Las mentiras de ViganĂ²

2018-09-01 23:04:26

Desde hace varios meses hay un consenso entre quienes comentan o analizan lo que sucede en la Iglesia católica: vivimos la peor crisis de la historia reciente de esta milenaria institución por los casos de abusos sexuales por parte del clero. Esa percepción se agravó luego de que, hace un mes, se conocieran los detalles de investigaciones hechas por las diócesis de Nueva York, Newark y Washington, DC, acerca del pasado de Theodore McCarrick, quien, en distintos momentos de su carrera, ocupó cargos importantes en esas diócesis.

Dos semanas después se publicó el informe que un Gran Jurado del estado de Pennsilvania, Estados Unidos, elaboró para dar cuenta de lo que ha ocurrido en seis de las ocho diócesis católicas que existen en Pennsilvania. Ahí apareció el nombre del cardenal Donald Wuerl, quien antes de ser arzobispo de Washington, DC, fue obispo de Pittsburgh, Pennsilvania. El documento detalla la manera en que Wuerl dio forma a un “círculo de silencio” para acallar los efectos de los casos de abuso sexual.

Si la situación ya era suficientemente grave en ese punto, hace una semana, en la madrugada del domingo 26 de agosto, algunos de los más conocidos enemigos del papa Francisco empezaron a ofrecer detalles de un “testimonio” de Carlo María Viganò, exnuncio en Estados Unidos de 2011 a 2016, en el que acusa al Papa argentino de haber levantado un castigo, que la voraz imaginación de Viganò alega impuso el papa Benedicto XVI “en 2009 o 2010”.

Si el castigo se impuso resulta muy difícil comprender por qué el entonces cardenal McCarrick participó, por ejemplo, en la visita Ad Límina de los obispos de EU al papa Benedicto XVI el 16 de enero de 2012 o por qué, cuatro meses después, el dos de mayo, Viganò aceptó participar en una cena en la que las sociedades misioneras de EU premiaron al entonces cardenal McCarrick en Nueva York y en la que Viganò, al entregar el premio, habló de “nuestro querido arzobispo McCarrick”.

El espectáculo ofrecido por Viganò es más lamentable cuando se considera que, en el fondo, su problema, la motivación más profunda de su alma, es el odio a las personas homosexuales. Ese odio lo ha llevado a mentir, pues el papa emérito Benedicto XVI ya ha dicho, por medio de su secretario Georg Ganswein, que no hubo tal castigo contra McCarrick en “2009 o 2010” y —sobre todo— a calumniar al papa Francisco. Lo más grave de esta situación es que, al enfrascarse en este tipo de discusiones, la Iglesia ofrece un pésimo testimonio y es mucho peor cuando se considera el hecho que no se han atendido las necesidades de las víctimas de abuso y que el clericalismo, el alma del abuso sexual, sigue vivito y coleando.

Dejando de lado los detalles de cómo Viganò consiguió apoyos entre los más recalcitrantes enemigos del Papa en los medios conservadores en Italia, EU y España, lo importante es que la Iglesia acometa de modo sistémico el problema del abuso sexual. Salvo lo que han hecho las conferencias de obispos de EU, Irlanda y Australia, las acciones en otros países son pequeños parches, que no resuelven el problema de fondo y que, combinados con las airadas discusiones que han ocurrido gracias a la inmadurez de Viganò, dejan ver qué tan poco cristianos pueden ser los católicos que anteponen la ideología a los problemas reales, los que tienen que ver con evitar que ocurran más abusos, castigar a quienes los han cometido y —sobre todo— ayudar a las víctimas, que debería ser lo más importante.

manuelggranados@gmail.com

 
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