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La consagración de la ignorancia

Rafael Cardona | Opinión
Viernes 11 de Mayo, 2007 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 03:46

Una de las omisiones más notables en el intento de corregir la “ley Televisa”, cuyo debate se da hoy por impulso de un proyecto de sentencia sobre su inconstitucionalidad, es el aspecto cultural.
Quienes se preocupan por las circunstancias actuales de la industria y su control legal y pelean por unas nuevas, hablan sólo de aspectos políticos; de protección o inconveniencia de un inicuo monopolio (de doble cabeza); de convergencia tecnológica, de concurrencia de concesionarios, de juegos simples o “triple-play” pero nadie se preocupa por el aspecto esencial y más grave de la televisión: su enorme contribución a la estulticia como fórmula infalible y persistente en el incontenible proceso para degradar (bajar de grado) a este país.
La “telebasura” nacional, como casi todas las del mundo, es verdad; no contribuye ni a la dignidad ni a la formación nacional. De nada valdrán todos los presupuestos imaginables para la instrucción pública —como solicita con vehemente frecuencia el rector Juan Ramón de la Fuente—, si cada noche la televisión destruye los esfuerzos educativos realizados por la mañana. Y eso si en verdad se pudieran concretar; a pesar de padecer esos grados de pobreza escolar que sufre el estudiantado.
Pero la televisión es la omnipresente conciencia de México. Por ella se aturden los sentidos de la masa sometida a los barones de la patada y la pelota; los zares de la adocenada musicalidad de un pueblo alguna vez inspirado y melodioso; gracias a su ubicuidad y persistencia, se forman modos de hablar (de mal hablar) y de pensar (de mal pensar) y se venden millones y millones de litros de cerveza y abusivos servicios bancarios.
La televisión, es hoy, el opio del pueblo. El opio, el pulque; la impagable tarjeta de crédito, la casa de juegos y apuestas y la garantía del control político.
Por eso es tan lamentable la indiscriminada forma como los dirigentes políticos y aun los jefes de Estado han caído en brazos (o garras) de la televisión, Por eso es triste escuchar al presidente Felipe Calderón volcarse en elogios al emperador de la nada, Adal Ramones, no importa que miles de analfabetos del país lo consideran un héroe a la altura de su ignorancia.
“Al igual que muchos mexicanos que seguimos a lo largo de 12 años el programa (Otro rollo), te quiero mandar —le dijo FCH— un abrazo muy fuerte, una felicitación a todo tu equipo por el trabajo, por el esfuerzo, por tantas dedicaciones. También un agradecimiento por haberle puesto un poco (¿?) de alegría a la gente por tantos años.
“Mi admiración (¿?) y respeto, Adal, deseándote el mayor éxito profesional, como lo has tenido hasta ahora y sé que por tu entrega, tu trabajo, tu profesionalismo y talento (¿?), lo vas a seguir teniendo”.
Estas edulcoradas expresiones telefónicas impensables para José Luis Martínez, por ejemplo; no corresponden a la altura de la Presidencia de la República.
Obedecen; sí, a la muy socorrida actitud de ganarse adhesiones entre lo más elemental de la población a como dé lugar; de “llegarle” a la masa mediante el fácil recurso del populismo televisivo, quizá el más peligroso de todos.
—“Eso le gusta a la gente”—, me dijo un funcionario de Los Pinos. Pues sí, también a millones les gusta la droga y el gobierno cuida la salud de la población y la combate, ¿no? Quizá fuera también momento para cuidar la salud mental de muchos.
A diferencia del señor presidente Calderón yo no “seguí” a lo largo de estos 12 años al señor Ramones. Supe de él cuando lo buscaba el SAT por un millonario fraude fiscal del cual salió (obviamente) bien librado. Y cuando por necesidad lo miré en las entrevistas políticas a los candidatos a la Presidencia, tanto durante la campaña de Fox como en la del propio señor Calderón, me dieron pena ajena los desatinos, desfiguros y ridículos de los políticos cuya estatura se achataba hasta igualar la del conductor de la gorra de béisbol, prenda con la cual se uniforma la actual juventud de este país.
Pero muchos me dirán (¿cómo se te ocurre?) sobre las dimensiones de mi error crítico.
En la encuesta publicada hace unos días sobre la popularidad del Presidente, éste ha subido una barbaridad. Casi diez puntos en pocos meses.
Pero hasta ahora nadie me ha logrado probar la exactitud entre popularidad en las encuestas y buen gobierno. Mucho menos si el buen gusto está presente en ese binomio.

racarsa@hotmail.com

 
 
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