viene podría ser. Esta batalla se perdió, pero la guerra no está perdida. Pronto tendremos noticias del regreso de la marea verde feminista… y vendrán con mucha más fuerza.

 

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