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Desastres naturales y cambio climático: mala gestión o el ciclo de la historia

José Sosa | Opinión
Sábado 17 de Mayo, 2008 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 01:29

Mientras en México nos revolvemos en discusiones de profundo carácter bizantino, promovidas por personalismos mediáticos y oscuros intereses de poderes fácticos, el ciclo vital de la humanidad y el entorno en el que habita aumenta continuamente su condición crítica. A lo largo de los primeros cinco meses de este conflictivo 2008 se han venido sucediendo eventos por demás trascendentes que han alcanzado ya condiciones graves que llaman a una prudente declaración de crisis social y ambiental. No se trata solo de los importantes eventos físicos que se han presentado en los cascos polares o en las zonas expuestas a los procesos de mayor desertificación y deforestación. Hay también ya situaciones críticas en conglomerados humanos específicos que, aunque se pretenda, no son ni distantes, ni ajenos. Hemos llegado, sin duda, a que aquella vieja frase de los abuelos en la que todo se resolvía emigrando a Mérida ha perdido sentido y congruencia. Repasemos algunos de los sucesos más recientes.
Como es lógico suponer, las tragedias de Myanmar y China se configuran como los casos más graves. Nuevamente discutimos las pérdidas humanas y las posibles causas que contribuyeron a su generación. De esta forma, surgen una vez más los desgastados debates sobre la deficiente planeación urbana, el descontrol en el crecimiento de asentamientos irregulares, y los abusos en la construcción de edificios y casas. Se trata de falsos debates en los que siempre domina la búsqueda de unos culpables y la presentación de simples chivos expiatorios. Pero en estos hechos trágicos también aparece la política y los intereses políticos con su cara más absurda y desagradable. Los mecanismos de solidaridad y apoyo al rescate de vidas y a la reconstrucción de hogares y empresas se pervierten y se modifican para poder incluir los intereses de quienes ostentan el poder y las decisiones. La paradoja más absurda se muestra en la petición que la Fundación China para la Cruz Roja hace a la comunidad internacional por 150 millones de dólares, justo en los momentos en los que el gobierno central de ese país se encuentra gastando miles de millones en la preparación de unos Juegos Olímpicos cuya lógica dominante es la promoción de intereses económicos específicos. Toda proporción guardada, se tratará de una situación muy similar a la que México vivió en 1968 cuando diez días antes de la inauguración de los mismos juegos tuvieron lugar severos actos de represión política.
Otro caso que merece toda la atención se refiere a la crítica situación de los recursos hídricos en la ciudad de Barcelona. Pese a su carácter cosmopolita y su envidiable planeación y gestión urbanas, la así llamada Ciudad Condal vive en estos momentos un pasaje de su historia ambiental que difícilmente podrá causar orgullo a cualquiera de sus habitantes. Como ha reportado la prensa, Barcelona está recibiendo de forma regular en su puerto industrial buques cuyo contenido es simple y llanamente agua potable. Los embarques están atendiendo la demanda de agua que los afluentes disponibles en la región metropolitana ya no son capaces de cubrir. Paradójicamente la ciudad y sus habitantes parecen ser insensibles al fondo del problema que les afecta. Pese a la intención de las autoridades locales y al apoyo de una cantidad importante de grupos sociales, se han rechazado las iniciativas para regular de forma más estricta el consumo de agua y evitar su utilización para fines suntuarios, como el llenado de piscinas. El problema aquí reside claramente en la forma en que se entiende el problema. Para algunos, los pocos, se trata de una cuestión estrictamente circunstancial que no merece medidas drásticas y mucho menos un tratamiento sistemático. Su perspectiva se reduce a pensar que en este año no hay agua suficiente y que se puede cubrir su falta con importaciones temporales. Se pierde, con esta visión, la cuestión de fondo y que es que en términos globales la disponibilidad de agua dulce y limpia se reduce a la misma velocidad con que aumenta el tamaño de la población y en que se incrementa el consumo por causas directa e indirectamente vinculadas al fenómeno del calentamiento global.
Un último caso que merece ser considerado es el de la ciudad de Nápoles y su —en apariencia irresoluble— problema para disponer adecuadamente de la basura urbana. No se trata de una noticia nueva, sino de un fenómeno que va alcanzando paulatinamente dimensiones incontrolables. En este caso, más que en los anteriores, se muestra con prístina claridad lo contundente y amplia que puede llegar a ser la irracionalidad humana. El surgimiento y el agravamiento del problema de no contar con una ubicación para depositar los residuos sólidos no han sido suficientes para hacer entender a la población que no habrá una solución pronta y expedita y que, por ello, se requiere tomar conciencia y modificar a fondo tanto los patrones de consumo que genera la basura, como los procesos sociales y administrativos que inevitablemente tienen que lidiar con la situación. Puede pensarse, como de hecho sucede, que es un problema del gobierno y sólo del gobierno. Pero, una vez que la basura se acumula y comienza a tener efectos en los entornos humanos más inmediatos, el problema deja de ser estrictamente gubernamental para alcanzar una connotación social y política. Paradójicamente, la situación de la basura en Nápoles nos remite de golpe a los orígenes mismos de las preocupaciones que han generado el pensamiento ambiental y las disciplinas académicas que lo conforman. Como brillantemente han señalado en sus escritos autores como Vicente Ugalde, Boris Graizbord y José Luis Lezama, la preocupación inicial sobre el medio ambiente partió de la definición misma de riesgo a la salud. Son los riesgos a la salud lo que actualmente afecta a la población de la célebre ciudad italiana y sólo en la medida en que se cobre conciencia de ello se podrá alcanzar una solución óptima y estable. Quizás no se requiera recorrer nuevamente todas las etapas de la larga historia de la construcción de las políticas ambientales. Lo que sí se requerirá es un incremento substancial en los niveles de conciencia sobre el frágil equilibrio que ya caracteriza nuestra relación con el medio ambiente y sus deteriorados recursos naturales.
En México la situación no es distinta. Los riesgos ambientales y los problemas de una mala gestión de los recursos naturales están presentes de forma cotidiana. Se han vuelto invisibles en la medida en que simplemente decidimos no verlos y preferimos prestar mayor atención a los escándalos mediáticos o a las tragedias inocuas de políticos y estrellas de cine y televisión. Afortunadamente, hay también una creciente conciencia ambiental que se muestra en el trabajo cotidiano de organizaciones sociales como Pronatura y el Centro de Especialistas en Gestión Ambiental; de instituciones académicas como la Universidad de Colima y el Centro de Estudios Demográficos Urbanos y Ambientales de El Colegio de México; y de periodistas como Leonardo Schwebel, quien ha documentado de forma sistemática tanto los riesgos ambientales que existen en Jalisco y Colima, como la cínica indiferencia de autoridades estatales y municipales a tales riesgos.
La conclusión obligada de esta revisión es que hay un claro desfase entre las necesidades de un debido equilibrio ecológico y las actitudes colectivas de las grandes poblaciones humanas. La ciclicidad de los fenómenos ambientales no ha querido ser entendida desde las necesidades y demandas de una expansión demográfica que ha hecho de los patrones de consumo una fuerza expansiva sin control. Es posible reclamar una mayor conciencia a gobiernos y autoridades, pero lo que éstas hagan será inútil e insuficiente si no se acompaña de una debida participación social que no se limite al uso de productos reciclados o al apoyo económico a fundaciones. La pregunta es, ¿y a nosotros nos interesa?

ppsosa@hotmail.com

 
 
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