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No pretende esta columna convertirse en espacio para análisis literarios, pero el reciente premio Don Quijote concedido a Carlos Fuentes por el Reino de España, obliga a algunas reflexiones y comentarios. Veo al escritor mexicano frente al mismo rey ante quien Gustavo Díaz Ordaz, a quien él llamaba El Gran Tlatoani, se presentó como embajador de México.
Nunca lo imaginó el autor de Tiempo mexicano, el libro con el cual —dicen— Luis Echeverría fue consagrado como el nuevo hombre, cuya ciclónica irrupción en la presidencia marcó la distancia entre dos épocas, la suya y la de los emisarios del pasado. La negra, la condenada, la de la noche tlatelolca. Lo nuevo, el nuevo tiempo mexicano el largo y populista periodo de ir de cabeza, pero, arriba y adelante.
¡Echeverría o el fascismo!, cantaron en coro Fernando Benítez y Carlos Fuentes. Este, como Díaz Ordaz, también fue embajador de México, pero no en esa España donde hoy recibe honores, sino en la Francia de la ilustración y la libertad histórica, la cual en su momento lo nombró caballero de la Legión de Honor.
En el año de 1984 Fuentes recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes (en Lingüística y Literatura). La ceremonia se efectuó en el patio de Honor del Palacio Nacional. Fuentes llegó con su esposa Silvia y su amigo William Styron.
Me acerqué y le pedí el original de su discurso de aceptación del premio. “Lo voy a fotocopiar para la prensa” ¿Me permite?
—Sí, me dijo, pero ¿dónde hay aquí un baño? —Pues aquí no, pero en mi oficina… venga.
Subimos. Dejé el documento en la sala de copias y abrí el despacho. “Ahí esta el baño”. Esperé y bajamos.
La ceremonia trascurrió sin novedades. Los himnos, los discursos, los aplausos. Fuentes lucía esa franca sonrisa de hombre mundano y satisfecho, con la cual ha abierto todas las puertas del mundo. Su esposa charlaba con Styron y ambos formaban una pareja resplandeciente ajena a las enormes nubes de tristeza y dolor con las cuales la vida los iba a cubrir muchos años después.
Al día siguiente o quizá dos días después me llamaron por el teléfono interno de la Presidencia de la República. Yo era director de Información.
Habló Carlos Fuentes, dijo que alguien se quedó con el original de su discurso, que lo necesita. Háblale y devuélveselo. —¿Tú lo tienes? —Sí, ahora le hablo.
—¿Bueno? Después de saludos, explicaciones y todo lo del caso le pedí su dirección y le prometí la visita inmediata del mensajero con el documento autógrafo.
—Gracias, me dijo. ¿Usted sabe cuánto va a valer ese discurso en Christie’s dentro de unos años? La verdad no lo sabía entonces ni lo sé ahora, pero cualquier precio debe ser poco en comparación con el valor completo de una obra literaria en la cual están algunas de las mejores novelas de nuestra historia reciente, y también algunas de las peores.
Fuentes ha hecho una obra importante mientras iba construyendo su importancia personal. Es el más opulento e influyente de nuestros hombres de letras. La suya es una voz reconocida y en muchos casos respetada. Ha sabido sortear los efectos de la contaminación política y nunca se ha adherido a ninguna causa, excepto a la suya.
Lo veo junto al rey borbónico y lo recuerdo una noche en la casa de Heberto Castillo, en magna asamblea de hombres del pensamiento, enfrascados todos, por convocatoria de Heberto, para producir un documento seminal de una nueva organización política.
Terminado el manifiesto, desde una poltrona en cuyo brazo se reclinaba, Fuentes dio una orden amable:
—¡Eduardo! Léelo tú, Eduardo. Tú eres la mejor voz de la literatura mexicana. Lizalde le devolvió el documento y con su operática sonoridad le dijo:
—Si es por eso, mejor léelo tú”.
A la salida un largo y negro automóvil esperaba. Con botas de montar y pantalón de franela inglesa el gran escritor salió a la noche de los pedregales. Al abrirse la portezuela del auto, la luz insinuó dos bellas y largas pantorrillas de mujer blanca visibles apenas por la abertura de un abrigo.
Hasta la fecha no sé quién era esa belleza. Unos juran (como Heberto Castillo Juárez), era Jean Seberg. Otros dicen, no; era Candice Bergen. Lo mismo da. El auto ya se ha ido, como el mundo de Fuentes, imparable, incontenible, a veces negro como la noche…
racarsa@hotmail.com |