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En una tierra salutífera Una entrevista con Pablo Soler Frost

Alberto Chimal | Estilo
Sábado 1 de Nov., 2003 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 06:22

Con La mano derecha (Joaquín Mortiz, 1993), novela que historia la vida del marino danés Nils Jensen y varios de sus episodios familiares entre 1850 y 1917, el mexicano Pablo Soler Frost (1965) se dio a conocer como uno de varios escritores —otros fueron Alain-Paul Mallard, Verónica Murguía y Javier García-Galiano— que empezaban a llamar la atención por su interés en lo “no-mexicano”. Sus libros hablaban de otros lugares, otros tiempos y tradiciones, y por lo tanto quedaban muy lejos de los textos centrados en lo nacional, y muchas veces en las coyunturas políticas, que hasta entonces se consideraban el centro o incluso la totalidad del canon nacional.
Diez años más tarde, Soler Frost se ha confirmado como un narrador excepcional en nuestra literatura por más razones que sus escenarios: tras La mano derecha y varios otros libros, en 2001 apareció Malebolge (Tusquets), segunda parte de la saga de los Jensen, y ahora Jus publica la conclusión de la serie: Edén, que tiene lugar en el México de la primera mitad del siglo XX y en la que el proyecto, al llegar a su culminación, se revela como una obra única por su estilo, su inspiración y sus preocupaciones. La que sigue es una conversación sobre tres libros que resultan opuestos también a las modas del presente, y a los que impulsan preocupaciones no menos inusuales —ni urgentes— que hace una década.
El círculo se cierra
Da la impresión, ahora que la saga de los Jensen está completa, que la historia tiene mucho que ver con lecturas, citas que incluso se hacen textualmente de muchas fuentes, o con las que usted juega, cosas de Tolkien y de Jünger que resultan de lo más inesperado en un ambiente como el de Edén.
[PSF sonríe.]
Pero hay otra cosa. Casi lo primero que hace el capitán Nils Jensen en La mano derecha es huir de su casa, cortar sus raíces y hacerse a la mar. Casi lo último que hace su hijo Norman en Edén es volver a Dinamarca, aunque ya está afincado en México, a buscar a su hermano Sven, a quien no ha visto desde hace décadas. Importa mucho en el conjunto de las tres novelas la idea de perder el hogar y luego recuperarlo …
La razón por la que empecé a escribir este proyecto tiene que ver con mi propia historia. Mis abuelos fueron todos emigrados. Yo soy mexicano de segunda generación y puedo decir que tengo ya mis raíces aquí, pero estos libros me permitieron recuperar muchas cosas vistas y oídas durante mi infancia. Toda la experiencia del desarraigo y la emigración proviene del mismo sitio: toda la experiencia de salir del lugar de origen y buscar en otra parte una tierra salutífera, una tierra fértil. Y por eso la saga, desde el principio, estuvo pensada para llegar a México. No es sólo por lo obvio: porque estemos aquí ni por nuestra responsabilidad con dónde estamos.
México fue un refugio para muchos en el siglo pasado. No sólo los republicanos exiliados durante la Guerra Civil española, sino también muchos judíos que lograron salir de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y también otros… Al hablar de esto siempre se menciona a Estados Unidos, pero en muchas ocasiones la entrada a ese país fue muy difícil. En cambio creo que nuestra hospitalidad, la apertura que hemos tenido aquí durante tanto tiempo, es lo mejor de nuestra política. La paz social en la que se basó el sistema durante el siglo XX se mantuvo mediante violencia y asesinatos que buscaban asegurar la existencia de la cultura que estaba en el poder, pero a la vez permitió que muchos llegaran de lejos a instalarse aquí. Es una paradoja.
Es curioso, pero es más fácil escribir de Dinamarca en el siglo XIX…

¿Más fácil?
Porque nadie ha estado allí, es decir, no queda nadie que haya vivido entonces. Basta con leer a Kierkegaard, ver algunas imágenes y otros libros… En cambio, al hablar de Tabasco en el siglo pasado es más fácil que se encuentren errores. De hecho, ya me han dicho que una de las canciones que cito en Edén está mal usada: no podría haber sido cantada por los personajes porque su fecha es posterior. Ni modo.

