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Otra derrota

Fernando Escalante | Opinión
Miércoles 1 de Febrero, 2006 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 04:15

Dentro de dos o tres semanas habrá cerrado la librería Las Sirenas de San Ángel, en la Ciudad de México. Era una de las pocas, poquísimas librerías que había en el sur de la ciudad; quedarán ya sólo esos desagradables almacenes de novedades y saldos: Gandhi, El sótano, y las secciones de libros (o lo que sea) de Sanborn’s. Es una mala noticia, triste, para todos los que íbamos regularmente allí a buscar libros que ya será imposible encontrar en otra parte, pero es también una mala noticia para el país, un indicio desolador.
Imagino que la mayor parte de nuestros notables: intelectuales, políticos, funcionarios, si llegan a enterarse de la noticia, encontrarán razones para festejar; en buena lógica, deberían hacerlo, porque es a fin de cuentas una nueva victoria del mercado, otro episodio en la historia de la libertad, y siempre hay motivo para celebrar cuando se abre paso lo nuevo, cuando triunfa el genio empresarial, moderno, cuando se impone la fuerza avasalladora del capital rompiendo inercias. Se queda atrás, fuera de juego, el país ineficiente, premoderno, el que no es competitivo. Avanzamos.
No. Es una derrota. Ese pequeño episodio es una pérdida para todos los posibles lectores del país y también para los que no leen. Es señal de un fracaso vergonzoso del Estado mexicano, incluidos el gobierno y el Congreso y todos los partidos, porque nadie ha tenido el menor interés en proteger lo poco que queda de industria editorial y librerías en México. Porque de verdad el tema les parece insignificante, si llegan a distinguir un libro de otro, una librería de una bodega de papel impreso y no se les ocurre por qué podría ser importante conservar editoriales y librerías. Poco a poco va quedando todo en manos de dos o tres grandes consorcios, de magnífica rentabilidad, sin duda: el resultado final es que haya cada vez menos librerías, con una oferta de libros más reducida, gris, y precios mucho más altos. Y no es una consecuencia inevitable del funcionamiento del mercado, sino de las reglas que se ponen al mercado. Podrían ser otras, darían resultados muy distintos. Hablemos en serio: aparte de la retórica, no hay tal cosa como un “mercado libre”, todo mercado funciona sobre la base de un conjunto de reglas que no son ni universales ni neutras.
Hace sesenta años decía Daniel Cosío Villegas que la industria editorial en el mundo de habla hispana tenía como mayor obstáculo “la pobreza material y espiritual” de nuestros países. Hoy se podría decir lo mismo, salvo que tiene otro sentido, mucho más sombrío, la expresión “pobreza espiritual”.
A fines de la década pasada se completó un proceso de concentración de la industria editorial de lengua española que ha dejado el juego reducido a tres grandes corporaciones, que acumulan sellos editoriales para acaparar el mercado. Con imágenes, diseños, formatos y nombres distintos, resulta que son lo mismo Espasa, Paidós, Ariel, Seix-Barral, Joaquín Mortiz, que forman, junto con otros veinte nombres, el grupo editorial Planeta. Otro tanto pasa con Grijalbo, Mondadori, Sudamericana, Plaza Janés, Lumen y otra docena de editoriales que son parte de Random House. El tercero es Santillana, que incluye Altea, Alfaguara, Taurus, Aguilar y, por supuesto, El País. Lo que queda del mercado, poca cosa, es para el Grupo Anaya y algunas editoriales locales.
Ese cambio en la estructura de la industria ha ocasionado cambios dramáticos en el contenido de los catálogos, en los criterios editoriales, en la calidad de los libros que se publican: los ejemplos que pueden citarse son escandalosos. Cuando el negocio de hacer libros se convierte en un gran negocio, de inversión multimillonaria, hace falta vender muchas decenas de miles de ejemplares y venderlas pronto. Lo fundamental es entonces el aparato de mercadotecnia, la fama del autor, la capacidad de llegar al “gran público”; un libro que no asegura la venta de diez, veinte o cuarenta mil ejemplares en un verano no interesa. Esa lógica tiene dos consecuencias básicas: los autores más interesantes, los libros más imaginativos quedan fuera de la circulación masiva, y por otro lado el negocio se concentra en la acelerada rotación de “novedades” que se anuncian con escándalo, se amontonan en las librerías y cuyos sobrantes se destruyen al final de la temporada, para evitar el costo de almacenarlos. Algo verdaderamente extraño: el libro convertido en objeto de consumo efímero.
