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| “Sólo ha tomado Gueitoreid y agua desde ayer, ya no aguanta”, explicó una mujer cuando Osvaldo Gordon, el Cristo de Iztapalapa, se desmayó a unos metros de donde sería crucificado. Foto: Ariel Alvarez
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La mirada de Jesús se perdió por algunos segundos. El ayuno que llevaba desde hace dos días y el cansancio tras la caminata, provocó que a unos metros de su destino final, el Cristo de Iztapalapa se desmayara antes de “morir”.
—¿Estás bien, estás bien? —le preguntaron.
Y mientras lo ayudaban a levantarse lo animaron: “Órale, usted puede, ¡échele!”.
Una mujer que lo acompañaba y que lo auxilió, justificó: “Sólo ha tomado gueitoreid y agua desde ayer, ya no aguanta”.
Osvaldo Gordon agarró un segundo aire y, como pudo, continuó el recorrido con la paz que le permitía el agotamiento.
Sin embargo, esa paz que algunos pensaban, reinaba en el lugar, fue vencida por la ira de un grupo de personas que al verse impedidas por una fila de policías, a continuar disfrutando de cerca la procesión, arremetieron a botellazos contra los uniformados.
Un joven que no pasaba de los 18 años comenzó la agresión que ninguno de los apóstoles registró en la Biblia.
Tomó una botella con agua y la lanzó por los aires buscando la cabeza de un policía. Unas diez personas siguieron su ejemplo.
Botellas, naranjas y demás objetos llovieron sobre los uniformados que levantaron sus escudos para protegerse.
Algunos de ellos, por no decir todos, no pusieron la otra mejilla, como religiosamente se recomienda en esos casos. Prefirieron regresar los proyectiles con un aderezo verbal: “¡Aviéntame mejor una hermana!”.
Durante algunos minutos los objetos arrojados formaban parábolas en el aire mientras Jesús, sin mirar atrás, se enfilaba a la punta del “monte calvario”, o sea el Cerro de la Estrella.
En una zacapela previa, tampoco registrada en las escrituras: un centurión fue tomado por la armadura y derribado del caballo para terminar azotado en el suelo. El agresor fue un visitante que se molestó porque el cuadrúpedo le dio un coletazo en la cara.
LO ESCRITO. La procesión siguió y quedó atrás la trifulca. Cuando Jesús estaba a punto de expirar, sus ojos se clavaron en un papalote que volaba a lo lejos.
Eran las 16:18 cuando, amarrado a la cruz, pronunció lastimosamente sus últimas palabras: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dio un último respiro.
La sangre que le rociaron con jeringas le corría por el rostro bañado en sudor. Sus pies sangraban de verdad.
Pero ninguno de los 200 paramédicos que andaban por ahí podía hacer algo para ayudarlo.
El cielo nunca se abrió pero sí rugió gracias al vuelo rasante de cuatro helicópteros, uno de la SSP, dos de televisoras y uno de una estación de radio. Una rulfiana polvareda inundó entonces Iztapalapa.
El calvario de Osvaldo Gordon comenzó desde las 8:00. El joven de 18 años que estudia la preparatoria salió a pie de su casa en el barrio de San Ignacio.
Sin alimento alguno en el estómago, pero “bien hidratado” se dispuso a que lo encarcelaran, mientras Herodes y Poncio Pilatos lo enjuiciaban en sus palacios, ubicados a sólo tres calles de la prisión.
Algunas personas se formaban para ver a Jesús tras las rejas y tomarse fotografías a su lado.
Otras más veían todo desde una azotea, previo pago de 10 pesos por cabeza.
—Desde ahí se ve todo, nos evitamos de los empujones y les compro un refresco —les decía una mujer a sus hijos.
Mientras algunos de los dos mil nazarenos corrían por las calles de Iztapalapa con sus túnicas moradas por las que pagaron alrededor de 120 pesos, los soldados del ejército romano insultaban a Jesús.
La Virgen María, o sea Itzel Flores, la joven de 20 años que estudia diseño industrial, no podía contenerse.
Lloraba por su hijo mientras decenas de personas vendían paliacates en 10 pesos o tatuajes con la imagen de Cristo, a un peso: “Es para que continúe la tradición”, justificaban.
Poco antes de las 13:00, Jesús dejó el cautiverio. Llegó hasta los palacios en los que se decidiría su destino. Y en una hora y media todo se resolvió.
Con la ropa desgarrada y manchas de sangre en la espalda, por los azotes, el Cristo de Iztapalapa inició su caminata de dos kilómetros hasta el Cerro de la Estrella.
Decenas de caballos del Gobierno del Distrito Federal montados por integrantes de la guardia romana abrían paso al hombre que llevaba en los hombros una cruz de 90 kilogramos.
Pasaron 10 minutos y Jesús cayó por primera vez. Lo hizo sobre un templete y frente a un puesto que vendía tortillas de comal.
El molino de chiles Doña Paz y una paletería fueron testigos de las otras dos caídas.
Mientras esto ocurría, Judas se ahorcaba. Quedó colgado, igual que el moñito tricolor en contra del desafuero de López Obrador, que usó en el pecho durante toda la representación.
Antes de provocarse la muerte había explicado: “yo creo que la justicia debe ser objetiva”, en referencia a su particular distintivo, que tampoco figura ni en el libreto ni el vestuario originales.
“Cada día es más feo, antes era pura fe”, rememoró doña Angelina, una vecina que desde hace 72 años presencia la representación al pie del Gólgota iztapalapense y que esta vez debió convivir con dos millones de personas que acudieron a la “tierra santa” capitalina.
“Ahora están muy agresivos, lo agarran de negocio y ya hasta la política le meten”, refunfuñó Angelina.
Tiene 2 años y caminó descalzo hasta el cerro
A sus cinco años, Rafael Torres Pico sólo tiene un objetivo: ser el Cristo de Iztapalapa cuando sea mayor de edad. Para ello, desde hace cuatro años participa como uno más de los nazarenos en la representación de la Pasión de Cristo que se realiza en esa demarcación y considera que sólo alejándose del pecado puede ser escogido.
“He pecado muchas veces, pero quiero portarme bien para que cuando tenga 18 (años) me escojan como Cristo”, dijo el niño.
Así como él, cientos de niños comienzan su personal formación religiosa en torno al Vía crucis en la delegación.
A algunos, con apenas dos años de edad, sus padres les compraron sus disfraces de nazarenos, incluida una pequeña cruz de unos dos kilos de peso, y caminaron todo el recorrido acompañando a los actores.
Incluso, los pequeños recorren la ruta descalzos y hasta hacen “sacrificios” como no pelear o decir groserías: todo para ser “buenos”.
Brian Daniel está por cumplir tres años y mientras camina por la pendiente que conduce al Monte Calvario de Iztapalapa —el Cerro de la Estrella— considera que debe hacer penitencia por todo “el mal” que ha hecho.
Este viernes, apenas pudo cargar su pequeña cruz negra de madera. Con paso lento, la arrastró para que “mi familia y mis amigos se alejen del mal”.
También tiene el sueño de obtener el papel estelar en la representación, pero no por juego, sino por fe, ya que así podrá, dice, “ir al Cielo”.
Asimismo, Fernando Castro, de ocho años, dijo: “Si yo sufro como lo hizo Jesucristo, me voy a ir al cielo porque voy a ser igual de bueno que él”.
Entre los más de dos mil nazarenos que participan en la procesión los cientos de niños que participan toman en serio su papel: se ponen coronas de espinas y llevan un rosario en la mano, preparándose para, en un futuro, según dicen, ser crucificados. (Alejandra Sánchez) |