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El sainete político de Iztapalapa, escrito por el dramaturgo López Obrador, a cada rato nos sorprende por sus vueltas de tuerca y esa extraña combinación de obra barroca con fuertes tonalidades populistas. Un complicadísimo rejuego político del que saltan frases como “¡Amarra a tus perros rabiosos!” Y es que en Iztapalapa las cosas son diferentes al resto de la ciudad, al menos en lo que respecta a la política.
Es tan diferente que a veces da la impresión de que esa, la delegación más populosa de la capital, es similar, para el resto de los chilangos, a la terra ignota que los cartógrafos del imperio romano describían con una frase emblemática: Hic sunt leones!: “Aquí hay leones”. Pero no es así: simplemente las cosas se mueven con otra lógica, en un extraordinario juego de títeres y titiriteros. Si no hay movilización de masas, no hay política. Y lo que cuenta no son las leyes ni la fuerza política real, sino qué tanto músculo y habilidad seas capaz de mostrar.
Las condiciones (“los astros”, diría Fox) se conjugaron para que, en las elecciones de julio pasado, se diera la extraña victoria del PT, llevada de la mano por una ocurrencia de López Obrador, que decidió jugarse su futuro político con un tiro a tres bandas. Le pidió a la gente que votara por Rafael Acosta Juanito, que era votar por Clara Brugada, que era votar por él mismo, por AMLO. Al hacerlo, los electores votaban por la posibilidad de que El Peje impusiera su voluntad sobre la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y sobre Marcelo Ebrard.
Agraciado con la pulverización entre los demás candidatos en Iztapalapa, López Obrador, con apenas un tercio de los votos en una delegación capitalina, fue capaz de revertir —a través de una operación mediática exitosa— lo que, en el resto del país, había sido un fracaso electoral: la ya olvidada alianza “Salvemos a México”, compuesta por el PT y Convergencia. Al mismo tiempo creó un nudo gordiano que causa muchos dolores de cabeza a sus todavía compañeros de partido y que sólo él puede romper. Genial.
En Iztapalapa ganaron Juanito —que brindó la candidatura-vehículo—, Clara Brugada —que puso una parte importante de su clientela electoral— y Andrés Manuel —quien fungió como operador central o como Celestina política. De esos tres ganadores sólo hay uno verdadero, pero los otros dos también quieren serlo. Esa es la pugna que han retratado los medios en estos días.
Es posible que Brugada —y el propio Peje, en su momento— hayan considerado que Juanito renunciaría a la jefatura delegacional a cambio, solamente, de una vaga promesa de otra candidatura. Posible, pero poco probable para alguien con el colmillo de AMLO o para quien, como Clara Brugada, conoce a la clase de luchadores sociales populares a la que pertenece Acosta. A éstos no les basta servir “al movimiento”; no se conforman con mover la rueda de la historia: quieren una recompensa inmediata, que les dé alicientes para seguir luchando. Para ellos, para su familia y para sus allegados.
Juanito no se iba a ir así como así. Y ha ido aumentando sus demandas. Primero iba a estar 15 días “para cobrar una quincena”; luego dijo que serían dos meses; más tarde, que la mitad de las plazas deberían ser para su gente. Después subrayó las diferencias con Brugada en la comisión de entrega-recepción (acusando, de paso, a Clara de poner piedritas en el camino, debido a su enemistad con la corriente perredista que deja la delegación). Se sentó en la silla y se sintió a gusto; presumió sus clubes de fans en Iztapalapa, en México y el mundo. Aparentemente el pelele se despojaba de los hilos y cobraba autonomía. Lo interesante es que nadie le ha puesto un “hasta aquí”.
Mientras López Obrador guarda piadoso silencio sobre la situación que él mismo creó, simpatizantes de Brugada —bueno, eso parecen— han hostigado y amenazado al candidato electo, dándole una coartada perfecta para cortar relaciones y negociar directamente con el jefe. No sé si el hostigamiento a Juanito sea resultado de la desesperación de Brugada —y de su empecinamiento en quedarse, mezquinamente, con todo el pastel, cuando hay mucho qué repartir a los amigos y aliados— o sea otra jugada de ranversé. El caso es que Acosta hoy puede presentarse como víctima y hasta alegar que su vida corre peligro. Eso lo hace más popular entre la tropa.
Juanito no tiene nada que perder. Sabía, desde el principio, que no tendría futuro político alguno mostrándose como un simple pelele. Que algo —además de la notoriedad pública— tendría que ganar de la situación, al cabo quien estaba en la boleta era él. O no le han llegado al precio (que no nada más incluye su parte, acuérdense de que es líder social), o ya negoció algo mejor, y por eso calla Andrés Manuel.
Brugada esperaba servir a dos amos: AMLO y Marcelo Ebrard, y alinearse con el mejor posicionado a la hora de la verdad, en el 2012. Juanito sólo puede servir a uno (además de a sí mismo), y ése es quien lo colocó en la ruta de la victoria. Además, el PT es para López Obrador un vehículo de mucho más fácil manejo que ese trailer desbielado llamado PRD. Dejará la jefatura delegacional, si lo hace, en las condiciones que más le convengan a Andrés Manuel.
A como pintan las cosas, esas condiciones pueden enviar la renuncia de Juanito a las calendas griegas. Es decir, nunca. Y el delegado de Iztapalapa puede convertirse en un enorme estorbo para el manejo de la ciudad con el que Marcelo Ebrard pretende posicionarse rumbo a la Grande. También en una figura al mismo tiempo folklórica y complicada.
Por el momento quien más pierde en el pleito Acosta-Brugada es el señor de lentes que despacha en el Palacio del Ayuntamiento. Eso no está nada mal para las ambiciones del Peje, dada cuenta que en las últimas encuestas —si bien Marcelo está mucho mejor posicionado en la opinión pública nacional— las simpatías entre los perredistas hacia sus dos más probables candidatos presidenciales están divididas prácticamente a la mitad.
fabaez@gmail.com |