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Si usted goza de maltratar y humillar mujeres, no lo piense más: vaya de inmediato a Chile, donde un amplio grupo de sectores sociales y profesionales le mostrarán las diversas formas de recordarle al sexo débil por qué tiene ese nombre.
El ejemplo más claro y exitoso es, en este momento, el debate y la legislación en torno a la píldora del día después. Los gobiernos izquierdistas de Ricardo Lagos y en particular el de Michelle Bachelet, a quienes se les llama con cariño “upientos” —una lindeza de los reaccionarios para referirse a todo aquel que hubiera estado conectado con la Unidad Popular de Allende— han impulsado y peleado por hacer que la píldora de anticoncepción de emergencia esté al alcance de toda mujer que la necesite.
Sin embargo, los amigos de la vida, buenos católicos y —ironías del destino— en su mayoría partidarios de la derecha pinochetista, han dedicado enormes esfuerzos políticos, mediáticos y legales para evitar que las damas recurran a dicha pastillita que a la postre encuentran asesina.
Uno de sus grandes éxitos ha sido convertir el proceso de obtención de la píldora en una odisea degradante, con la esperanza de que las chilenas preferirán el embarazo no deseado a la vergüenza pública que conlleva conseguirla.
Funciona así: supongamos que usted es una pecadora estándar que se trepó al guayabo con su galán. Una mala jugada del destino hizo que el condón se rompiera y ahora usted puede — o no— estar embarazada. No quiere correr riesgos y decide tomar el producto de emergencia.
Primer paso: obtener una receta médica. Naturalmente usted no puede ir no´más y comprar semejante obscenidad. No, no, usté tiene que ir a urgencias en un hospital o clínica. Ahí debe registrarse con su nombre — identificación de por medio— y decirle a la recepcionista por qué está ahí. Siéntese y la llamaremos en unos minutos.
Una hora después será llamada por un altavoz y le dirán que el ginecólogo la está esperando. Este doctor la interrogará al respecto de por qué quiere la píldora, así como su estado civil y la auscultará. Muy probablemente intentará convencerla de que no le hace falta, “seguro no se embarazó”. Usted tendrá que explicarle por qué quiere tomarla, sus razones y motivos. El doc lo va a pensar y, con suerte, le dará una receta médica. Pero ojo, el doctor tiene derecho legal a negarle la receta.
Paso dos: ir a una farmacia. La píldora es cara y ojalá tenga con qué pagarla. Pero no sólo eso: el farmacéutico, tras ver la receta, la mirará y decidirá si se la vende o no: la ley le permite a las farmacias no vender la píldora como “objeción de conciencia”. Si se la niegan, podrá iniciar una larga peregrinación de tienda en tienda hasta que alguien se apiadará de su pecadora alma y le dará la sustancia maldita.
Tercer paso: que nadie se entere. La gente podría ostracizarla si se llega a correr la voz.
Esta es la desagradable experiencia que viven miles de chilenas cada vez que, por la razón que sea, necesitan obtener una píldora anticonceptiva de emergencia. Miles de testimonios han demostrado esta realidad y miles de damas se han sentido ciudadanas de segunda, desvaloradas, sin control sobre su cuerpo y sin derechos mínimos.
Pero aquellos mismos que hace sólo unos años hacían una campaña contra la legalización del divorcio —Chile fue el último país de occidente en tener una ley para la separación— en la que “demostraban” que los hijos de padres divorciados eran más proclives a la drogadicción, criminalidad u homosexualidad que aquellos de padres unidos, ahora están haciendo lo mismo con la píldora: un proceso de estigmatización social.
A pesar de que según cifras no oficiales se practican más de 500 mil abortos clandestinos al año, se sigue tratando de impedir que el gobierno distribuya la píldora de emergencia en las zonas marginadas o de forma abierta. El último intento del gobierno de Bachelet para que las niñas mayores de 14 años puedan adquirir la píldora sin permiso de sus padres ha sido bloqueada por abogados católicos a través de un argumento leguleyo.
La verdad de las cosas es que el combate contra la píldora poco o nada tiene que ver con el debate sobre el “asesinato” que para algunos es el aborto. Tiene que ver con la oposición irreflexiba contra la píldora anticonceptiva convencional y contra el uso del condón; tiene que ver con una concepción de que el sexo per se es cochino (a menos de que sea para tener niños) y tiene que ver con una concepción oscurantista de lo que es la legalidad. Esto es, una visión de la ley que se tiene que ajustar a la cosmogonía particular de los conservadores.
Al final tanto las adolescentes como las mujeres podrán comprar la píldora; al final, podrán abortar; al final, podrán decidir por sus cuerpos. Ya lo están haciendo, sólo falta que la ley — y la sociedad — las alcance. Tarde o temprano no se podrá humillar a ninguna mujer en Chile. Tarde o temprano.
apascoe@cronica.com.mx |