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Hace unos días me llegó una propuesta encantadora: montar dos obras que siempre he querido realizar. Una de ellas se refiere al Bolero de Ravel, no de Raquel, como alguna vez equivocadamente dijo Raúl Velasco en un programa, pieza de toque para cualquier músico o bailarín. Yo pude ver por televisión y maravillarme de la puesta en escena que realizó Maurice Bejart, coloso de la coreografía de nuestro tiempo al que obviamente me referiré en otra ocasión; era un solo de hombre que verdaderamente me cautivó y por lo mismo siempre quise dejar a un lado la idea de coreografiar esta bellísima música, pero hete aquí que ahora que me incitan a realizar esta empresa, para mí un verdadero reto, no sé qué pase, pero posiblemente me anime a entrarle al toro. Perdonen este preámbulo, pero así lo siento.
Maurice Ravel nace en Cíboure (Bajos Pirineos), en 1875, pero a los 12 años fue trasladado a París, en donde estudió música, ingresando al Conservatorio en 1899. A pesar de su innegable talento, sus cuatro intentos para obtener el premio de Roma fracasaron; en el último, al no conseguir el preciado galardón, llamó mucho la atención tal decisión, pues ya era muy conocido como compositor, lo cual motivó que se criticara al Conservatorio y su director Dubois tuvo que dimitir, nombrándose a Fauré en su lugar, quien era maestro de Ravel.
Cuando en 1907 se estrenaron sus Canciones irónicas y joviales, Ravel se convirtió en el centro de acalorada controversia, y así el París musical se dividió en dos bandos, uno que consideraba a Ravel como un mediocre imitador de Debussy y otro que lo apoyaba por reconocerlo como un compositor muy personal de gran fuerza y originalidad, a pesar de no negar que estaba influido por aquél. Cuando se estrenó su Rapsodia española y después Gaspard de la Nuit, se cimentó su fama acrecentándose más al representar La Ópera Cómica de París su ópera en un acto L’heure espagnole en 1910. Dos años más tarde el mago Diaghileff montó un ballet, Dafnis y Cloe, que puede ser considerada la obra maestra de Ravel.
Como resultado de su servicio militar en la Primera Guerra Mundial, Ravel padecía una enfermedad nerviosa de la que nunca llegó a curarse, pasó los últimos años de su vida en el pueblecillo de Montfort I’Amauray, cerca de París. David Ewen hace la descripción de Ravel tres años antes de morir: “Vive en tranquila soledad… Bajo, de aspecto desmedrado. Tiene el cabello completamente gris, la nariz aquilina, los ojos con destellos nerviosos. Sus gestos, al hablar, son bruscos y cortantes; se mueve con rapidísima suavidad y garbo”. Así muere en París en 1937 este extraordinario compositor, expresando su credo musical con estas palabras: “Yo no soy un compositor moderno con buen olfato para escribir canciones radicales y contrapunto desunido, porque nunca he sido esclavo de ningún estilo de composición. Tampoco me he aliado con ninguna escuela de música en particular. Siempre he sentido que un compositor debe trasladar al papel lo que siente y como lo siente sin tener en cuenta cual sea el estilo de componer del momento. Siempre he tenido la sensación de que la música grande tiene que proceder del corazón. Cualquier música creada exclusivamente por el cerebro y la técnica no vale siquiera lo que el papel en que está escrita”, declarando también que sus fuentes principales fueron Emmanuel Chabrier, Erik Satié y Gounod.
Entre sus composiciones destacan su Concierto para la mano izquierda, La alborada del gracioso, Pavana para una infanta difunta, pero sobre todo La Valse y Bolero se hicieron universalmente famosas. Y así, soniando al tocar al piano su Sonatina o imaginarme bailar su Bolero, evoco a este maestro incomparable, por lo mismo tan discutido, y admiro su gran riqueza de efectos sonoros, su gran variedad de expresión, baluarte indiscutible del arte musical francés, voz clara, precisa e intelectual en la música moderna, audaz en su armonía y típicamente francés en su exquisito arte, y por ello me despido con tres emes: m(erci), m(onsieur) M(aurice) Ravel.
soamelio@hotmail.com |