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El jueves 23 por la noche, de manera intempestiva y acuciada por los informes provenientes del Canadá; cuyos laboratorios identificaron la nueva especie viral causante de tantos males en México, la Secretaría de Salud se apresuró a cerrar todas las escuelas y otros centros de concurrencia masiva de la zona metropolitana del DF y el Estado de México.
No obstante la forma apresurada y poco formal como se hizo este anuncio —como si fuera parte de un programa informativo de TV—, la decisión fue comprendida y acatada por los ciudadanos debido a la extraña circunstancia de esta epidemia, cuya definición como tal era inexistente un día atrás cuando se le denominaba únicamente “brote epidémico”.
Hoy, cinco días después, el cierre de actividades comunes —del templo a la mesa; de la plaza de toros, al gimnasio—, se extiende a todo el país. Las escuelas en primer término, pero en casos como los de Aguascalientes, hasta de la mayor tradición de la ciudad; su centenaria feria en nombre de San Marcos.
En términos territoriales podemos decir: en menos de una semana una restricción sobre la milésima parte del territorio nacional: el DF; se ha extendido al 100 por ciento del país.
Si bien nadie podría (ni puede) oponerse al cerco sanitario por el cual la ciudad casi se ha paralizado, el dictamen de la Organización Mundial de la Salud para elevar el grado de la epidemia a la cuarta fase (proceso de pandemia), permite con legitimidad preguntarse en torno de la eficacia de las acciones y la utilidad de la respuesta del sector de la salud en este país.
Nadie sabe la razón de limitar esta extraña forma de la cuarentena “light” hasta el seis de mayo, pero nada garantiza el regreso a la normalidad en esa fecha ni mucho menos en otra de días antes.
Por lo pronto el cierre de restaurantes y fondas, cafeterías y parrillas con tacos, nada más producirá un efecto amplificador de los males: quien no se muera de influenza lo hará de hambre, pues no puede la gente quedarse en la banqueta sin saber de dónde vendrá la propina de mañana o el pago por servicios en cocinas y cafés de chinos.
La mayor parte de la gente en esta ciudad vive en los linderos entre la formalidad y la propina o el trabajo a destajo. Lavacoches, meseras, acomodadores de autos y hasta franeleros, todos se han quedado sin ingresos mientras los asalariados distorsionan el mercado a través de las compras de pánico.
—¿Todo eso vale la pena por la certeza de acabar con la epidemia de aquí al 5 de mayo? Nadie lo puede asegurar, ni en un sentido ni en otro, pero si se miran las tendencias crecientes, se puede colegir el fracaso de la cuarentena, especialmente por la agresividad manifestada por la influenza porcina en pacientes de México, en abierto contraste con los casos de otros países.
La Organización Mundial de la Salud (www.who.org) dice (27 de abril 09):
“En años pasados los casos de infección humana por virus porcino de influenza son relativamente recientes, pero se sabe en términos generales que puede generar problemas graves tales como neumonía. De cualquier forma, la expansión en Estados Unidos y México ha generado cuadros clínicos distintos. Ninguno de los casos detectados en Estados Unidos ha conducido a formas graves de la enfermedad y los pacientes se recuperaron sin necesidad de cuidados médicos mayores. En México, sin embargo, algunos pacientes han sido reportados con formas severas de la infección”.
En estas condiciones de morbilidad, la complacencia y buena disposición de los ciudadanos en cuanto a las restricciones y alteraciones consecuentes a su vida diaria; a sus ingresos y formas de vida, se puede convertir en un factor de irritación si no hay resultados rápidos; es decir, en la fecha comprometida.
Hasta ahora el gobierno goza de la buena disposición ciudadana pero mucho ayudaría si hacer aparecer en público al Presidente de la República, aun cuando fuera en el velorio de alguno de los muertos por esta calamidad para evitarle riesgos de contagio.
Si el presidente Calderón insiste en vivir la crisis intramuros y acercarse a los ciudadanos únicamente por la televisión, podría incurrir en el mismo error del PRI en el año 1985, cuando la distancia del presidente De la Madrid en medio de la desgracia sísmica le causó censuras hasta el día de hoy.
PREMIO
Jesús León Santos ha ganado el premio ecológico internacional Goldman. Dicho de otra manera, el campesino mixteco cuyo esfuerzo ha convertido vastas extensiones de tierra árida en campos fértiles y arbolados, ya tiene en el bolsillo 150 mil dólares con los cuales hacer frente a la crisis, el “catarrito” y la influenza.
Santos es un comunero oaxaqueño quien desde los 18 años de edad organizó a otros labriegos y formó el Centro de Desarrollo Integral Campesino de la Mixteca (Cedicam).
El premio Goldman le fue entregado, entre otros, a la africana Wangari Maathai en 1991. En 2004 la reconocieron con el Nobel de la Paz.
Gracias al anónimo lector por cuyo correo pude divulgar este comentario.
racarsa@hotmail.com |