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Encuestas: soplarle al jocoque

Francisco Báez Rodríguez | Opinión
Martes 14 de Agosto, 2007 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 03:44

Había una vez, hace no mucho, en que las encuestas de salida daban información suficiente a los encuestólogos para que dieran sus resultados, que luego se veían corroborados por los conteos rápidos, los programas preliminares de resultados y los conteos finales. Se consideró que estos ejercicios servían para apuntalar la confiabilidad en los procesos electorales y ayudaban a la democracia.
En las pasadas elecciones para gobernador de Baja California, a pesar de que la diferencia entre el primero y el segundo lugar fue de siete puntos porcentuales, ninguna de las casas encuestadoras que trabaja para los medios electrónicos se atrevió a señalar ganador. Al mismo tiempo, en ese estado, los candidatos se pegaban a encuestazos, con la salvedad de que, de las dos empresas que manejaba el PRI, una es totalmente desconocida y la otra sólo acierta a los resultados cuando gana el tricolor.
Uno puede pensar —e incluso decir por cadena nacional— que Baja California es un caso especial, por la diferencia horaria, que obliga a que cualquier nudo se desatore en tiempos más tardíos. Puede también pensar —pero mejor no lo dice— que, dada la fama de Jorge Hank, había que darle unos cuantos puntos más de margen de error a la encuesta.
El problema es que en Baja California se repitió lo sucedido en Yucatán. Allá también la diferencia fue superior a seis puntos porcentuales, y tampoco los encuestadores se sintieron seguros con los datos de sus encuestas de salida. En Yucatán no hay problemas de horario y, a diferencia de Baja California, allí ganó la candidata del PRI, de oposición.
Para completar, y complicar, el panorama, hace un año las casas encuestadoras dieron a conocer una ventaja amplia del candidato de la Coalición por el Bien de Todos, Juan Sabines, que resultó ser mucho menor a la hora del conteo final… y hace trece meses, el IFE —siguiendo un protocolo preestablecido— decidió no divulgar los resultados de los conteos rápidos realizados en ocasión de las elecciones presidenciales, a pesar de que el ganador podía determinarse dentro del margen de error actuarial (que es mucho mayor al real, porque es incapaz de suponer que una sección electoral es, por definición, plural).
¿Qué ha pasado? En el terreno de la información —que, aunque no lo queramos, es político— se le había dado un peso excesivo a las encuestas de salida. En el momento en que empezaban a desgranarse los datos de éstas, se consideraba que había un ganador. Parte de la modernidad democrática mexicana se hacía descansar en el hecho de que, la misma noche de la elección, casi inmediatamente después del cierre de casillas, ya la población sabía quién había ganado.
Esto generó una presión muy fuerte sobre los encuestadores y, en particular, sobre un instrumento que está diseñado fundamentalmente para medir razones y tiempos en la decisión del voto, pero no para medir con exactitud los porcentajes de cada quien. En el ansia por dar la primicia, se relegó al instrumento más exacto, que son los conteos rápidos.
¿A qué “modernidad democrática” nos estábamos refiriendo? A la que está al servicio del televidente, que quiere irse a dormir con la certeza de conocer al ganador. Y no quiere acostarse muy tarde, porque al otro día trabaja: el corte de las 10 de la noche es primordial. Y fue en función de este “ciudadano promedio” que se generaron algunas distorsiones.
Ciertamente, la lucha por la primicia contrasta favorablemente con los mecanismos oficiales, con tiempos burocráticos, que hacían esperar días para saber los resultados, un lapso más que suficiente como para generar sospechas, y la elección de 1988 está ahí como recordatorio para todos.
Como el sistema se quemó aquella vez, empezaron a soplarle al jocoque. Todo, porque los resultados se dieran a conocer de inmediato.
Ahora, con los límites en las encuestas de salida, y con el temor de que los candidatos perdedores hagan berrinches tipo AMLO, y señalen con su dedo flamígero a los encuestadores, pasamos al otro extremo. Para no quemarse, las casas demoscópicas y los medios le soplan hasta a un jocoque con más de seis puntos de diferencia.
Poniendo las cosas en perspectiva, con sus pruritos de hoy, muchos no se hubieran atrevido a decir que Fox había ganado la Presidencia en el 2000, y no se hubiera creado el ambiente justo para una alternancia pacífica y civilizada como la que tuvimos.
El problema es que se creó una percepción en la opinión pública, según la cual la definición de un ganador pocas horas después de concluida la votación era La Señal que definía esas elecciones como confiables y democráticas. Mientras esta percepción subsista, cada vez que los encuestadores decidan que calladitos se ven más bonitos y con su prestigio incólume, se generará un nuevo incremento marginal en la desconfianza ciudadana hacia las elecciones.
Creo que para el mundo de la demoscopia un reto permanece y otro se debe renovar. El que permanece es la necesidad de explicar con insistencia y con nitidez, que las encuestas de salida no están hechas para determinar ganador, aunque puedan darnos una idea en elecciones abiertas.
En ese sentido, es urgente rediscutir cuáles son los posibles sesgos que alejan los datos de las encuestas de salida de los resultados finales. Se han detectado patrones, y no debe ser imposible —al menos para los heterodoxos— encontrar correctivos matemáticos.
El compromiso que debe renovarse es el que tiene el gremio con la democracia, a cuya consolidación ha contribuido objetivamente. Ese compromiso es superior al que se tiene con el prestigio ganado, superior al que se adquiere con los medios, y superior, sin duda, al que se tiene con los contratantes partidistas.

fabaez@gmail.com

 
 
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