Por otro lado, a la vuelta de los años y sobre todo en Malebolge y ahora en Edén, se puede ver algo interesante: esos libros, que en su momento fueron vistos como ajenos, al modo de lo que se dijo de los de Verónica Murguía…
Y de los de Javier García-Galiano…

Sí, y de los de varios más… Ahora se ve, le decía, que los libros de usted, tan exóticos en un sentido, están escritos usando modismos y giros que no podrían ser sino de un mexicano, que los vuelven inconfundiblemente de aquí a pesar de que lleguen a hablar de cualquier otro lugar.
Le agradezco mucho que me lo diga. Mi intención siempre ha sido transplantar, por así decirlo: transplantar mi experiencia a otros lugares, transplantar sin quebrar.
Las modas del mal
Hay en Edén algo que ya mencionaba usted: la idea de responsabilidad, de congruencia con los propios actos que se ve en Norman Jensen, y también la intención de hacer sin ambages juicios éticos y morales acerca del mal. Como en Malebolge, que juzga y condena los horrores del nazismo. Eso es raro en estos días.
Me parece que hay muy pocos libros que aborden la cuestión del mal de una manera que no sea nihilista: uno de ellos es El desierto de los tártaros, de Buzzati, en el que los invasores tienen otras formas y no siempre queda claro qué está pasando… Pero creo que muchos de nuestros contemporáneos se limitan a repetir lo que hay, a decir una y otra vez lo que ya sabemos. No crean nada nuevo.
Hay un poema de Robinson Jeffers que habla de cómo estamos pasando a una era tecnológica, de una época del dominio del libro o del arte a una de la máquina. Éste es el momento en el que están por aparecer los que Jünger llamó “los titanes”. Pero nos encontramos en una época crepuscular, en el paso entre un mundo y el otro, y por eso ahora surgen los monstruos, en la incertidumbre y la inestabilidad. No quiero parecer muy sentencioso, ni pontificar ni hablar de libros proféticos…, porque el Apocalipsis va a ocurrir cuando va a ocurrir…, pero estamos en una época aciaga, y sin embargo es difícil verlo.
Demasiadas distracciones.
No me gusta hablar de esto porque es muy fácil ser tachado de mocho o de moralista, y es verdad que existe el riesgo de caer en la prédica al escribir: de que la intención moral opaque la trama y la ficción. Pero sí creo que hace falta algo distinto de lo que hace la mayoría: crear cosas, dedicarse a la filigrana, el trabajo de la ficción. Construir: ya las cosas están muy quebradas para que las sigamos quebrando.

Hay que porfiar, entonces…
Hay que insistir en lo que nos toca hacer, que por fortuna no es resolver esa situación, sino escribir.

Pensando en esto mismo, otro rasgo llamativo de Edén y de toda su obra es su énfasis en la fe: el narrador, que supongo más cerca de usted mismo, opina sobre religión y pone verdades de doctrina como certidumbres dentro de la ficción… Esto separa a la novela del grueso de la literatura mexicana y también de la prédica que se ve más fácilmente ahora, y que está hecha sólo de consignas y no implica ninguna reflexión. Su caso me recuerda a C. S. Lewis, quien demostró que se puede tener fe y pensar al mismo tiempo…
La fe alimenta al pensamiento. Si uno tiene pensamiento sin fe no hace más que remorderse.

En eso, el libro está contra lo que sucede con la mayor parte de la narrativa mexicana de ahora, que se dedica a exaltar “el mal”, el escepticismo, la fuerza, la violencia…
Es la moda.

Sí, aquí y en España.
No ha habido ningún filósofo español después de la Guerra Civil…, ningún escritor que me guste. Escriben no sus narraciones, sino sus prejuicios. Y esa idea que tienen de que el dialecto de una señora de Barcelona debe ser el español estándar, el bien escrito…

¿Como en las traducciones?
Muchos escritores de allá llegan amparados por sus editoriales, por los sellos. Tampoco me gustan mucho las editoriales españolas. Hay algunas buenas, pero habría que leer más a los colombianos, a los chilenos, a los estadounidenses…

Lo último es que, para Soler Frost, la conclusión de Edén representa además quitarse un peso: dejar que el libro pueda por fin defenderse solo, y poder pasar a otra cosa. Yo le pregunto por su próximo proyecto. Él me dice, pero también me pide que no lo repita.
Por supuesto, asiento. Y, desde luego, pico de cera.

 
 
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