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Washington, D.C.
Recientes fotografías de Barack Obama con ropa muy holgada iniciaron el rumor de que el esbelto mandatario, de quien se dice “lleva el peso del mundo a cuestas”, está perdiendo aceleradamente varios de los 74 kilos con los que llegó al poder, alarmando con esto a muchos de sus seguidores que temen un deterioro en el bienestar físico del poderoso político.
La Casa Blanca, por su parte, no ha negado ni confirmado cambio alguno en la salud del presidente, pero sus más allegados insisten en que, si ha perdido peso, no es porque haya regresado a fumar en cadena sino quizás porque por exceso de trabajo a veces no come.
En cualquier caso, la semana pasada el mismo Obama dijo en público que el hecho de que esté flaco no quiere decir que sea políticamente débil, advirtiéndole a sus adversarios que flaquito y todo, no podrán doblarlo.
Sin embargo, el mandatario no hizo mención alguna al tema de que las elecciones de este martes en varios estados serán el mejor indicio de cómo anda su otro peso, el político, a exactamente un año de que ganó la presidencia.
Al momento de escribir esta columna aún no se conocían los resultados finales de los comicios, pero las casi seguras victorias de los republicanos en las gubernaturas de Virginia y Nueva Jersey serían un duro golpe para el presidente, quien ha invertido tiempo y capital político haciendo campaña personalmente por los candidatos demócratas.
En juego estuvieron este martes curules congresionales y varias alcaldías en unas elecciones que despertaron poco entusiasmo y que de perderlas los demócratas, significarán una vergüenza para Obama dado que su partido no sólo tiene la Casa Blanca sino que controla tanto el Senado (60-40) como la Cámara de Representantes (256-177).
Funcionarios de su gobierno han venido insistiendo en que el resultado de las elecciones no debe tomarse como una prueba de la popularidad del presidente, la cual ha bajado a 50 por ciento, mientras su plan de salud está estancado en el Congreso y el mandatario enfrenta fuertes críticas por los dos meses que lleva tratando de decidir si envía o no más tropas a Afganistán, mientras que el desempleo continúa subiendo y está por alcanzar el diez por ciento.
Tal vez por eso es que el presidente que el 4 de noviembre del año pasado aseguró, al conocerse su victoria, que el “cambio había llegado”, hoy incluye en sus discursos frases como que “el cambio es difícil”, “y nadie dijo que el cambio fuera fácil o que sucedería de la noche a la mañana”.
Curándose en salud, los demócratas vienen insistiendo en que el partido de un presidente recién llegado al poder, por tradición, ha perdido siempre las elecciones estatales inmediatas.
Por cierto que en la ciudad de Nueva York, la más grande e importante del país, también un demócrata, Bill Thompson intentó quedarse con la alcaldía pero hasta la Casa Blanca dio siempre por un hecho el triunfo del independiente Michael Bloomberg, quien modificó las leyes para reelegirse por tercera vez alegando que la Gran Manzana lo necesita e invirtiendo en esta campaña un total de 85 millones de dólares de su propia fortuna.
Para muchos, Nueva York es el verdadero gran premio de la política estadunidense. Según el periódico The Wall Street Journal, quien llega a su alcaldía llega a cualquier parte, siempre y cuando no sea la Casa Blanca porque hasta ahora, aunque lo han intentado, ninguno de los alcaldes de la Gran Manzana ha podido escalar a ningún puesto de elección nacional.
Nueva York es actualmente la ciudad más segura y poblada de Estados Unidos con 8.3 millones de habitantes, 40 mil policías uniformados, muy escaso crimen y un presupuesto de casi 60 mil millones de dólares.
Bloomberg nunca ha hablado de sus ambiciones futuras aunque se sabe que la gubernatura no le interesa. Es un puesto de poca autoridad real y encima hay que vivir en Albany, la somnolienta capital del estado. En cuanto a la presidencia, competir como candidato independiente será difícil, además de que para las elecciones de 2012 este político millonario tendrá ya 70 años y tampoco hay el precedente de un presidente de la raza judía.
Pero como dijo el diario arriba citado, ser alcalde de Nueva York es mucho mejor que ser presidente. “El alcalde neoyorquino se levanta cada día y él decide qué hacer. El presidente se la pasa cachando bombas, pero difícilmente las lanza.”
“Ser alcalde de Nueva York es un trabajo que sólo se compara con ser Papa”, leí ahí.
Ojalá alguien se lo hubiera dicho antes a Obama.
cbcronica@aol.com |