En la venta directa ha habido un proceso similar, impulsado por la misma lógica. Las grandes cadenas comerciales ofrecen el espacio ideal para el gran negocio de vender muchos libros a un público masivo: exhiben los títulos de la temporada en vistosos montones, con grandes carteles, y atraen a un público básicamente desorientado, que compra lo que hay, lo que más se anuncia (que debe ser bueno, puesto que se anuncia así). Su estrategia comercial no tiene ningún misterio. Consiste —Gandhi, por ejemplo— en pedir a las editoriales un descuento extraordinario, de cuarenta o cincuenta por ciento con respecto al precio de lista, que les permite a su vez ofrecer al público un descuento considerable, de veinte o treinta por ciento, y salir ganando. El resto de las librerías tienen que vender al precio normal y, por supuesto, resultan mucho más caras. La gente, como es natural —¡mercado, mercado!—, busca comprar donde el precio es menor y con eso aumenta la porción de la demanda que controlan las cadenas comerciales, que tienen un mejor fundamento para pedir descuentos que resultan en eso mismo.
Las editoriales, que tienen que hacer esa clase de descuentos para un porcentaje importante de sus ventas, hacen lo lógico: aumentan el precio de lista de sus libros. En México las editoriales españolas lo hacen por sistema. El resultado final es que los libros son mucho más caros en general; con el famoso descuento de Gandhi cuestan el doble de lo que cuestan en España, y en otras librerías hasta tres veces más. Y no es lo que cuesta el envío. Es decir: la política de “atractivos descuentos” significa precios más altos y lo saben todos los involucrados, incluso el gobierno y los legisladores.
Aparte del precio está la calidad de los fondos que se ofrecen. Las grandes cadenas viven de la permanente circulación de novedades: esos montones de libros que se anuncian estrepitosamente y desaparecen a los tres meses, que estaban, como se dice, “en consignación”. Las pequeñas librerías, en cambio, tienen que comprar “en firme”, pagando el precio completo desde el principio, un precio disparatado, para no recuperar la inversión hasta que se hace la venta: eso descontando que tienen que vender las novedades más caras y que su fondo es una inversión que sólo puede recuperarse en el largo plazo. Por supuesto, Gandhi no tiene el menor interés en conservar un “fondo” medianamente variado: lo más rentable es que las editoriales —son tres— quiten y pongan sus novedades cada temporada; al fin y al cabo, “el público” no se da cuenta y compra lo que se encuentra, lo que le ofrecen, que además aparece reseñado en El País.
Cualquiera que no sea un tonto perdido puede darse cuenta de que el resultado es catastrófico para la cultura del país. Los libros terminan teniendo precios imposibles y, aparte de eso, no se ofrecen más que las últimas novedades de los tres grandes grupos editoriales (busque usted, sólo por ejemplo, alguna de las novelas del “Ruedo ibérico” de Valle-Inclán, alguna de las novelas de Max Aub, busque usted un libro de Claudio Lomnitz, de Roger Bartra, algo de Arjun Appadurai, Marshall Sahlins, o Chinua Achebe en cualquier librería mexicana).
Es el mercado, sí, el mercado. ¿Cómo evitar que acabe en eso? El principio es simplísimo: establecer el precio fijo de los libros, tal como está establecido en España y Francia, por ejemplo, que se justifica porque la diversidad en la oferta de lectura es de interés público y porque, en resumidas cuentas, baja los precios para el consumidor. Si un antipático almacén de chucherías como Gandhi ofreciese el mismo precio que una librería de verdad, habría al menos una opción real. Habría eso que les gusta tanto a nuestros notables: la posibilidad de elegir. Y bajarían los precios. Y habría una oferta de libros más generosa y la gente podría decidir si lee a Pérez-Reverte o a Valle-Inclán.
Lo saben nuestros políticos. Lo sabe la gente del gobierno como lo saben los diputados. No tiene ningún misterio. Los editores y libreros mexicanos lo han estado pidiendo desde hace décadas. La verdad es que a nadie le importa. Vale más la posibilidad de un titular favorable en El País. En el fondo, nuestros notables todos piensan como el presidente que son más felices los que no leen. Hacer un espacio habitable en esta ciudad, como el que hicieron durante años Ángela y Gerda en Las Sirenas, es irrelevante para ellos. El país que quieren se gobierna con Gandhi y Televisa. Triste país.

escalante.fernando@gmail.com

 
 
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