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Las tiendas departamentales y los supermercados están rebasando su papel de sitios de compra y venta de alimentos. Ahora, son espacios para ligar, pasear, descansar, pasar el tiempo sin tener que comprar nada ni pagar por entrar.
En entrevistas con Crónica, gerentes y empleados de varios establecimientos comerciales en la Ciudad de México confirmaron la tendencia.
Un empleado de la tienda Suburbia del Sur de la Ciudad de México refirió que, en las mañanas, hay mayor presencia de mujeres solas que se ve que no tienen mucho qué hacer y se dedican a pasear por la tienda, algunas con claras muestras de buscar “novio”.
Entre los empleados también es frecuente el ligue; sin embargo, “les pedimos que no se distraigan con esto en los horarios de trabajo, aseguró a Crónica José Toral, de la tienda Gigante Santa Mónica.
“El ligue aquí sí se da, pero controlamos la situación. Aunque cuando ellos están afuera de la tienda, pues son libres de hacer lo que quieran en este sentido. “¿A poco no hay ligue?”, preguntó José a una empleada güerita, de ojos claros, y sonrisa pícara, que se ruborizó al tiempo que se rió.
—¿Ya lo ve? Ahí está la prueba.
Por su parte, el gerente de Gigante Santa Mónica, que pidió el anonimato, explicó que él ha visto que “entran muchas parejas de chavos que se pierden en la tienda para noviar”. Están ahí las horas platicando, besándose, sobándose, queriéndose lo que se puede.
Pero no sólo a ligar llega la gente.
El gerente de una tienda Comercial Mexicana al norte de la ciudad, aseguró a Crónica que el público no sólo llega a comprar verduras, sino que la visitan “familias enteras para pasear; ven cosas, compran algo, y pasan parte de su día de descanso”, refirió el gerente, quien también prefirió mantener el anonimato “porque es política de la empresa que no hagamos declaraciones”.
José Toral coincidió con su colega. El supermercado se ha convertido en un sitio de reunión, al que vienen familias de paseo, aunque algunas sí continúan comprando el súper.
“Hay un cambio en la gente desde hace algún tiempo. Se observa a hombres solos que vienen a hacer sus compras. Mire, las mujeres llegan a comprar desde que abrimos la tienda hasta las siete de la noche, más o menos. Después de esa hora los que llegan son hombres, algunos vienen porque su mujer los manda con una lista para hacer compras”.
José observó que en los varones se da un distinto comportamiento a la hora de visitar la tienda: “Cuando el súper lo hace el hombre es diferente, porque después que hace las compras que le encargaron generalmente pasa al departamento de ferretería o al de autos, y a veces al de caballeros. Es decir, para nosotros se crea una venta adicional”.
En cambio, refirió, cuando el súper lo hacen los matrimonios, “es la mujer la que orienta al hombre para que vayan al departamento de electrónica y línea blanca. Generalmente la compra de estos aparatos es en común”.
Un encuentro amoroso típico en una tienda céntrica
La mujer miraba de reojo al hombre que hojeaba unas revistas, ella de unos 40 años, de facciones finas y serenas no dejaba de mirarlo, también en la tienda, en el área de discos. Las miradas se cruzaron, algo hizo contacto en el ánimo de ambos, en el corazón, en la psiquis.
El destino, la distribución del espacio, o vaya a saber qué perversa feromona nos conduce a esa inmolación simbólica de la especie, por eso ellos se toparon de frente en el departamento de vinos. Y al son de soy totalmente gourmet, el pretexto fue lo de menos.
Él siendo experto en caldos vínicos, tuvo la ocurrencia de preguntarle sobre su materia, para situarla a ella, aparente presa, en un terreno donde se sentía seguro, para lanzar el primer zarpazo: así que fingiendo una ignorancia inconcebible ante sus amigos, preguntó:
—¿Qué vino me recomiendas?
Ella contestó con esa voz cristalina, también interesante y sensual: depende de qué vayas a dar de plato fuerte.
—Cordero en salsa de menta— y pensó en tres.
—Un Beaujolais, cosecha 1994 o uno de La Rioja, cosecha 1982.
Una luz se encendió en su interior, la mujer había acertado y aparte de eso, su pronunciación era perfecta.
Pero como hablar de vinos sólo puede conducir a paladearlos, a la luz de la frase “el movimiento se demuestra andando”, ambos bebieron y después de eso también comieron de sus cuerpos. Una tarde de julio celebraron con vino la caída de la lluvia, acompañados del sonido acompasado que produce allá afuera el agua tras los ventanales de un departamento de soltero. |