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No sabía qué escribir, sin embargo jamás me imaginé que mis lágrimas iban a bañar esta columna, porque me enteré tarde que mi amigo tan querido, Jorge Vargas, se murió. Se fue a una mejor vida, como queremos creer algunos.
Ahí, espero de corazón, que esté junto a todos los ángeles del cielo y haciendo reír a San Pedro, como me hacías reír a mí con tus puntadas. Ni la enfermedad pudo quitarte el buen humor. Aún recuerdo que antes de internarte en el hospital para operarte me dijiste que podrías tener cáncer, pero jamás arrugas. Guapo fuiste, guapo te fuiste. Amigo, te quiero, te quise muchísimo y quizá nunca te lo dije o quizá nunca te lo demostré. Eras maravilloso.
No sólo como actor, como cantante, porque el día de mi boda por la iglesia me hiciste el gran y enorme favor de cantarme el Ave María al son del mariachi que teníamos el gringo y yo en el Santuario de Nuestra Señora de Ocotlán. Ahí llegaste con Mery y tus hijas. Tengo tus fotos en el atrio y todo eso fue sólo por amistad.
Me acuerdo de miles de anécdotas contigo, cuando me pediste mi dirección y llegaste hasta mi casa, dos horas después porque no la encontrabas y mandaste a todos los policías amigos a hacerme la broma de que saliera de la casa con las manos en alto porque estaba rodeada. Y sólo me traías una deliciosa carne para asar, me la trajiste desde Sonora. Era especial y la mejor de todas.
El lunes 2 de noviembre, Día de los Difuntos te fuiste. Te venció una estúpida bacteria, no el cáncer, tú no te ibas a dejar de esta enfermedad. Y me lo dijiste cuando entraste a los estudios para saber qué tenías.
Pero tampoco, no fue la tristeza de estar sin tu familia, sabías que tus hijas estudiaban en Estados Unidos, Mery, tu adorable esposa, tu compañera de vida, la mujer que crió a tus hijos, Jorge y Ernesto, cuando Lupita D’Alessio los dejo siendo niños, estaba a tu lado, con la decisión firme de que era lo mejor para ellas.
Y lloraste esa partida conmigo, fue horrible ver a ese hombre tan fuerte, tan valiente llorar por sus hijas que iba a una vida mejor. Pero Mery no aguantó estar lejos ni tú de ella y por eso, aunque decías barbaridad y media, te fuiste para allá, desmantelaste tu casa de Arboledas.
El 13 de septiembre de este año te invité a mi casa a comer pozole, no pudiste porque ibas a cantar. Siempre en tus palenques. Quedamos de vernos tantas veces, quede de ir a verte al hospital otras más y no sucedió, pero me queda en la memoria que mi amigo me mandó saludos, preguntó por mí, yo le envié más besos a través de la tele, porque siempre estabas al pendiente de eso. No te vi, pero ya se que me estás esperando allá... tárdate un poquito en verme, cantarme o hacer bromas. El gringo y yo te vamos a alcanzar... algún día.
Tengo la foto tuya con mi hijo en el bautizo de mi Pato, conmigo, con el gringo. Siempre estuviste en los eventos más importantes de mi vida. Bien recuerdo cuando te conocí.
Estaba recién tu divorcio con la gran Lupe. Todos queríamos preguntarte lo mismo, en aquellos tiempos, los 80, todavía no te casabas con Mery o estabas a punto de ello, pero con la inocencia de quien empezaba en el periodismo y se enfrentaba a los grandes actores como tú, te pregunte y me contaste:
“Una vez, cuando era adolescente, hablé de una novia con unos amigos, mi padre me escuchó y me puso un coscorrón tremendo, diciéndome que un caballero jamás habla de una mujer, que los hombres de verdad jamás hablan de ninguna mujer, porque yo salí de una mujer y mi vida está rodeada de ellas. A las mujeres las amo, a todas”.
Lo demostraste, jamás hablaste mal de Lupe, bueno, quizá un poco al final de los días en este mundo. Incluso recuerdo una vez en que estábamos en un concierto de Lupita en el Fiesta Americana de la Glorieta de Colón. Ahí llegaste a verla con Mery y los dos me contaron que Mery y tú cuidaban a Cesarín, que el pequeño estaba con sus hermanos en su casa.
Jorge Vargas, actor, cantante pero sobre todo un amigo entrañable. Ahí espérame con todos mis amigos: con mi hermano Pedro Plascencia Salinas, con Pablo Raffi, con Miguel Galván y con toda mi familia. Ahí llegaremos un día y ahí estaremos platicando de todo lo que vivimos de bueno en esta vida. Espérame tantito... pero sentado, amigo, sentado para que no te me canses. |