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Matrimonio a la española: Pedro y María; Juan y José

Ciro Murayama | Opinión
Viernes 1 de Julio, 2005 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 02:25

El Congreso de España aprobó ayer la ley que permite el matrimonio entre homosexuales. Con 187 votos a favor, entre ellos los del PSOE, Izquierda Unida, Esquerra Republicana de Catalunya y Coalición Canaria, por 147 en contra (del Partido Popular y de la formación catalana Unió Democrática), esa norma también permite la adopción de niños por parte de parejas homosexuales.
España se suma, así, a otros dos países europeos, Bélgica y Holanda, y a Canadá que también esta semana aprobó la no discriminación a las parejas homosexuales otorgándoles los mismos derechos que a las formadas por un hombre y una mujer. Para José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente español, tras esos ejemplos “vendrán otros muchos países impulsados por dos fuerzas imparables: la libertad y la igualdad”. En su intervención en Las Cortes, Zapatero consideró que España es desde hoy “un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros”. Para el grueso de las fuerzas políticas que aprobaron la medida, es un triunfo de la tolerancia.
En sentido contrario, por supuesto, se pronuncio el PP, quien hace un par de semanas convocó a una manifestación pública, alimón con la jerarquía de la Iglesia católica, para frenar la ley. Su argumento central es que con la legalización del matrimonio gay se ha “atacado a la familia”, como si una unión de pleno derecho entre Juan y José hiciera mella a un bien avenido matrimonio entre Pedro y María.
Ayer, en el pleno del Congreso español, el PP llegó a la pretensión paternalista de velar por los gays frente al gobierno: “Es que Zapatero les ha utilizado. Una persona insegura como él, sin proyectos, decide instrumentalizar a un colectivo con fines propagandísticos, sin reparar en la crispación que está creando”.
La Iglesia, por su parte, ha llamado a la rebelión de los jueces, proponiéndoles que se resistan a casar a homosexuales. Es decir, un llamado a incumplir la ley y a discriminar, con base en las creencias individuales, a determinado tipo de parejas negándoles un derecho que ya está debidamente establecido.
Como escribió el domingo Mario Vargas Llosa: “detrás de todos esos argumentos no hay razones, sino prejuicios inveterados, una repugnancia instintiva hacia quienes practican el amor de una manera que siglos de ignorancia, estupidez, oscurantismo dogmático y retorcidos fantasmas del inconsciente, han satanizado llamándolo ‘anormal’”. Por la misma vereda anda Fernando Savater cuando afirma: “El erotismo humano es —afortunadamente— diverso y complejo: las relaciones homosexuales forman parte de él y su condena no proviene de la moral sino de la negra superstición, que odia y/o teme cuantos placeres no comporte”, pero entiende que: “Es lógico que la Iglesia Católica —que vive sobre todo de la gestión de bautizos, bodas y entierros— haga aspavientos si cree que van a alterar la parcela que administra desde hace tiempo con astuta alternancia de tiranía y paternalismo”.
En México, preocupados por el Metrobús, estamos lejos de desarrollar el debate sobre temas que, a quererse o no, forman parte de la vida y de las preocupaciones más sensibles de la sociedad mexicana de hoy, como el matrimonio gay, por supuesto, pero también asuntos como la eutanasia o la legalización del aborto.
Lo más cercano que hubo, en nuestro caso, fue la iniciativa de ley para las “sociedades de convivencia” en el DF que, a pesar de contar con el respaldo inicial de la mayoría de votos en la Asamblea Legislativa de la capital, fue congelada ante una oportuna llamada de atención del Señor… cardenal Rivera.
Aquella loable iniciativa, sin embargo, no contemplaba derechos en materia de adopción. Había quien argumentaba que eso carecía de importancia ya que en la legislación nacional un adulto en lo individual, con independencia de sus orientaciones sexuales, tiene derecho a adoptar a un menor y que, por tanto, cabe la adopción por homosexuales; pero precisamente hay parejas que desean adoptar siendo tales, es decir, criar un hijo o varios entre ambos, con la potestad legal para las dos partes como ocurre con las parejas heterosexuales que tienen hijos o los adoptan. Toda esa discusión, insisto, nos queda lejos a pesar de ser una sociedad bastante secularizada y plural.
De momento a España con el matrimonio gay ha llegado, por consiguiente, el divorcio gay. Y eso también será algo digno de verse.

 
 
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