En el cuerpo una voz, de Maximiliano Barrientos

2018-09-08 22:03:53

(Fragmento)

Arturo suárez

EDaD: 27

comuna: Los Tréboles

 

Mi hermana dijo que ya venían y yo dije que quería ver, pero ella se emputó porque creía que no era seguro y me llevó al cuarto.

Nos escondimos bajo la cama.

Pensaba en los autos tuneados y en las armas, le dije  a Sara que quería verlos porque otros pelaos me habían contado que eran pintudos.

Dije que iba a salir un ratingo, que no me iba a pasar nada. Ella pidió que me quedara, que no fuera tan terco.

Mierda que sos duro del tari, dijo.

Mamá decía lo mismo, decía que la testarudez era lo único que había heredado de mi padre. Decía que era lo único que ese cabrón me había dejado.

Mi hermana dijo:

Arturo… Ya, puej. Volvé, ¿qué estás haciendo? Volvé, puej…

Fui a la sala. Desde ahí espié a los soldados que acababan de llegar. Eran cinco. Jóvenes, algunos barbudos y otros lampiños. Bordeaban los veinte años.

Descansaban a la sombra de unos árboles. Habían venido en una Tundra.

Bebían.

Se sentaron en la tierra y apenas conversaban. Ni siquiera entraron en las casas pidiendo víveres. Se los veía hechos mierda, como si hubieran estado viajando desde hacía días o como si acabaran de estar en algún enfrentamiento. En la ciudad se timbraban por el control del territorio. Cada vez  que  estaban de vacas flacas salían  a saquear en las comunas, pero estos tenían otras intenciones.

Escuchaba el ruido de mi propia respiración y temía que todingos esos mierdas también pudieran escucharla. Uno se puso de pie y sin decir nada entró en la casa de los Arredondo. Salió con la hija, la arrastró del pelo hasta donde estaba la Tundra. Rebeca se llamaba. Tendría catorce, era mayor que yo con un par de años, pero a esa edad la diferencia se notaba. Yo seguía teniendo cuerpo de pelao, ella ya era mujercita.

Dócil estaba, no protestó. Se dejaba. No pidió ayuda. Sabíamos que cuando pasaba aquello teníamos que hacer la vista gorda.

Dijo, mirándola sin deseo: Mostrame tu pan, quiero ver tu pan.

Y la pelada, serena, no hacía otra cosa que mirarlo a la cara, sin pudor, sin miedo.

Los otros siguieron bebiendo como si lo que el soldado estaba a punto de hacer ya lo hubieran hecho hacía bien poquingo, como si hubieran perdido el interés y lo único que de verdad desearan fuera emborracharse pa poder dormir un par de horas.

Rebeca seguía mirándolo sin cuestionarlo y esa actitud fría era lo que lo hacía  demorar el acto. Al parecer el soldado estaba acostumbrado a las peleonas, a las que mordían y escupían, a las que gritaban y corrían.

Ella no. La hija de los Arredondo nomás lo miraba sin hablarle, sin mandarlo a la mierda, sin mostrar asco.

Quiero ver tu pan, dijo.

Fue entonces que caí en cuenta de que mamá no estaba con nosotros. Hacía horas que había desaparecido.

Ma, dije.

El primer disparo perforó la cabeza del soldado que estaba con Rebeca, se abrió como una chirimoya. Hubo una pequeña explosión y la sangre salió en un chorrito, tiñó el capó de la Tundra, el vestido de la propia Rebeca. Lo miró caer y no se movió de su lado, a pesar de que luego de ese estallido llegaron otros y los soldados que bebían, somnolientos y callados, devolvieron el fuego.

Intercambiaron plomo durante algo más de diez minutos, hasta que uno a uno fueron cayendo.

Las balas les abrían los pechos y las cabezas y cuando el último estuvo muerto, la gente de la comuna que se había amotinado salió de donde se escondía.

Vi a mamá con un rifle de asalto. Nunca la había visto con un arma, pero allí estaba ella junto a todos esos hombres que se habían alzado, carpinteros o agricultores, comerciantes o mecánicos, hombres que se habían cansado del trato de las brigadas, de tener que darles las cosas que demandaban mes a mes.

