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Producimos servidores, no creadores; nos queda poco tiempo para subirnos al desarrollo, dice Sarukhán

Rigoberto Aranda | Nacional
Lunes 6 de Marzo, 2006 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 04:16

Para José Sarukhán, hacer ciencia es conocer, saber. No es gastar, es invertir. Sin duda, pocos científicos en México predican tan claramente con el ejemplo como él.
Además de haber sido rector de la máxima casa de estudios, la UNAM, y conocer la conducta de los políticos y funcionarios públicos respecto de la ciencia de primera mano, Sarukhán es uno de los más reconocidos ecólogos del mundo, y desde 1992 dirige formal y moralmente la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), organismo modelo del mundo de lo que debe hacer un país para saber qué hacer con sus recursos naturales.
En su visión, que comparte con Crónica desde su cubículo en el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional, no todo el mundo entiende directamente por inversión en la investigación la que se hace para obtener nuevo conocimiento para la sociedad.
—¿Qué debemos entender por invertir en ciencia?
—Es obtener el conocimiento para satisfacer nuestras necesidades, para entender mejor el país que tenemos, lo que queremos ser y lo que queremos hacer. Las posibilidades, pero también las limitaciones que nuestro entorno tiene. No se ha alcanzado a ver la inversión en ese sentido. Pero también es cierto que hay una enorme cantidad de otros campos en los cuales la experiencia de otros lugares resulta no solamente insuficiente, sino totalmente inadecuado para resolver nuestros problemas.
—¿No hemos aprendido en tantos años a comprender eso?
—Yo me quedo a veces perplejo de la enorme falta de comprensión de nuestros políticos respecto a este significado.
Desafortunadamente siempre se le pone la etiqueta de inversión en ciencia e inmediatamente la gente piensa nada más en la que tiene que ver con teléfonos digitales o en cohetes para ir a la Luna.
—¿Dónde estamos hoy situados al respecto?
—Hemos avanzado, hay cierta falta de reconocimiento a que lo poco que hemos avanzado es gracias a las instituciones de educación superior y fundamentalmente, y lo subrayo, las públicas, que son las que invierten en este tipo de actividad. La función de generación de conocimientos solamente se hace a través de investigación, y en México se hace en instituciones que están diseñadas, organizadas y que tienen los recursos para hacer esta actividad. Lo que sabemos del entorno natural, de las posibilidades y características de nuestro territorio, ha sido producto en medida mayoritaria de la inversión de las universidades públicas en la mayor parte del siglo pasado.
—¿Y ya sabemos cómo somos, y qué queremos?
—Es un diagnóstico complicado. En México no es posible describir con una sola palabra, ya que en unas áreas vamos bien, en otras tenemos una atraso gigantesco. En este campo de la información que nos permite resolver nuestros problemas de la mejor manera —no los problemas coyunturales, los de una administración gubernamental—sino los reales, los profundos de la sociedad mexicana, hemos fallado.
—¿Tenemos o no un atraso en materia científica?
—Usamos modelos rígidos para definir situaciones muy complicadas, queremos describir en blanco y negro para explicar situaciones eminentemente en tonos de grises. Hay áreas en las que tenemos avances importantes reconocidos internacionalmente. Hay otras en las que debíamos tener muchísima más investigación. Sin embargo, creo que no es la forma de describir la situación. Yo lo pondría mas bien en esta forma: ¿Estamos haciendo como país lo que deberíamos en términos de invertir estimular y dirigir la actividad científica y desarrollo tecnológico e innovación industrial? La respuesta es no.
Se dice por ejemplo, que India, China y España arrancaron con desventaja respecto de México.
—Yo no creo en copiar modelos. El único modelo que tenemos que copiar es el de la actitud. Es tener una visión de Estado, una decisión derivada del convencimiento del Estado de que sin un esfuerzo realmente importante y una inversión verdaderamente significativa, no hay forma de tener ese tipo de desarrollo. Tendríamos que empezar por otro principio que estos países han tenido. Es la definición de prioridades industriales, de una política de desarrollo industrial que no existe en México.
—¿Qué hay que hacer al respecto?
—No todos los países pueden hacer todo. No hay países que hagan todo. Tal cosa no existe. Por razones históricas, culturales, de recursos, los países escogen en que áreas, dos, tres cuatro de ellas, en las que van a tratar realmente de ser excelentes, avanzar y tener una gran competitividad. Este país no lo ha hecho. Por décadas y décadas y décadas.
