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¿Qué tienen en común la cuidad de Salamanca, en Guanajuato, la muerte masiva de abejas en distintos países del mundo y la crisis ecológica en que vivimos? En sentido estricto, no hay ningún vínculo directo entre ninguno de estos temas y a simple vista podría parecer superfluo incluso el plantearlo como tema de un artículo periodístico.
Sin embargo, si se piensa a detalle, hay todo un conjunto de circunstancias que los vinculan y que constituyen piezas de un rompecabezas global que cada vez llama la atención de más y de más expertos, y que cada vez afecta a más y más personas en todo el planeta.
Cuando pensamos en nuestro entorno inmediato, a menudo olvidamos que este entorno está situado en un contexto económico, social, cultural, y rara vez llegamos a pensar en que está situado y depende directamente del equilibrio de un entorno ecológico, cuya destrucción imposibilita que la vida siga desarrollándose de manera normal.
En esa lógica, puede llegar a creerse que lo que ocasionamos en algún lugar no tendrá mayores repercusiones, y menos aún que puede provocar alteraciones que, sumadas a un conjunto de interacciones en todo el mundo, puede dar como resultado afectaciones en lugares para nosotros no imaginados. Para muy pocos en nuestro país, en la década de los 80s por ejemplo, era pensable que la utilización de “aerosoloes” o que incluso el gas de nuestros refrigeradores, estaban contribuyendo aceleradamente al crecimiento del hoyo en la capa de ozono de la Antártida.
Los daños que podemos ocasionar al medio ambiente pueden resultar de dimensiones catastróficas y podemos estar ocasionándolos aun de manera inconsciente o involuntaria. Sin embargo, la alteración del equilibrio de los ecosistemas puede traernos como consecuencia la puesta en riesgo de la salud y de la vida de millones de personas en todo el mundo.
Esto es algo de lo que está ocurriendo en nuestro país en distintas ciudades y regiones. Hemos tenido casos de empresas privadas que han ocasionado severos daños a la salud de las personas, así como ejemplos de decisiones de política pública u omisiones de gobiernos que impiden garantizar plenamente el derecho al medio ambiente que nos da a todos nuestra Constitución.
Uno de estos casos se encuentra en la ciudad de Salamanca, en el estado de Guanajuato. Hace ya varios meses que en este espacio se denunció una situación que, gracias a la presión de otros medios de comunicación y reporteros que han trabajado intensamente en la investigación del tema, han generado suficiente presión como para que el Congreso de la Unión ya haya asumido, al menos en el discurso, una posición con respecto a la Refinería de Pemex y la Termoeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad que están ahí instaladas.
Al respecto, ya hay estudios de científicos de la entidad, que muestran cómo la “nata de contaminantes” que se ha formado debido a la emisión de dióxido de carbono y de dióxido de azufre, afectan no sólo a esta ciudad, sino a las circundantes como Cortazar, Villagrán, Salvatierra, Celaya, e incluso Silao e Irapuato.
Paralelamente, aún cuando no hay información científica que permita sostenerlo, sí hay indicios que muestran que estas condiciones de contaminación pueden estar asociadas a los incrementos de temperatura de la entidad y a la presencia de vectores transmisores del brote de dengue que se ha presentado en León, la capital de Guanajuato y con casos detectados ya también en Celaya.
Guanajuato es una de las entidades con mayor proporción de su territorio clasificado como de muy baja calidad ecológica. Esto se debe, sin duda, a la erosión de la tierra, la contaminación por pesticidas y plaguicidas, así como un uso intensivo de las tierras para la agricultura, y desde 1993 se había detectado que era uno de los estados con un alto grado de presión de su población sobre los recursos naturales, sobre todo en las ciudades de alta concentración productiva y desde luego, poblacional.
Para pensar las posibles consecuencias de estos datos, habría que pensar en las abejas. A lo largo del planeta hay una alarma real sobre la desaparición masiva de miles de colmenas. Las causas aún se desconocen, pero al parecer están relacionadas con la presencia de un virus aún no perfectamente identificado, pero que su rápida propagación puede estar asociado al cambio climático y el calentamiento global.
La muerte de las abejas puede resultar para muchos trivial, pero los cálculos sobre las pérdidas económicas que ya hay en Estados Unidos por la caída en los índices de polinización de diversas especies son simplemente brutales. Más aún, las consecuencias ecológicas que esto puede generar a escala mundial, de continuar la muerte masiva de estos insectos, puede acarrearnos problemas que no habíamos siquiera imaginado hace cinco años.
Los seres humanos, desde una posición terriblemente egoísta y alejada de una ética de convivencia con el medio ambiente, creemos casi siempre que podemos controlar los fenómenos relacionados con la ecología. Creemos que de verdad podemos ser los amos y señores de la naturaleza y que podemos modificarla y moldearla a nuestro antojo.
No obstante, este fenómeno de la muerte masiva de las abejas, nos muestra que podemos estar generando con nuestras acciones, consecuencias devastadoras para nuestros ecosistemas, y como resultado, estamos afectando nuestras capacidades de vivir con dignidad y equidad en el mundo.
Siempre que arrojamos basura a las alcantarillas, cada que dejamos encendidos los focos de nuestras casas, cada que quemamos papel o carbón, estamos contribuyendo al calentamiento global. Cada vez que lo hacemos, podríamos estar sumándonos, si bien a escala micro, a la generación de la muerte de las abejas y a quién sabe qué más fenómenos que aún no hemos detectado, pero que sin duda están ahí, como consecuencia de la intervención irresponsable de la humanidad sobre el medio ambiente.
Lo peor del caso es que en estas condiciones, son siempre los más pobres y los más vulnerables quienes más pierden, pues la desigualdad mundial, y desde luego la nacional, tienen también una expresión ecológica, marcada sobre todo en un acceso desigual al uso y disfrute de los recursos naturales.
La crisis ecológica que hoy se vive en Salamanca expresa la crisis ecológica que vive nuestro país. Sin duda esto puede cambiar. Sin duda hay soluciones tanto científicas como tecnológicas para hacerlo. Lo que nos hace falta es imaginación y un conjunto de acuerdos de la clase política que permitan poner al centro de la discusión nacional lo que Juan María Alponte señalaba en una reciente conferencia: si no generamos una nueva forma de relacionarnos con base en la solidaridad y una ética convivencial, no habrá posibilidades de construir cohesión social, de reducir la desigualdad, y desde luego, de poder generar desarrollo con base en el principio del desarrollo sustentable.
Hoy que somos testigos de que una ciudad de menos de 500 mil habitantes sea la que presenta mayor contaminación atmosférica en el país, es un buen momento para saber que nuestras acciones pueden asesinar a las abejas, que con su trabajo natural, se encargan de enlazar a cadenas completas que le dan equilibrio y viabilidad a muchos ecosistemas de nuestro mundo. Hoy podemos saber que actuar de manera irresponsable en Salamanca y otros casos similares (en Tula, por ejemplo), puede traer consecuencias que si ocasionaran una sola muerte, debiera ser suficiente para actuar determinadamente y solucionar la problemática.
Salamanca, las abejas y la crisis ecológica en nuestro país están relacionados a través de nexos que más nos valdría explorar y atender con seriedad, si no queremos ver comprometido nuestro futuro como sociedad, e incluso como especie.
sarellano@ceidas.org
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