Era la única mujer del grupo.

Lo primero que hizo fue constatar si Rebeca estaba herida. La pelada se había ausentado en su propio cuerpo, no reaccionaba.

Mi madre le dio un manazo. Rebeca salió del shock. Miraba, por primera vez, los cuerpos en la tierra, la sangre en el capó de la Tundra, en su propia ropa. Miraba a los vecinos de la comuna con armas. En su mente, imaginaba yo, imprimía nombres a cada uno de esos rostros que comenzaban a resultarle familiares.

Salió el padre y puteó a mi madre, en vez de agradecerle por evitar que ese soldado violara a su hija, le soltó un chorro de insultos, la maldijo, pero no se atrevió a agredirla. Se llevó a Rebeca, la arrastró de un brazo y la metió de vuelta en el rancho.

Los comunarios que se alzaron revisaban los cadáveres de los soldados, recogían armas y documentos. Otro grupo se llevó la Tundra pa esconderla. Otro recogió los casquillos pa borrar las evidencias.

Mamá, volví a decir, pero lo dije tan despacio que no fue capaz de escucharme.

Es mamá, ahí afuera, le dije a Sara, pero mi hermana no respondió.

Sara, dije.

Lloraba. Seguía bajo la cama. Me agaché, dije:

Ya pasó.

Se tapaba la cara con las manos, berreaba.

Callate, dije. Te van a escuchar, van a pensar que te pasó algo.

Acaricié su pelo. Me rechazó, histérica.

Permanecí a su lado hasta que se calmó, hasta que dijo mi nombre. Lo repitió dos o tres veces. Volví a agacharme y le dije que iba a estar bien, que la balacera había acabado.

La ayudé a salir, se sentó en la cama. Se había meado, tenía los muslos todos serebó. No intentó limpiarlos, no intentó esconderlos de mi vista.

Vamos a estar bien, dije.

Mamá de pie, apoyada en el marco de la puerta, nos observaba en silencio. No pude calcular cuánto tiempo llevaba allí, espiándonos, sin dirigirnos una sola palabra. No supe qué hacer, bajé la vista y esperé a que nos hablara.

Permaneció en silencio, como si esperase que la mandáramos a la mierda por poner en riesgo nuestras vidas, que la insultáramos como la había insultado el padre de Rebeca. Necesitaba que unos niños de doce y de diez años la culparan por haberse involucrado donde no debió involucrarse. No lo supe en ese momento, era muy pelao pa darme cuenta, pero con los años, al repasar una y otra vez el incidente, caí en cuenta de que eso era lo que buscaba, que eso era lo que nos exigía con su frialdad.

Una semana después, la brigada a la que pertenecían esos soldados llegó al pueblo y aconteció una carnicería. Decapitaron a los rebeldes que capturaron con vida. Mamá y yo pudimos huir. A mi hermana la mató una bala perdida, la alcanzó en la nuca mientras nos metíamos al monte.

Mamá dijo que no había que detenerse.

Dijo que me olvidara de Sara, que tenía que seguir corriendo.

Y eso fue lo que hicimos.

A la noche, cuando estuvimos seguros de que no nos perseguían, la escuché llorar. No me acerqué. Sabía que quería estar sola, que necesitaba pensar en mi hermana  y echarse la culpa.

Me alejé unos pasos y traté de pensar en otras cosas, pero ella berreaba y lo único que yo hacía a conciencia era odiarla, odiar a mi propia madre. La veía de espaldas, arrodillada, y no le decía nada, no la insultaba como la insultó el padre de Rebeca, no le decía que Sara murió porque ella se involucró donde no debió involucrarse. Lo pensaba a cada segundo, pero no se lo dije ni una sola vez.

Al día siguiente me llevó hasta una comuna cercana a la nuestra, me dejó con una familia que conocía, dijo que vendría en dos días, que tenía que ponerse en contacto con cierta gente. Ni siquiera intenté convencerla de que se quedara.

Nunca regresó.

 
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