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Destruir la bandera

Andrés Pascoe Rippey | Opinión
Sábado 13 de Octubre, 2007 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 03:25

A la transgresora Rosalie Bombón
Nadie pudo escapar del escándalo sobre Paulina Rubio, La chica dorada, quien se fotografió para una revista cubriéndose solamente con la bandera mexicana. Para sorpresa de todos aquellos que no son mexicanos, hacer eso le ha traído una andanada de reproches, reclamos e incluso se considera alguna multa o acción legal. Con razón: en sentido estricto, lo que hizo es contra la ley.
En el mismo sentido, pero por romper las reglas no escritas de la política azteca, el ex presidente Vicente Fox ha sido vapuleado públicamente e incluso el mismísimo Secretario de Gobernación le recordó que los políticos que han salido deben “callarse”.
Los dos casos, aunque diferentes, mantienen una cosa en común: son emblemáticos de lo rancio que es el sistema legal y político mexicano.
Muy independientemente del estilo y calidad musical de Paulina Rubio, es un hecho que las leyes mexicanas que sancionan, persiguen y castigan a todo aquel que haga “mal uso” de la bandera o de los símbolos patrios son anacrónicas y responden a un Estado autoritario, cerrado y miope. ¿Por qué no puede cubrirse con el águila? ¿Por qué no podemos, como en otros países, hacer trajes de baño con los colores patrios? ¿Por qué no podemos quemar una bandera de México en señal de protesta contra el sistema? En Estados Unidos se puede, y ser arrestado por eso implica una violación flagrante a la libertad de expresión.
¿Por qué no podemos usar los logos de la patria para hacer arte o humor? Porque éste es un país que le tiene un pánico incontrolable a la blasfemia y, en consecuencia, a la crítica.
Todos sabemos que montar una exposición de arte en que se le “falte el respeto” a la virgencita atraerá a una tropa ferviente de puritanos que exigirán se censure y se castigue a los responsables de semejante aberración. Incluso, cuando en esta columna he criticado a la Iglesia católica o a los mojigatos, invariablemente he recibido oleadas de insultos y ataques por mis atrevimientos. Esa actitud, propia de los intolerantes y de los cerrados a la opinión ajena, la tenemos convertida en una ley retrógrada que no nos deja hacer con “nuestra” bandera lo que nos dé la pinche gana.
¿Por qué no? ¿México deja de ser un país independiente? ¿Nos volvemos “menos” como nación? ¿Perdemos nuestra integridad? No, nada de eso. Diría, incluso, que al contrario. Porque una identidad nacional que soporta la burla, el chiste, la crítica y los cuestionamientos es una identidad sólida y madura. Un verdadero patriota no es aquel que se pone loco cada vez que alguien le critica a su patria. Un patriota es alguien que puede criticar hasta al final a su nación y sin embargo la quiere.
Vicente Fox, después de su torpísima aparición en una revista, se ha ganado muchos adjetivos enconados. En mi opinión, en el mejor de los casos ha sido pretencioso (“Ay, miren todo lo que tengo, soy rico, soy rico”) y suicida en el peor. No cabe la menor duda que debe ser investigado por posibles actos de enriquecimiento ilícito y, en caso de que se demuestre algo, enjuiciarlo. Pero ojo, Ernesto Zedillo hizo algo muy parecido. Recuerdo bien que tras su salida del gobierno, aparecieron en una revista fresa un montón de fotos de la carísima casa que se compró. Y no sólo eso: Zedillo aceptó importantes cargos en empresas que, casualmente, se vieron beneficiadas durante su gobierno.
La clase política de antaño no condenó ni fustigó al ex presidente. Zedillo es hoy tratado como un antiguo jefe de Estado prestigioso, a pesar de que su administración haya sido un total desastre. Eso sí, dice la gente, “era mejor que Fox”. Bueno, eso puede ser, pero eso no exculpa las investigaciones que también debieron hacerse sobre Zedillo.
Sin embargo, Zedillo cumplió con la regla de oro del sistema: se calló la boca. No llamó la atención, no operó contra el nuevo gobierno; no trató de mantener el poder. Por eso, Fox no tuvo ningún interés en perseguirlo, como ahora el gobierno perseguirá a Fox (y, sobre todo, como Zedillo persiguió a Salinas).
Esa es otra regla anacrónica e idiota de nuestro sistema. Porque Fox es indefendible en mil sentidos, pero tiene derecho a hablar. Incluso diría que al que más le conviene callarse es a él mismo. Pero nadie le puede pedir eso; y muchísimo menos el Secretario de Gobernación. Este importante funcionario no debe “meter las manos al fuego” por nadie ni pedirle a un ciudadano que se calle. ¿O debemos pensar que nada ha cambiado?
Nuestra bandera es nuestra, de la misma forma que el derecho a hablar. Eso incluye a Rubio o a Fox. Eso nos incluye a todos. O empezamos a cambiar las reglas, o seguiremos condenados irremediablemente a la mediocridad. Destruyamos la bandera: sobreviviremos como nación.

apascoe@cronica.com.mx
www.agarrabaguette.blogspot.com

 
 
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