Medio siglo después..., ¿otra vez?

2018-09-07 01:02:56

LIC. ALFONSO NAVARRETE PRIDA,

SECRETARIO DE GOBERNACIÓN:

+Enemistad entre parientes,

pasa a los descendientes

Anónimo

Contábase que antes de aquellos tiempos, ya entre el ingeniero Javier Barros Sierra y el licenciado Gustavo Díaz Ordaz la relación era prácticamente imposible, quizá porque, siendo miembros ambos del gabinete que acompañó a Adolfo López Mateos en la Presidencia de la República, sus intereses políticos ya chocaban.

Y como siempre ocurre, entre ellos hubo también una anécdota que dibujaba su inquina:

Acompañaban cierta mañana los secretarios de Gobernación y de Obras Públicas al presidente López Mateos en una gira de trabajo por la capital del país y llegaron juntos a la puerta del autobús en que viajaban; y fingiendo visiblemente una cortesía inexistente entre ellos, Díaz Ordaz dijo a Barros Sierra:

—Pase usted, ingeniero, primero

los sabios…

A lo que Barros Sierra respondió de inmediato:

—¡No, no, licenciado Díaz Ordaz, suba usted, primero los resabios..!

Muchos, por esto, llegaron a suponer que la rasposa relación entre el presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz y el rector de la UNAM Javier Barros Sierra, tuvo un peso determinante en la forma como el famoso movimiento estudiantil de 1968, hoy hace medio siglo, adquirió la escala de un desastre político con ribetes de conflicto social cuyas consecuencias habrían alcanzado un peso tal que podrían llegar a tener su copia semicentenaria en el choque recién iniciado entre estudiantes legítimos de la Universidad Nacional Autónoma de México y los pelotones de porros con olor a anarcos que tanto daño le han hecho a ese centro de formación de la inteligencia mexicana…

Viví muy de cerca, como reportero de El Heraldo de México, casi la totalidad de los acontecimientos que escenificó la Ciudad de México entre el 23 de julio y el 2 de octubre de 1968, aunque desde mayo de ese año anuncié que “algo fuerte” se estaba fraguando en la UNAM. Estuve en las más importantes manifestaciones estudiantiles, incluida la que comenzó y terminó en esa universidad, encabezada el propio rector Barros Sierra. En varias de aquellas noches me tocó escribir no solo mi información sino la de todos mis compañeros y estuve otras noches en los principales frentes de batalla de los estudiantes, como también en el Zócalo capitalino, principal punto de llegada de las otras marchas principales. Varios de mis recuerdos los siento nebulosos, pero muchos otros son intensa y/o terriblemente vívidos, en la secretaría de Gobernación unos; en Los Pinos y Palacio Nacional los más porque ya para entonces cubría la fuente presidencial. Créame, secretario Navarrete, por nada del mundo quisiera que mi país volviera a sufrir una experiencia como aquella. En ’68 sentí cómo los acontecimientos fueron creciendo en magnitud y en gravedad, como si hubiese existido de antemano el interés o el objetivo de que así ocurriera; de que los manifestantes llegaran al momento culminante del dos de octubre donde no murieron los centenares que muchos cuentan aún, pero las escasas decenas de los que fueron acribillados tampoco debieron caer y no debemos esperar que hoy, ni un solo estudiante más, ni vivo, entre y salga de algún consultorio médico por heridas provocadas en choques con anarcos ni con policías y mucho menos con soldados.

Se lo pido a usted, licenciado Navarrete Prida, no deje, por favor, que eso vuelva a suceder en México…

 

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