Sarukhán sabe bien de esto. A nivel mundial, ha liderado esfuerzos regionales y globales para que se implementen programas de uso y conocimiento de determinados recursos, especialmente bosques, de los que promueve la creación de mapas e inventarios. Sabe que las naciones invierten en las áreas en las que naturalmente pueden destacar. Su agenda está llena de conferencias y reuniones de organismos multilaterales en los que promueve el uso del conocimiento científico para el desarrollo sustentable, y mejorar la calidad de vida de las personas.
Pero sabe que en México esto todavía no es materia de las políticas públicas.
—Yo a veces me pregunto si la gente que toma estas decisiones verdaderamente tiene una noción de lo que esta diciendo y haciendo. Es cierto que no es solamente el Estado quien debe dar este impulso, pero lo que sí tiene es la responsabilidad de la rectoría del proceso. Es el Estado quien debe, idealmente, lanzar un proceso que transforme las condiciones actuales de inversión en desarrollo tecnológico.
—¿Entonces, lo que falta es liderazgo?
No ha habido ese liderazgo históricamente en México. Esta carencia va atrás en cuantas administraciones queramos pensar. Por lo menos desde que fue evidente que la inversión en investigación y desarrollo tecnológico era la clave. A mí me da risa cuando oigo a diversos funcionarios gubernamentales federales y estatales llenándose la boca al decir “que se ha establecido que esta capacidad es la que permite que los países avancen”. Uno se pregunta: ¿en dónde estaban estas gentes? ¿Qué leen o qué visión tienen del mundo en el que estamos viviendo? Se necesita un liderazgo político al más alto nivel, que induzca a una estructura gubernamental que no está acostumbrada ni diseñada —para nada— a pensar de esta manera. Pero finalmente tendrían que apoyarse en otra cuestión que es el verdadero talón de Aquiles de este país: la educación.
—¿Qué ha pasado con la educación en México?
Es el resultado de una pésima planeación educativa, que a la vez es resultado de la inexistencia de prioridades hacia dónde nos queremos desarrollar. Y qué queremos hacer. Esto se refleja en deficiencias gigantescas en nuestro sistema educativo, y la imposibilidad de las instituciones de educación superior en su función de generar nuevo conocimiento.
Desde la rectoría de la Universidad Nacional, Sarukhán Kermez impulsó de manera decidida la creación de plazas de investigación, y su propia actividad científica lo hizo permanecer muy lejos de las típicas actitudes burocráticas de los dirigentes universitarios.
Actualmente, publica libros y escribe artículos con la intensidad de un investigador de tiempo completo.
Sin embargo, se dice que hay un grupo de científicos mexicanos de alto nivel…
—Hay buena investigación científica en México. Se hace. Se ha dicho miles de veces que nuestra comunidad de investigación es pequeña pero de buena calidad. Pero es una olla de presión tapada. No hay nuevas instituciones de educación superior diseñadas para hacer investigación, por que las que están no tienen forma de abrirse y de crecer, de multiplicar su capacidad de investigación. La industria, que es el otro empleador de esta capacidad es fundamentalmente una industria maquiladora y de servicios. Nuestro sistema educativo superior cada vez más está diseñado para producir servidores, no para producir creadores, y nos vamos a volver un país de servidores. Con poco más de cien millones de habitantes que tenemos, uno se pregunta cómo no hay muchos más artistas, buenos directores de cine, filósofos, matemáticos… ¡plomeros! Cuando uno tiene un problema en su casa, cuánto le cuesta conseguir un plomero de gran capacidad profesional, serio, que venga y cobre lo que tiene que cobrar porque hace las cosas excelentes.
No tenemos un sistema para esto.
— Los sistemas que existían antes y eran muy eficientes, pero se acabaron con los sindicatos. Era el sistema del maestro y sus aprendices. Se acabó y con qué lo sustituimos: absolutamente nada. Nuestro sistema educativo tampoco ayuda. Por el otro extremo, estamos muy lejos de los nuevos conocimientos, como la genética, en la medida en la que nuestros alumnos llegan al bachillerato con un enorme grado de analfabetismo funcional.
En sus tiempos de rector, Sarukhán, alarmado por el grado de deserción y de reprobación en los CCH y las prepas, dio instrucciones para que se realizaran exámenes diagnósticos a los alumnos de ese nivel una vez pasados seis meses de haber ingresado.
Recuerda su asombro de entonces.
