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¿Sería posible hoy en día una estatua de Hitler en pleno centro de Berlín o de Stalin en Moscú; erigirán una en Santiago de Chile cuando muera Pinochet, o en La Habana después de Castro? ¿Por qué hay dictadores, como Lenin, que merecen ser recordados en monumentos, y otros no; hay dictaduras buenas o malas? Todas estas preguntas están saliendo a la luz en España a raíz de un debate que sigue levantando ampollas casi 30 años después de reinstaurada la democracia: ¿Qué se hace con los símbolos franquistas que perduran en muchas partes del país, y sobre todo, qué se hace con el faraónico mausoleo donde está enterrado Francisco Franco?
La tumba del general que se rebeló en 1936 contra la República española, que en 1936 provocó y ganó la Guerra Civil, y luego sumergió a la nación en una dictadura nacional-católica durante 40 años, es probablemente el mayor monumento funerario de Europa y fue construido durante 18 años por miles de presos condenados a trabajos forzados que lucharon en el bando republicano. ¿Qué mayor humillación que construir una tumba digna de reyes al general que los derrotó?
Se trata, por tanto, de un gigantesco símbolo de la división de España que el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero quiere, si no derribarlo, ya que provocaría la ira de sectores civiles y militares afines al régimen anterior o simplemente el rechazo de españoles que no desean remover un pasado traumático, sí al menos reconvertirlo en un monumento que reconozca realmente a todos los que cayeron en ese conflicto fraticida que asoló España hace ya más de medio siglo. Un monumento, en definitiva, que haga honor a su nombre: el Valle de los Caídos.
Santuario. Desde la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, la basílica-mausoleo, excavada en la cima de un enclave rocoso y presidida por una gigantesca cruz de 150 metros de altura, visible a 30 kilómetros de distancia, es un santuario de peregrinación de franquistas y neofranquistas, mezclados con turistas que se sorprenden tanto de la majestuosidad del conjunto como de la austeridad de su interior y de la tumba, una lápida con una única inscripción: Francisco Franco 1892-1975. A su lado, la tumba de su tutor ideológico, el fascista fundador de Falange Española José Antonio Primo de Rivera 1903-1936.
Pero el Valle de los Caídos, situado a 80 kilómetros de Madrid, no es ni mucho menos el único símbolo franquista. En pleno centro financiero de Madrid hay una estatua ecuestre del Generalísimo en la Plaza de San Juan de la Cruz. La estatua de Franco, objeto frecuente de bombardeos de pintura roja y manifestaciones antifranquistas, está en el centro de la polémica porque nadie se atreve a retirarla.
Luego de un pedido de la coalición comunista Izquierda Unida (IU), el ayuntamiento de Madrid y el gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, ambos controlados por el derechista Partido Popular (PP), se lavan las manos alegando que no tiene autoridad para ello porque la estatua no les pertenece. Por otro lado, el gobierno central, socialista (PSOE) dice que tampoco pertenece a Patrimonio del Estado y que, por tanto, no es competencia de ellos.
Finalmente la paternidad de la estatua se la adjudicó la Universidad Complutense y explicó que dicha estatua iba a ser instalada originalmente encima del Arco de la Victoria de Madrid, construido a las afueras de la ciudad durante la dictadura a mayor gloria de Franco, pero finalmente nunca se subió a lo más alto, ya que nadie se ponía de acuerdo sobre si la estatua debía mirar hacia fuera o hacia dentro de la ciudad. Franco se hartó y finalmente la donó a la Complutense, que decidió instalarla en el Paseo de la Castellana.
El cambio de régimen no afectó al patrimonio de la mayor universidad del país, que sigue siendo dueña de la polémica estatua y también del Arco de la Victoria. Sus actuales dirigentes se han unido también al coro de voces que quieren aprovechar el reciente cambio de gobierno para culminar la limpieza de la simbología franquista en España.
Sugerencias. La Complutense ya se encuentra en conversaciones con el Ayuntamiento de la capital para que el Arco de la Victoria pase a llamarse de la Concordia y se elimine toda la simbología franquista que todavía presenta, como el águila imperial o las flechas de la Falange. Pretende también financiamiento para retirar la estatua ecuestre y retirarla de la vista al público hasta que se decida qué hacer con ella.
La iniciativa universitaria podría ser resuelta sin que tenga que intervenir la cámara municipal, gracias a la aprobación esta semana en el Congreso de los Diputados, con el voto favorable de todos los partidos y la abstención del PP, de una proposición de ley que insta al gobierno a retirar en todo el país los símbolos del franquismo en edificios y vías públicas, incluyendo esculturas.
El objetivo es que para 2008 a más tarde hayan desaparecido todo vestigio de franquismo en muchos de los ocho mil municipios españoles, especialmente en Galicia, patria pequeña del ex dictador y donde su memoria está más presente. El Ejecutivo ha prometido también que estudiará el caso concreto del Valle de los Caídos para reparar la memoria de los “perdedores”.
“O burro e o cavalo hai que tiralo”. Esta pintada escrita en gallego que se lee en algunas paredes del Ferrol, ciudad de Galicia donde nació el ex dictador, y que hace referencia despectiva a la estatua ecuestre de Franco, que sigue presidiendo la Plaza de España, podría tener ahora sus días contados y, como comentó un dirigente local: “Si el año pasado cayó en Bagdad la estatua del mismísimo Sadam Husein, ¿por qué no iba a caer la de Franco aquí?”. |