UNAM: El arte de la provocaciĆ³n

2018-09-10 23:00:47

La razón, la inteligencia y el sentido común nos indican que los actos de violencia del lunes 3 de septiembre en Ciudad Universitaria fueron producto de una provocación, actos violentos concebidos e impulsados por personas que, tras bambalinas, se propusieron alterar el orden interno de la UNAM. ¿Alguien duda esto? Casi nadie. Pero no perdamos de vista que la provocación fue exitosa, pues produjo lo que sus autores esperaban produjera, a saber: un movimiento estudiantil de protesta.

Es legítimo que los jóvenes protesten contra la violencia, pero uno espera que la racionalidad guíe su conducta. Los estudiantes involucrados en el emergente movimiento de la UNAM no deben perder de vista el contexto de su acción y deben tratar de colocarse a distancia de los provocadores. Los provocadores son de carne y hueso, no son invenciones; decía Carlos Monsiváis, que el provocador es aquel joven que se pone de pie en la asamblea y, con retórica vehemente, exige que adopte las decisiones más extremistas.

El provocador quiere agravar el conflicto. Su aspiración es explotar las emociones, crear desorden e inducir a los demás a incurrir en conductas irracionales, ilegales y excéntricas. No es improbable que entre los estudiantes actúen agentes encubiertos que buscan orientar la lucha hacia fines espurios. No olvidemos que los epígonos del viejo sistema autoritario siguen entre nosotros y que aborrecen a la UNAM: no es dudoso, por tanto, que algunos de ellos hayan intervenido soterradamente para sublevar a la Universidad: si eso fuera cierto concluiríamos que los mismos que hace 50 años trataron de enlodar el nombre del ingeniero Javier Barros Sierra, hoy pretenden denigrar al doctor Enrique Graue.

El conformismo es antipático a la juventud. El egoísmo, la apatía, el individualismo, la indiferencia ante los dramas que sacuden a la comunidad a que uno pertenece son censurables, pero lo contrario, o sea la participación, la acción política, exige de cada uno de nosotros una gran responsabilidad.

Sobre todo, cuando el joven se involucra en un movimiento de masas. Los fenómenos de masas ejercen una misteriosa fascinación sobre nosotros, pero no todo movimiento es bueno por sí mismo: hay movimientos que tienen un impacto saludable sobre la sociedad, pero hay otros que pueden tener consecuencias nefastas.

No olvidemos que el movimiento de masas que mayor éxito tuvo en el siglo XX fue el nazismo. Algunos pensadores destacados, como Le Bon, MacDougall, Freud y Lewin sostuvieron que la psicología de una persona se transforma en el momento en que esa persona se involucra en una multitud.

¿Recuerda usted, amable lector, lo que experimentó la primera vez que ingresó a un estadio de futbol abarrotado? Exacto. Usted fue presa de la emoción. La multitud subyuga, seduce, nos transforma. Según Gustavo Le Bon, cuando el individuo se integra a una masa su alma individual se diluye en un alma colectiva, de modo que sienten, piensan y actúan de forma totalmente diferente a la que sentirían, pensarían y actuarían de manera individual.

El yo deja de existir, dice Le Bon, para crear un Nosotros. En esa circunstancia, el componente emocional de nuestra personalidad se erige como dominante y la inteligencia racional se ve desbordada. Por lo mismo, cuando se participa en un movimiento político el alma de cada uno se enfrenta a una encrucijada: aceptar con sumisión la dinámica emotiva que guía a la masa o tratar de imprimir una lógica racional a la acción colectiva.

¿Acaso no es obvio que la provocación se produce en el momento en el que México celebra el triunfo apabullante de un candidato honesto e independiente cuyo gobierno amenaza abiertamente los intereses más oscuros de México? Lo que resulta más ultrajante para la democracia mexicana es que las viejas fuerzas del mal reaparezcan utilizando los mismos trucos y maniobras que utilizaron en 1968. (10-09-2018)

 

 

 

 
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