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Durante décadas, por lo menos desde que Ramón Aguirre era regente de la Ciudad de México, un amplio grupo de ambientalistas, urbanistas, estudiosos de la ciudad, hemos estado proponiendo repetidamente que el mayor asentamiento humano del continente americano requiere de un proyecto de ciudad, no sólo de planes parciales delegacionales o declaraciones vagas muy generales de desarrollo urbano.
Este gran tejido humano que es la capital de México necesita más que un plan rector, necesita una visión estratégica a largo plazo que le permita a sus moradores el tránsito hacia un desarrollo sustentable, un desarrollo que les permita satisfacer sus necesidades básicas y realizar sus ambiciones legítimas sin poner en riesgo en el proceso la vida misma de la ciudad.
Lo que estamos haciendo hasta ahora, es precisamente lo contrario: Cada uno de nosotros urbanitas chilangos estamos usando mal los recursos estratégicos de nuestra ciudad en forma no sustentable, o sea, no estamos garantizando la permanencia de nuestro hogar: Usamos diariamente más agua que la que se recarga actualmente a nuestros acuíferos, de los cuales depende hoy por hoy más del 70% del suministro que necesitamos.
Permitimos e inducimos asentamientos irregulares en lotes pequeños con características totalmente insustentables en el suelo de conservación de las montañas del sur y las planicies del sur-oriente de nuestra ciudad capital, cancelando diariamente miles de metros cuadrados de área de recarga pluvial y afectando los bosques que nos proporcionan a los urbanitas servicios ambientales invaluables, como son el clima, la precipitación pluvial, la humedad del aire y el hogar para miles y miles de especies de plantas y animales que mantienen la enorme biodiversidad de esta cuenca de transición biológica maravillosa.
Para cambiar esta situación deficitaria tan peligrosa, no se requieren planes y programas sectoriales que resuelvan por un lado la contaminación del aire (ya tenemos el “Pro-aire”); por el otro, la disponibilidad y tratamiento del agua (ya tenemos el plan hidráulico del Sistema de Aguas de la Ciudad de México); por el otro, el manejo racional de la basura (ya tenemos la Ley del Manejo de los Residuos Sólidos Urbanos); por el otro, la conservación del área rural y boscosa de la ciudad (ya están declarados el Corredor Biológico Ajusco-Chichinautzin, el Parque Nacional Cumbres del Ajusco, el Parque Nacional Desierto de los Leones, el Parque Nacional Sierra de Guadalupe, el Bosque de Tlalpan, los Dinamos de Contreras, y Nativitas y Xochimilco y muchos más). El resultado de todo esto hasta el día de hoy ha sido deplorable.
Día con día nos acercamos más al ecocidio y no a la sustentabilidad: en Iztapalapa tienen cada vez menos agua sus habitantes, el área total de cobertura de pinos en el Ajusco disminuye cada día, no aumenta. La calidad del aire está deteriorándose lentamente, después de los éxitos obtenidos hace una década. La separación de la basura arroja resultados insatisfactorios a nivel delegacional.
Está claro, querida, querido lector, que así, como vamos, con un acercamiento sectorial, no vamos bien. Necesitamos urgentemente, de ya, un acercamiento integral, holístico, de Gran Visión.
El año pasado, cuando el jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard regresó de Nueva York de una reunión de alcaldes de las principales ciudades de todo el mundo, declaró: “La Ciudad de México será la ciudad más verde de Latinoamérica”. De ahí surgió el Plan Verde, y déjeme decirle, querida, querido lector, que por primera vez en estas tres últimas décadas, he visto un programa de desarrollo sustentable para nuestra ciudad.
Por supuesto que los ciudadanos vigilantes vamos a darle un marcaje cercano a este plan, pero por lo pronto tenemos por primera vez los habitantes una iniciativa de gran visión que se llama el Plan Verde.
Lo analicé en cuanto a su estructura y ejes temáticos principales y puedo decir que contamos, los urbanitas de esta gran metrópoli, por primera vez con un plan de ruta holístico para conseguir la sustentabilidad de nuestra ciudad.
El Plan Verde es una estrategia a quince años que consta de siete ejes de acción que podríamos llamar el mapa de supervivencia de nuestra ciudad: Manejo sustentable del suelo de conservación, habitabilidad y espacio público, agua, movilidad, aire, residuos y cambio climático y energía.
Si tenemos la sabiduría los ciudadanos, usted y yo, de exigir que verdaderamente se cumplan estos siete ejes de acción, podremos tener esperanza de salvar nuestra gran ciudad.
Pero hay que analizar cada uno de estos ejes para entender lo que significan e incorporarlos a nuestra vida cotidiana, que no se queden en un mero discurso bonito, como hemos vivido los ciudadanos durante tantas décadas. ¿Qué significa entonces el “manejo sustentable del suelo de conservación”?: Pues que haya crecimiento cero de los asentamientos humanos, que se restauren y conserven los ecosistemas, que se paguen por parte del gobierno de la ciudad los servicios y bienes ambientales, y que se impulsen los agro-ecosistemas y el manejo sustentable de los recursos naturales.
¿Qué significa la habitabilidad y el espacio público?: Rescatar y crear espacios públicos para hacer de la ciudad un lugar de integración social que ofrezca mejor habitabilidad, confort y equidad.
¿Qué significa el programa de manejo sustentable del agua?: Alcanzar el equilibrio del acuífero, reducir el consumo de agua de uso doméstico, reducir las pérdidas en la red, incrementar la reutilización y el tratamiento del agua y crear parques lacustres en Tláhuac y Xochimilco.
¿Qué significa la movilidad?: Recuperar las vialidades para el transporte colectivo eficiente (los metrobuses), menos contaminante y de calidad y promover la movilidad no motorizada (las bicicletas).
Tenemos un Plan Verde integral para la ciudad, por fin. Exigir tú y yo, querida, querido lector, que ahora sí se cumpla. Dale seguimiento en www.sma.df
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