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Triunfo de la política

Jorge Javier Romero | Opinión
Miércoles 22 de Octubre, 2008 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 01:47

Dicen los críticos de los acuerdos alcanzados que se trata de una reforma chiquita, que no satisface las ansias de reforma. Y salen los expertos, creyentes absolutos en las virtudes de la propiedad privada como la única posibilidad de eficiencia del mercado, a decir que en el pacto se privilegió lo político sobre lo sustancial. Como si la existencia de consenso político no fuera básica para las certidumbres de largo plazo de una sociedad.

Lo logrado en el Senado puede tener, si se consolida, proporciones de un nuevo pacto a tres bandas para navegar con responsabilidad a través de las turbulentas aguas de la crisis económica. No es, ni lejanamente, una reforma que vaya a resolver a fondo el problema de la modernización de Pemex, pero es una señal de solidez política que fortalece al país en el momento que estalla la crisis. Es la garantía del éxito de una política deficitaria como la propuesta para el año próximo.

El gobierno ha anunciado que el próximo año va a gastar para reactivar la economía. Ha decidido invertir en crecimiento, pero sólo cuando la economía se ha caído junto con todas las demás. Va a ejercer un déficit de 1.8 por ciento. El consenso político va a jugar a favor del buen financiamiento de ese endeudamiento en momentos de turbulencia.

Pero falta mucho para saber si va a tener éxito o no lo que hasta ahora se ha dado en el Senado. ¿Cómo lo van a recibir los que están en alerta? ¿Qué tan unido va el PRD en la intención de un acuerdo? ¿Va a aceptarlo el oráculo tronante? Sin duda, la izquierda ha sido la gran triunfadora en el proceso de negociación de la reforma, pues demostró la fuerza de su veto a cambios en lo fundamental. Los elementos básicos de su propuesta quedaron en el proyecto final.

Pero al PRI no le fue nada mal. Conserva su porción de propiedad de Pemex a través del sindicato, que no fue tocado ni con el pétalo de una rosa, y sale convertido en el fiel de la balanza precisamente antes de las elecciones legislativas del próximo año. El PRI termina la legislatura convertido en el constructor de acuerdos, en el eje de la coalición gobernante.

El PAN demostró flexibilidad y comprensión de las circunstancias políticas. Fue hasta donde sus fuerzas le dieron a un gobierno débil, sometido al legislativo en sus proyectos fundamentales. El Presidente de la República contribuyó sin duda al acuerdo con el anuncio de la construcción de la refinería, lo que implica que está dispuesto a invertir en Pemex y a darle cierta viabilidad a la reforma.

Es para lo que da la capacidad de reforma de este gobierno. Es el efecto de gobernar en minoría.

Independientemente de la justeza o maldad de su proyecto original, el hecho es que no tenía construida la coalición política necesaria para echarla a andar. En un régimen presidencial de mayoría relativa, el ejecutivo siempre se enfrenta a su debilidad para hacer reformas sustanciales a su modo. Lo posible es lo logrado.

Si el acuerdo supera el risco de la ansiedad política rumbo a la competencia de 2003 y se aprueba en ambas cámaras, sin tomas de tribuna ni grandes demostraciones de inconformidad, la estabilidad del arreglo político habrá ganado mucho.

La parte que más chirría de lo obtenido en la negociación es la parte del SNTPRM. La burocracia, que no los trabajadores, es accionista mayoritaria de la empresa y la exprime en su beneficio.

Los grandes negocios de los líderes sindicales tendrán que constreñirse muy poco con las nuevas reglas. Ahí quedan huecos para las adjudicaciones directas de contratos de los que el sindicato ha abrevado largamente. Y sus sitios en el consejo de administración han resultado inamovibles. Un sindicato monopolístico, corrupto, que ha transferido recursos de la empresa directamente al PRI, ha quedado intocado en el nuevo Pemex.

El asunto de los sindicatos monopolísticos y su control de parcelas de derechos de propiedad correspondientes al Estado, de acuerdo al pacto corporativista de la cuarta década del siglo pasado, es un asunto intocado, un lastre del antiguo régimen en la democracia mexicana. El viejo dinosaurio de cola escamada, que se suponía decapitado por el hacha de la elección de 2000, está vivo y sigue sorbiendo de manera privada rentas públicas, sin control, ni transparencia, ni democracia, ni competencia.

En la reforma de Pemex el sindicato ha sido un actor con veto de primer nivel. Sin su aquiescencia cualquier cambio sería imposible. Así, los privilegios de los caciques sindicales no podían ser tocados a fondo.

Esto ha sido lo alcanzable. Un cambio en el margen, apenas incremental. Sin embargo, sus efectos en el clima político pueden ser muy benéficos. La paz partidista es una buena noticia cuando hay demasiada violencia en el resto de la convivencia y demasiada tensión derivada del trancazo económico.

jorge_javier_romero@yahoo.com-mx

 
 
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