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“Las corridas de toros son un espectáculo para trogloditas”
Marcelo Ebrard,
Julio 19, 2006
Ignoro qué tan intuitivo y hábil es el actual Secretario de Gobierno del D.F., José Ángel Ávila, y si durante el largo camino que ha transitado de la mano de su jefazo Marcelo Ebrard Casaubon, haya tenido la ocurrencia de platicar con su mentor de manera informal para conocer -al menos- cuáles son las preferencias, gustos y aficiones de su superior y amigo. Cualquiera diría que sí, pero todo parece indicar que no; que a pesar de ocupar tan estratégica posición, además, exigente de una vocación eminentemente diplomática y negociadora, el importante funcionario no está al tanto de que MEC no comparte su afición por la mal llamada “fiesta brava”. Siendo así, empinó gachamente a su jefe con recientes declaraciones en apoyo y promoción de la cruenta, salvaje y primitiva práctica, cada día en más decadencia y corrupción… o si no… ¿por qué entonces tantos llamados para su salvamento por parte de los más reconocidos cronistas del toreo, y no sólo aquí en mi país, sino también en España?... o… ¿por qué darle tanta importancia a la instalación de una Comisión, entre los tantos problemas que agobian a la ciudad? Pero para más, el secretario comprometió con sus dichos a los 66 diputados locales… ¿¡cómo!?...
Resulta que el pasado miércoles, justo hace 8 días, el servidor público tuvo a bien no sólo hablar (de más) en nombre del gobierno que representa, sino que además se dio el lujo de embarcar a los Representantes capitalinos en un intento por apoyar una situación, que más allá de lo legalmente permitido, es una ruina moral para la humanidad. Declaró, durante la instalación de la Comisión Taurina del D.F. (grupo con vigencia de tres años, que inexplicablemente por el caso de una decrépita y absurda legislación, está obligado a nombrar el Jefe de Gobierno del D. F. para asesorarse en la materia), que empresarios, toreros, rejoneadores, jueces de plaza, asesores, médicos veterinarios y en fin, que todos los aficionados y practicantes de la tauromaquia, encontrarán en el gobierno de la Ciudad de México y en la Asamblea (insisto en ver el tamaño del atrevimiento y el descaro para esto último) “el respaldo que requieren para conservar viva la tradición”, según documenta en su edición del 28 de octubre el periódico Milenio, y eso, no es competencia oficial del señor Ávila, que privadamente puede hacer y decir lo que le venga en gana, pero no como representante del Jefe de Gobierno ni por su propia posición laboral, que lo obliga exclusivamente a ejercer las facultades previstas en el Reglamento correspondiente, dentro de los términos establecidos, y por conducto de los órganos y personas señaladas para tal efecto. Puede, sí, dictar medidas y disposiciones para el cumplimiento y aplicación del ordenamiento respectivo, para su interpretación, y en tal caso, para resolver situaciones imprevistas. También está obligado por la Ley de Espectáculos Públicos, a vigilar la aplicación de esa instrucción, entre ello, por cierto, que los locales en que se celebren espectáculos sean seguros, que cuenten con sanitarios suficientes y limpios y estacionamiento, situación que el coso de Insurgentes incumple, pero que de ello no se habla ¿verdad?; sin embargo, de lo anterior, a permitirse con tanto descaro y aspaviento promocionar la tauromaquia, hay un largo trecho, especialmente si se toma en cuenta que un gobierno democráticamente electo sirve a todos los ciudadanos, respetando a cada cual en su raza, creencias, economía y preferencias… y no por ello comprometiéndose tan frágilmente pues… de por sí resulta totalmente absurdo que un gobierno esté implicado legalmente en un ¿espectáculo? tan nefasto como son las corridas de toros, en las que por cierto, además, existe una discriminación total, por cuanto los animales humanos y los no humanos que decidan o sean obligados a estar en una plaza o a ser “toreados”, son tratados en su seguridad e higiene con gran diferencia, ya se trate de una plaza de primera, de segunda o de tercera. El tormento a los animales, los artefactos que se utilizan para su muerte, la misma talla y edad de los bovinos, y hasta la forma enfrentarlos son diferentes para cada ocasión. Eso, es lo que debería estarle preocupando y ocupando al servidor público, y no “ver llena la Plaza de Toros México, porque impulsa la economía de la capital”… ya que también provoca violencia y abuso, ¡vamos!, hasta insalubridad. Pero de eso… tampoco se habla ¿verdad?
Según la nota periodística de referencia, el secretario de gobierno pretende lograr consenso entre los taurinos, olvidándose de los antitaurinos. Que puntos más o puntos menos, en un 70/80 por ciento, globalmente la ciudadanía está en contra de un ¿espectáculo? “propio de una sociedad con enorme rezago ético y cultural”. Bastaría incluso que José Ángel Ávila buscara en la web para darse cuenta de que no exagero. Es más, está a su disposición una modesta campaña nacida en México, que puede encontrar tecleando la página htpp://www.petitiononline.com/55400000/petition.html. En ella, están plasmados los nombres y comentarios en contra de la “fiesta de los toros”, hasta ayer martes, de 21,172 personas. Las nuevas generaciones, nuestra juventud actual, ya no quiere ver sangre ni violencia. Está hasta el queque de ello, y mucho menos, los nacionales reconocen en la cruenta ¿fiesta? una ¿tradición? propia. ¿Se entenderá?
La verdad es que el funcionario debe reconocer que la regó, que calladito y cumpliendo puntualmente con lo que le corresponde, se hubiera visto más bonito… bueno… un poco. Que puso en riesgo a su jefe… pues los antitaurinos también votamos, y somos una impresionante mayoría. Que le valió gorro la existencia de una ley local de protección a los animales, y la local de cultura cívica que en su Artículo 25, fracción XVII, califica como infracción contra la seguridad ciudadana “organizar o participar en peleas de animales, de cualquier forma”. Y… no me vengan con que las primitivas “corridas” no son una pelea entre animales, aunque siempre lleve ventaja el dizque racional.
Un abrazo muy cálido, como su corazón, a mi querida Rosa de la Rosa.
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