—En ese tiempo, admitíamos como al 30 por ciento de los solicitantes. Ya llegaban con un filtro. Era un examen de selección, no de conocimientos, pero de alguna manera uno pensaría que nos quedábamos con los mejores solicitantes. En nuestro examen a los seis meses, les aplicamos, entre otros, un examen de comprensión de lectura. Alrededor de un tercio de los alumnos que acababan de entrar no entendían lo que leían. Se les daba un texto y luego se les pedía que narrasen algunas partes o que analizaran el contenido del texto o que relacionaran algunos reactivos… No entendían absolutamente nada. Siempre me pregunté: cómo estarán los que no entraron a la UNAM.
—¿Todavía hay resistencia a aceptar malos resultados?
— El último análisis que publicó el Ceneval sobre el estado de las escuelas secundarias es como para levantar las cejas, preocuparse profundamente por lo que está pasando, y realmente tomar acciones para resolverlo, en vez de sacar 32 razones de porqué no se puede resolver.
La de José Sarukhán es una de las pocas voces que se han levantado para advertir del avance de las posiciones ultraconservadoras en otras latitudes, donde, como en Estados Unidos, se han propuesto introducir ideas religiosas en la enseñanza de la ciencia, y eliminar o matizar la evolución para sustituirla con el diseño inteligente, es decir, con la idea de la creación por la mano divina.
Los científicos tienen la responsabilidad social de informar, de educar…
—Tenemos la obligación de hacer la información que obtenemos sea accesible a quienes toman decisiones. Accesible no es darle al político la publicación en Nature: léala, porque esa persona no va a poder leer en Nature nunca. Tenemos que traducir esto a lenguajes que sean comprensibles entendibles para quienes tienen estas responsabilidades. Cuando hablo de tomadores de decisiones no estoy hablando nada más del titular de una secretaría o de un legislador. Estoy hablando de la gente común y corriente, que tiene que tomar decisiones, por ejemplo, de una comunidad indígena que tiene bosques y que quiere saber cómo lo puede trabajar mejor para mantener una certificación que les permite vender su madera a mejor precio. Ellos son tomadores de decisiones también.
—¿Entonces, qué dirección seguir?
—Hay ya programas sectoriales que funcionan, a pesar de que los que gritaban tanto pidiendo más dinero para la investigación nunca se preocuparon en que esos programas realmente funcionasen, y es una cantidad enorme de recursos potencialmente disponibles en circulación para poder apoyar investigación
Hay una idea muy chata entre muchos de los colegas del área de investigación respecto a que es lo que debiera pasar con la investigación en el país. Es muy egoísta, y finalmente muy miope. Es necesario que las instituciones de investigación tengan un aporte mucho más claro y definido a resolver problemas reales, fundamentales del país. Lo han hecho algunas instituciones, pero son una cuantas, las grandes —la UNAM, la UAM, el Poli en una serie de áreas, el Cinvestav. Pero en función del tamaño del país y de las necesidades es verdaderamente poquísimo lo que está ocurriendo. Y esto de ninguna manera debiera interpretarse –porque siempre que digo esto algunos de mis colegas empiezan a levantar las cejas o a ponerse rojos—que tiene que hacerse a un lado la investigación básica. Ese sería un error craso, fundamental.
Pero eso se requiere de un compromiso con las estructuras gubernamentales de toma de decisión, con la sociedad, que debe apoyar mucho más inversión en investigación, y también de quienes estamos en esta área. Ahí estamos armando ya una sociedad integrada en la resolución de los problemas usando responsablemente lo que invierte en ciencia.
—Finalmente, ¿a qué le debemos apostar?
— Por ahí podemos empezar. ¿Podemos apostar a todas las áreas? ¿ A dos? ¿Cuál de esas dos es mejor? Si respondemos a estas preguntas, podemos empezar a usar mecanismos que socialicen ese conocimiento, y se le diga a la sociedad: México se encamina a ser una potencia en mecatrónica y eso significa tener capacidades muy grandes para tener este tipo de desarrollo como la robótica, ya que tenemos gente muy buena en ese campo. Dejamos ir los trenes del software y la biotecnología hace 20 años. Era una de las grandes ideas. La respuesta del país en ese momento fue no, porque atravesábamos por alguna crisis económica. Eso es no darse cuenta de qué demonios pasa. Son trenes que se nos van, que los dejamos ir en los que no sólo habríamos podido montarnos, sino conducirlos perfectamente. Es una gran desgracia y no nos queda ya mucho tiempo para subirnos al desarrollo.

 
 
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