Reflexiones para el nuevo sexenio

2018-08-16 23:43:40

Durante toda la campaña electoral, que inició mucho antes de las fechas establecidas por la ley y terminó antes del día de la votación con un ganador imbatible, el tema principal fue el combate a la corrupción, alrededor de cómo enfrentar ese reto todos los candidatos hicieron su coro. Como nunca antes, quizá desde la época de Miguel de la Madrid y su campaña de la renovación moral de la sociedad, el escándalo de los actos de corrupción de gobernadores y funcionarios públicos llegó a tales dimensiones que provocó un repudio social generalizado en distintas franjas sociales. Sin embargo, la oferta electoral más ambiciosa para resolver este asunto es muy cuestionable: confiar en la honestidad de una persona. Ningún otro mecanismo claro que establezca reglas claras o procedimientos para evitar, prevenir o perseguir los abusos. ¿Será que basta con el ejemplo de un “héroe”?

Pero justo en este punto propongo una primera reflexión: la gente está ofendida con los excesos de los políticos, con lo que han llamado “el robo a las arcas de la nación”. ¿En verdad, su enojo corresponde con el comportamiento de los funcionarios públicos?, ¿esperan honestidad en aquellas personas que serán responsables de dirigir los destinos del país? O, más bien, el reclamo es por las consecuencias de ese despilfarro de los recursos públicos. Para las personas de a pie los problemas son concretos y están muy claros. Así también lo muestran las encuestas. La gente está enojada por lo que cree son las consecuencias de los actos de corrupción: bajos salarios, desempleo, inseguridad, malos servicios en hospitales, un largo etcétera. Las cifras en los estudios de opinión no me dejaran mentir: seguridad, salarios y empleo son lo más importante.

Para enfrentar el fenómeno de la corrupción hace falta una intervención institucional, más que una promesa personal. La experiencia en otras naciones enseña que el factor decisivo para el éxito en el combate a las actividades ilícitas y los abusos de los servidores públicos es la construcción de un sistema judicial eficiente. Más que una cartilla moral, en el caso de México, el mayor pendiente es renovar la procuración de justicia. Sin autonomía y sin independencia, sin una auténtica transformación de los ministerios públicos no hay ninguna posibilidad de hacer realidad el proyecto de un gobierno limpio.

Nadie duda que la desigualdad es el mayor desafío para cualquier administración sexenal, también es verdad que seis años es muy poco tiempo cuando se busca afrontar este lastre histórico. En este punto, propongo una segunda reflexión: Hasta hace muy pocas décadas, la imagen de la desigualdad era casi sinónimo de pobreza o de carencia de bienes materiales y servicios sociales. Para decirlo de una manera sencilla: una casa donde vivir, una escuela donde estudiar, un hospital donde curarse, un empleo con un salario justo. Entiendo que simplifico un problema. Pero no pretendo discutir el significado de la palabra desigualdad o sus alcances en la vida social. Mi observación es otra. Hoy existe otra desigualdad que no se encuentra en el campo de la economía social. La distancia que hoy ya se ha creado entre quienes tienen acceso y conocimientos tecnológicos y quienes carecen por completo de ellos. Esta diferencia será radical en un futuro muy próximo y sin duda será definitiva para otros ámbitos de la vida económica. No se trata de educación tecnológica únicamente, también incluye la cobertura de internet o la proliferación de empleos ligados al uso de computadoras o robots. Pongo un ejemplo: algunos jóvenes de la ciudad de León en Guanajuato, nietos de familias de zapateros, arraigados en la industria del calzado, que hoy renuncian a su herencia familiar y aspiran a un trabajo en las nuevas plantas de automóviles. La razón: el cambio tecnológico. No quedarse atrás. Quieren dos cosas: aprender a manejar un robot y aprender un idioma. Inglés y computación, ironías de la historia.

@ccastanedaf4

 
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